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HANEKE EN COSTA DEL SILENCIO

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Michael Haneke, el conocido director de Funny Games o La Pianista, es un asiduo veraneante de Costa del Silencio. Cada año se pasea por La Terraza junto a su mujer y comen a la misma hora tagliatelis al aglio, y luego los puedes ver recorrer los jueves el mercadillo de la urbanización Coral Mar. Al principio no estaba segura de que fuese él, pero un día nos intercambiamos unas miradas delatoras. Yo, de asombro y admiración, y él rindiéndome evidencia, asintió.

A nuestra hora del café, allí estaba la pareja Haneke, hablando en francés y comiendo con sus copas de vino blanco en la mesa de la esquina, y siempre nuestro intercambio de miradas. En persona, Haneke es mucho más amable y menos seco de lo que parece por televisión o en fotografía, mucho mas asequible y humano, nada que ver con esa imagen distante que uno puede percibir.

En el mes de julio, Costa es un bullicio de gente disfrutando del entorno privilegiado de la Montaña Amarilla y alrededores, y sobre todo, de los conciertos del Matinal y el Barbaridad. Y fue justo allí donde fui aquella noche a ver un espectáculo de flamenco. Fue justo después de la cena. Yo estaba con amigos y vecinos, el bar estaba repleto, en nuestro barrio el flamenco, y en especial este grupo de fusión tiene mucho éxito. Así que, yo era de las pocas que estaba en la terraza por mi condición de fumadora, junto a otros dos amigos.

Llevaba allí un rato cuando aparecieron los Haneke y se sentaron en la mesa de al lado. Michael me sonrió y me saludó con la mano. La verdad es que sentirte tan cerca de tu ídolo cinematográfico no es fácil, pero siempre he preferido la discreción. Lo saludé de vuelta y seguí charlando con mis amigos observándolo de reojo. Al cabo de un rato me olvidé de que estaba allí.

Entré a por una copa, y entre la gente que animaba a la bailaora, estaba él, como uno más, haciendo sus pasos de flamenco, en medio de la multitud, como si fuese parte de nosotros. Él, que fue capaz de retratar en La Cinta Blanca lo más duro de la sociedad germana de la pre guerra, parecía haber olvidado toda esa crueldad y horror humano que es capaz de relatarnos y darse cuenta de que en lugares recónditos del mundo, sigue habiendo personas que solo piensan en la felicidad.

ROMULUS COBALSKY

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Hace tres años vivía en mi barrio un famoso retratista al óleo. Se llamaba Romulus Cobalsky. Era irlandés de origen checo, pero él negaba su ascendencia paterna y se hacía llamar Rommy. Solo firmaba sus pinturas con su nombre original porque decía quedaba mucho más postinero. Rommy era el retratista más conocido, a pesar de la amplia competencia abundante en las diez urbanizaciones de Costa del Silencio, casi todas las familias lo llamaban a él para encargarle sus retratos familiares navideños y veraniegos. Rommy tenía la casa más amplia de todo el barrio.

Él era un hombre tranquilo, empedernido fumador, liaba su tabaco americano perfumado con delicadeza y solía tomar una jarra de cerveza al caer la tarde, cuando se dedicaba a su verdadera pasión: pintar anocheceres. Su ídolo era Van Gogh, decía que sus trazos gruesos eran el hálito de vida que todo artista debería poder comprender para poder asimilar la vida en su plena extensión.

Un día, Rommy bebió más cerveza de la cuenta. Un afamado fotógrafo había montado una tienda de lomografía en Costa y todos los vecinos se habían vuelto locos con la nueva moda. Ahora, ya nadie quería retratos al óleo. Dicen que contó que iba a perder la casa si las cosas seguían así.

Se levantó, y en medio de la discusión con Giordano, el dueño del bar, sacó una navaja y se cortó la oreja, de un tajo, dijo que lo hacía en honor a Van Gogh, que allí en Costa nadie iba nunca a apreciar de verdad su talento y sus anocheceres. Y justo anocheció, y él, a pesar de la hemorragia, se negó a ir al Centro Médico Verde, y quiso pintar su último cuadro, que poco después se vendió en un restaurante cercano por la estimable cantidad de quinientos euros.

Cada año los vecinos nos reunimos a recordar a Romulus, el día de su fallecimiento, al caer la noche, nos tomamos unas cervezas y escuchamos Vincent, de Don McLean. Seguro que él lo hubiese apreciado.

MI VECINO

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Messi-no-perdona es mi vecino. No sé donde vive, pero compra en mi supermercado y toma café en el mismo bar que yo. Anda por las mismas calles y siempre va vestido con la camiseta del último fichaje del Barça. Lo llamamos así porque es lo que grita cuando Messi marca un gol. “¡Messi no perdona!” grita a viva voz y todas las mesas se ríen a la par. En realidad se llama Nico. Su mujer es inglesa y lleva un moño alto, siempre va vestida de negro y le encanta comer Cheetos de queso. Si te lo encuentras frente a frente es un tipo amable y educado, pero habla mucho y siempre de fútbol, y no deja que entres en la conversación, así que a Messi-no-perdona es mejor encontrárselo solo en el bar.
Messi-no-perdona no aparenta ninguna edad. Lleva toda la vida aparentando la misma no-edad y se parece a cualquiera pero a nadie en concreto. Siempre te parece haberlo visto por ahí. Su camiseta de Luis Suárez, Messi o Neymar Jr. lo delatan, salvo eso, es el tipo más corriente.
Hace un tiempo el bar cambió de dueño y nosotros cambiamos de bar. Ahora no nos encontramos con tanta frecuencia. Me da pena porque siempre me hacía un hueco en su mesa cuando no quedaba sitio para ver el partido y su mujer me invitaba a Cheetos. La verdad es que Messi-no-perdona es un buen tipo.
Hace unos días pasé con las bolsas por delante de nuestro antiguo bar. El toldo estaba echado y no podía ver el interior. Daban un partido del Barça. Marcaron gol y de pronto escuché un alarido: “¡¡¡¡Neymar no perdooooona!!!” Me dio una gran alegría saber que sigue allí, pero cierta pena pensar que Messi está pasando de moda.

HACIA COSTA DEL SILENCIO

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Vamos en el coche y me hablas de Verlaine. «En el fondo sí que eres una escritora maldita, en el sentido en que te abandonas completamente a la escritura hasta el fin de las consecuencias», me dices. Te miro de reojo, mientras suena una canción tan vieja ya… Tan vieja como mi adolescencia. ¿Tan joven? Te admiro, porque me miras a los ojos cuando vamos en la carretera y me dices cosas que tienen sentido. Luego bajas la mirada y lees tu ensayo de Cernuda, que te habla sobre la belleza, jamás encontré a alguien que la buscase más que tú y a quien le importase menos lo que pensasen de él. Pero espera, vuelve a mirarme, por favor, ahora que viene la curva quiero saber que tus ojos profundamente negros están ahí, aunque esté anocheciendo y ya no pueda girarme para comprobarlo: solo lo sabré porque te conozco. Admiro a tu girasol bajo la farola y tus miles de páginas de diario. Simplemente admiro a quien nadie mira, ellos quizás te admiren o les resulte indiferente. Yo sé que tú eres un corredor de fondo. Stand by me. Dice mi canción.

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