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GORRIONES DE TARTARE

gorriones

Almuerzo tostas de tartare
Como si no pasase nada
Me mira un ciego
con las pupilas blancas:
Me siento hermosa
Ya soy tan lúcida
que ni respiro
cuando te veo.

Andan los gorriones bien lejos
No me preocupo por sus gargantas
repletas de tartare y gritos vírgenes
Me abraza la italiana ubriaca
Ella necesita mi cara
Para sentir su suavidad
Ya soy tan lúcida
que veo arrugas
en mis entrañas.

Días como hoy
Viene la anciana
a pedir comida para llevar
con un pañuelo en la cabeza
naranja
la comida, el pañuelo
Pero soy ya
tan asquerosamente lúcida
que sé
que se la ofrecerá
a los gorriones
para no alimentar un alma
llena de suelos magullados.

 

Fotografía de María José Vidal

SWEET KID

ELLA

Sweet kid, te has teñido el pelo de negro.

Ya no te pareces a la niña

Que sostenía la taza hasta mi mesa

En el bar de tu padre,

Cuando tu padre clavaba el toldo al suelo

Sin camiseta en las tardes diáfanas

Sin camiseta cuando yo pasaba

Hacia la barra a recoger mi té.

Los días de verano hacia la barra

Y tú corrías, rubia, sweet kid,

Tú corrías hacia mí,

Lejos de la gente, y te mentías,

Te decías que el tiempo era

Un reloj grande y ligero

Que tenía cuerda y lloraba en invierno

Y que tu padre tenía la camisa puesta

Y que tú tenías el pelo como yo.

Sweet kid, te has teñido el pelo de negro

Y tu padre ya no está

Tu padre es ahora un novio grande

Que se sienta a la mesa con un amigo

Y ríen y toman té, y son rubios

Y ellos te quieren los dos

Y se podrían llamar Jules et Jim

Pero no se llaman nada, solo tú

Los llamas Soñadores

Y se retiran por la tarde.

Pero tú, cubriendo tu cabello rubio

Sweet kid, cubriéndolo de negro,

Que se resquebraja cuando lo mojas

Cubres la luz que recuerdo

Cubres los abrazos que recuerdo

Cuando todos éramos más altos que tú

Y tu padre aún existía

Y todos traíamos su camiseta

Que volaba por la terraza

Porque el viento soplaba

Aunque hiciese mucho calor.

Y tú, sweet kid, siempre con tanta energía,

Con tu coleta rubia, con tus ojos negros,

Como tu pelo ahora, como tus tardes,

Como los años en los que me fui

De esta terraza que ahora habito.

KATIA EN LA TERRAZA

katia

Katia es la tía de Sasha, el camarero de la Terraza. Debe rondar los ochenta. Tiene el pelo corto y rubio, está algo encorvada y es delgadita como un niño del neorrealismo italiano. En Roma fue tratante de arte y la película Novecento, de la que hablamos mucho, define muy bien lo que vivió su familia. Su familia ahora no existe, lo pasaron mal, “pero fueron felices”, cuenta ella.

Al principio solo era la mujer de la mesa de al lado, siempre con su perro Josh, jovencito y tranquilo que bebe agua del cazo que le pone George en la esquina. Katia se sienta todos los días a las dos y media y siempre le echa demasiada sal a la comida. Siempre pide el menú del día y Sasha lo trae con devoción, ella lo acompaña con una copa de vino blanco y nunca come el postre ni toma café, solo un par de rayos de sol tras el copioso almuerzo. Luego, tiene una charla con los habituales.

Katia chapurrea el español con la destreza del caracol lento que sabe inmiscuirse en el idioma ajeno con pocas palabras dignamente colocadas. Las completa con algo de italiano y todos la entendemos. Pero Katia escucha más que habla. Cuando habla, eso sí, todos nos mantenemos perennes de atención, como quien escucha al oráculo de Delfos, con todas sus historias sobre ser una mujer entre cuadros durante los sesenta y setenta en la capital de Italia.

Mamadou se pasea con un bolso de ropa por el restaurante. Casi todos lo ignoran y bajan la vista para no concederle la oportunidad de que les enseñe su muestrario, pero Katia lo saluda y lo deja desplegar todas las coloridas camisas de verano y primavera y los pantalones que pueden quedarle bien a Sasha y le compra lo mejor del género al senegalés.

Katia ahora no puede salir, ya no viene por el restaurante. Nos enteramos que se ha roto la cadera. Es ahora Sasha quien pasea a Josh cada mañana y cada tarde. Nosotros le mandamos libros, regalos, la prensa del día, y George le prepara un recipiente con el menú de hoy, que seguro salará demasiado en su casa.

Echo de menos a Katia. Me hace, extrañamente, echar de menos a Bertolucci y cambia mi mirada sobre la terraza, ya todos sus habitantes son menos italianos que antes. Josh ahora está más triste, bebe agua con la lengua más corta. Ahora Mamadou pasa de largo y Sasha ha decidido marcharse a vivir a otra isla. Le he enviado un poema a Katia y un cojín que le hizo mi madre para que estuviese más cómoda en su reposo. Recuerdo a Katia sonreír recordando a sus padres ya muertos y decirme, “no te preocupes Alba, ellos sí creían en Dios”.

MI VECINO

SILENCE

Messi-no-perdona es mi vecino. No sé donde vive, pero compra en mi supermercado y toma café en el mismo bar que yo. Anda por las mismas calles y siempre va vestido con la camiseta del último fichaje del Barça. Lo llamamos así porque es lo que grita cuando Messi marca un gol. “¡Messi no perdona!” grita a viva voz y todas las mesas se ríen a la par. En realidad se llama Nico. Su mujer es inglesa y lleva un moño alto, siempre va vestida de negro y le encanta comer Cheetos de queso. Si te lo encuentras frente a frente es un tipo amable y educado, pero habla mucho y siempre de fútbol, y no deja que entres en la conversación, así que a Messi-no-perdona es mejor encontrárselo solo en el bar.
Messi-no-perdona no aparenta ninguna edad. Lleva toda la vida aparentando la misma no-edad y se parece a cualquiera pero a nadie en concreto. Siempre te parece haberlo visto por ahí. Su camiseta de Luis Suárez, Messi o Neymar Jr. lo delatan, salvo eso, es el tipo más corriente.
Hace un tiempo el bar cambió de dueño y nosotros cambiamos de bar. Ahora no nos encontramos con tanta frecuencia. Me da pena porque siempre me hacía un hueco en su mesa cuando no quedaba sitio para ver el partido y su mujer me invitaba a Cheetos. La verdad es que Messi-no-perdona es un buen tipo.
Hace unos días pasé con las bolsas por delante de nuestro antiguo bar. El toldo estaba echado y no podía ver el interior. Daban un partido del Barça. Marcaron gol y de pronto escuché un alarido: “¡¡¡¡Neymar no perdooooona!!!” Me dio una gran alegría saber que sigue allí, pero cierta pena pensar que Messi está pasando de moda.

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