jacobo

Acabo de entrar en el muro de Jacobo Rabinowicz. Ya no existe. Ni él ni su facebook. Su hija puso un mensaje avisándonos de que lo iban a cerrar. Entiendo el dolor de sus seres queridos al encender el ordenador y ver el recuerdo constante de tantas personas invocando su nombre, sus poemas y su presencia. Miré nuestra última conversación, nos preguntábamos cómo se puede querer a alguien a quien nunca has visto en persona, y simplemente concluíamos con que se puede. Le prometí enviarle mi libro por Navidades. Al día siguiente murió en el quirófano, como nos había venido advirtiendo desde hacía meses con el humor que le caracterizaba. Nuestro amigo argentino-judío apareció en la vida virtual como un torbellino de agudeza, ingenio y cariño constantes. Era impresor y daba cursos sobre literatura borgiana a sus setenta y muchos, con el alma de un chaval, nunca paternalista, siempre te pedía permiso para ofrecerte sus consejos y siempre tenía algo que decir, no siempre lo que querías escuchar, pero siempre sincero. No tenía filtros, su energía y su pasión te atravesaban y por todo ello no cabía duda de que era una buena persona, precisamente porque nunca alardeaba de serlo y nunca pretendió parecer mejor que nadie.
Ya no estás aquí Yeiky, te nos has ido años después de ese poema que escribiste a los cincuenta y nueve años donde decías que te estabas haciendo viejo. Nunca lo lograste. Hay personas como tú que no envejecen, que sólo se van a corazón descubierto, como si la muerte tuviese que arrebatárnoslas sin compasión y sin anestesia. Prometo no olvidarte nunca, prometo no dejar de quererte nunca ni dejar de admirarte nunca. Te llevo echando de menos desde que marchaste y no sé si dejaré de hacerlo algún día, pero no te preocupes, estoy mejor, como nos dijimos una vez, los dos nacimos para luchar. Descansa en paz amigo. Pero ahora, como dices tú en uno de tus poemas, “No es fácil dormir por la noche / Cuando los sueños /Te ahogan durante el día /No es fácil”.