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Paseé por las vías del tren. Me quedaban unos diez francos en el bolsillo, pero estaba segura de que podía llegar a Tourcoing caminando. Calcular distancias a ojo nunca ha sido mi fuerte. El tiempo y el heno pasaban de largo como el camino de adoquines amarillos de El mago de Oz y no se escuchaba un traqueteo ni un alma. Los vagones de mercancías se extendían al otro lado de las vías y solo me quedaban dos merengues y una botella de agua con gas. El teléfono no tenía batería y no, no estaba perdida, solo sabía que había dos formas de regresar a casa: dar la vuelta, y perder para siempre Bélgica y sus mosquitos gigantes, su sabor a cerveza Jupiler y sus hombres castaños plagados de aventuras; o seguir, hasta encontrar la reja del colegio de Thierry y besarnos a través de ella. Seguí andando hasta que no pude más. Me senté en el suelo al llegar a una estación aparentemente abandonada y dejé pasar las horas. Apareció el tren nocturno. Dirección: Lille. Lo cogí. Gasté mis últimos francos y entendí que las rejas nunca sirvieron para unir lo irreparable.