cuando cuentas algo a alguien...

TICKETS Y FLORES

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¿Quién me habrá enseñado que la libertad es la búsqueda de la libertad? Ya no lo recuerdo. No recuerdo tantas cosas. Ni siquiera cómo atarme a mí misma y ser capaz de tener una sola forma de serme fiel. Como aquellas tardes en las que amaba tanto a Miguel que era capaz de recorrer una calle vacía una y mil veces solo para ver su luz encendida sin atreverme a tocar la puerta. Con el miedo atado a los dedos, sin saber que el mundo estaba en ese momento, precisamente en mis manos. Yo era la que buscaba asilo con un horario viejo de trenes en el bolsillo, y quería tocar esa puerta y decirle: “Acompáñame a Mississippi a jugar al póquer, ganaremos todas las partidas y podremos comprar un vodka ruso y terminar en una plaza tocando folk con los vecinos”. Pero nunca toqué la puerta porque tenía el miedo instalado en los pulgares. Seguí la calle hasta el final y encontré un bar, entré y me dejé convencer de que de que era una chica igual a las demás, que no sabía quién era Baudelaire y que las Flores del mal eran solo unas semillas sembradas en un mal jardín. Entonces, Miguel aparecía y nos íbamos en moto a ver el mar. En el acantilado todos los Dioses eran verdaderos, los míos, paganos, y el suyo, tan blanco, de cabello tan cano, sentado en un cielo definidísimo. El infierno era regresar después de tenerlo para mí, y enfrentarme al estrellas. Sola en una terraza con Cohen hablándome de hombres que no saben de amor. Y quizás creyéndome aquellas canciones de los sesenta muy a mi pesar. Pero era libre, ¿No? Podía entonces beber cuanto quisiera, pero no, en casa, y sin un céntimo, sus gritos me estremecían, esa es la verdad, nada aplacaba ni mi sed ni mi verano solitario. Era lo más parecido a la muerte del que amas. ¿Debía ser feliz? Alguien me dijo que el pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo. Quizás, en el fondo, solo estoy hablando de deseo, y el amor, no sea más que una conversación sobre flores y tickets de tren.

1 Comment

  1. Elena Fernández

    August 29, 2015 at 3:03 pm

    Y quizás los pulgares no tengan dioses, a menos que erijamos al miedo como tal.
    Y quizás no haya más fidelidad que la del momento, porque dejamos de ser constantemente, para ser otros, casi los mismos, pero otros.
    Y quizás todo consista en recorrer calles vacías esperando un encuentro.
    Y quizás la memoria escriba en solitario y recuerda lo que nunca terminó de ser.
    Y quizás cuando tengamos que coger el ticket sin retorno, las flores nos acompañarán hasta marchitarse.
    Sugerente siempre. Me encanta, Sabina

    Elena Fdez.

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