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ROMULUS COBALSKY

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Hace tres años vivía en mi barrio un famoso retratista al óleo. Se llamaba Romulus Cobalsky. Era irlandés de origen checo, pero él negaba su ascendencia paterna y se hacía llamar Rommy. Solo firmaba sus pinturas con su nombre original porque decía quedaba mucho más postinero. Rommy era el retratista más conocido, a pesar de la amplia competencia abundante en las diez urbanizaciones de Costa del Silencio, casi todas las familias lo llamaban a él para encargarle sus retratos familiares navideños y veraniegos. Rommy tenía la casa más amplia de todo el barrio.

Él era un hombre tranquilo, empedernido fumador, liaba su tabaco americano perfumado con delicadeza y solía tomar una jarra de cerveza al caer la tarde, cuando se dedicaba a su verdadera pasión: pintar anocheceres. Su ídolo era Van Gogh, decía que sus trazos gruesos eran el hálito de vida que todo artista debería poder comprender para poder asimilar la vida en su plena extensión.

Un día, Rommy bebió más cerveza de la cuenta. Un afamado fotógrafo había montado una tienda de lomografía en Costa y todos los vecinos se habían vuelto locos con la nueva moda. Ahora, ya nadie quería retratos al óleo. Dicen que contó que iba a perder la casa si las cosas seguían así.

Se levantó, y en medio de la discusión con Giordano, el dueño del bar, sacó una navaja y se cortó la oreja, de un tajo, dijo que lo hacía en honor a Van Gogh, que allí en Costa nadie iba nunca a apreciar de verdad su talento y sus anocheceres. Y justo anocheció, y él, a pesar de la hemorragia, se negó a ir al Centro Médico Verde, y quiso pintar su último cuadro, que poco después se vendió en un restaurante cercano por la estimable cantidad de quinientos euros.

Cada año los vecinos nos reunimos a recordar a Romulus, el día de su fallecimiento, al caer la noche, nos tomamos unas cervezas y escuchamos Vincent, de Don McLean. Seguro que él lo hubiese apreciado.

MI VECINO

SILENCE

Messi-no-perdona es mi vecino. No sé donde vive, pero compra en mi supermercado y toma café en el mismo bar que yo. Anda por las mismas calles y siempre va vestido con la camiseta del último fichaje del Barça. Lo llamamos así porque es lo que grita cuando Messi marca un gol. “¡Messi no perdona!” grita a viva voz y todas las mesas se ríen a la par. En realidad se llama Nico. Su mujer es inglesa y lleva un moño alto, siempre va vestida de negro y le encanta comer Cheetos de queso. Si te lo encuentras frente a frente es un tipo amable y educado, pero habla mucho y siempre de fútbol, y no deja que entres en la conversación, así que a Messi-no-perdona es mejor encontrárselo solo en el bar.
Messi-no-perdona no aparenta ninguna edad. Lleva toda la vida aparentando la misma no-edad y se parece a cualquiera pero a nadie en concreto. Siempre te parece haberlo visto por ahí. Su camiseta de Luis Suárez, Messi o Neymar Jr. lo delatan, salvo eso, es el tipo más corriente.
Hace un tiempo el bar cambió de dueño y nosotros cambiamos de bar. Ahora no nos encontramos con tanta frecuencia. Me da pena porque siempre me hacía un hueco en su mesa cuando no quedaba sitio para ver el partido y su mujer me invitaba a Cheetos. La verdad es que Messi-no-perdona es un buen tipo.
Hace unos días pasé con las bolsas por delante de nuestro antiguo bar. El toldo estaba echado y no podía ver el interior. Daban un partido del Barça. Marcaron gol y de pronto escuché un alarido: “¡¡¡¡Neymar no perdooooona!!!” Me dio una gran alegría saber que sigue allí, pero cierta pena pensar que Messi está pasando de moda.

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