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Vivo al lado del vertedero número 38, una montaña de envases viejos que aún no se han fabricado, envases que serán —no lo veré— recipientes de los deseos de los hijos-de-hoy. Todo lo cubre media circunferencia de polvo tan denso que parece jarabe, tan gris como una piedra antracita americana.

A veces me acerco al v38 y me dejo caer sobre la nube, me dejo caer como si mi cuerpo reposara sobre una manta de heno en un prado verde, francés y que huele a eternidad. Me miro entonces las manos, o más bien miro cómo el polvo hace desaparecer mis manos, e imagino que están en un lugar mejor, tocando a alguien a quien tal vez amé o amaré, alguien a quien le gusta que le toquen mis manos, una hija de piel pálida y pelo blanco, una niña-vieja que sólo quiere cantar a medio mundo de distancia, a pleno pulmón, que todo estaba bien, que mis manos fueron felices en sus mejillas. Mi hija no sabe nada de mí, no lo necesita, nunca le conté que los días antes de que ella llegara son tan espesos como este polvo, y que sólo nos separan unas pocas moléculas de cuerpos rotos por el tiempo, expulsados de la boca cruel de esa vida que es tan solo una forma más, y ni siquiera diferente, de medir la soledad.

Vuelvo a mi casa, abro las puertas de cristal y miro desde allí el vertedero, ya tengo mis manos otra vez, ya no toco a mi hija, ya no tengo hija y no hay ningún prado sobre la faz de la tierra, ya solo soy yo, detrás o delante de un cristal, tratando de contener la urgente necesidad de comer mi carne y vomitarla sobre la mesa del salón, intentando dormir una noche más, una noche menos, con la seguridad de que precisamente lo que quiero y lo que odio es parte del mismo sueño.