cuando cuentas algo a alguien...

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LA NIÑA DEL METRO

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Cuando Silvia salió de su casa al amanecer, no quedaban dudas: el cielo era de nuevo naranja. Se dirigió a la cafetería más cercana y pidió un copioso desayuno, un zumo, un café con leche y pan con tomate y aceite, su favorito. Tras degustarlo mientras miraba las reconocibles caras de los clientes salió de allí y se dirigió hacia el metro. Se sentó en uno de los bancos del andén y miró el letrero que indicaba que aún quedaban trece minutos para que llegase el siguiente, el que la conduciría a su destino.
Una niña jugaba con su muñeca en el banco de al lado. Giraba la cabeza de ésta y le hacia señas con la mano, nunca supo si saludándola o despidiéndola, pero Silvia le hizo un gesto parecido y sonrió, la niña era pecosa igual que su muñeca y vestían igual, con faldas de cuadros y un jersey azul, dispuestas ambas a ir al colegio a esas horas vespertinas. Recordó tantas mañanas en aquel andén, pensando que le quedaban años por delante con faldas de cuadros y jerseys azules, cuando los años parecían infinitos y lejanos, que por un momento no creyó ser una adulta y tuvo ganas de llorar y sentarse junto a la niña pecosa, acurrucarse y jugar con ella a hacer dibujos en el aire. El metro llegó y ambas entraron en el mismo vagón. La niña, junto a la muñeca y a su padre: un hombre apresurado, miraba el reloj como si la vida dependiese del segundero. Iban pasando las estaciones, tan despacio para Silvia que sentía de nuevo la lentitud amarga de su infancia, y recordaba los días lluviosos cuando la televisión no funcionaba y no le apetecía jugar ni leer, la infancia de una niña solitaria que nunca quiso ser ella misma, y que temía hasta su propia sombra.
La niña hablaba con la muñeca, inventaba historias imposibles y creía que estaban en un vagón que las llevaría a un país lleno de princesas. El padre le sostenía la mano para que no chocase con otros pasajeros en aquel metro abarrotado. Entonces, sus manos se rozaron levemente, y Silvia cogió los dedos pequeños de aquella niña, y ella le apretó con fuerza la mano. El metro paró de nuevo en una parada intermedia entre su casa y su destino, y ambas salieron corriendo de allí, antes de que el padre se diese siquiera cuenta de lo sucedido. Al cerrarse las puertas, en vez del andén, la niña vio un campo lleno de árboles frutales y a miles de princesas buscando sus castillos, y cogió una manzana de su cesta y empezó a comerla, era sin duda la mejor manzana, la más dulce que había probado. Se sentaron en un banco, Silvia nerviosa, sin saber que hacer, la niña sonriente, había escapado del mundo infernal. Silvia la miraba sonreír, aquella era la niña que le había robado la infancia. La miró con una mueca de dolor y de rabia, y vio a dos policías acercarse a ella. Corrió, aun con la niña de la mano. Se tiraron delante del tren, todo por culpa del cielo naranja.

Pesadillas de una insomne: El Panadero

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Se despertó sudando. Había soñado durante toda la noche con una puerta llena de cabezas clavadas que se retorcían y gritaban. Toda la noche la misma puerta. Él intentaba abrirla, pero era imposible, cada vez que se acercaba las bocas de las cabezas intentaban morderlo. Una de las veces había intentado arrancar una de ellas, pero el resto chillaba, emitiendo unas estridencias insoportables para sus oídos, y aún así, solo su madre, a base de mucho sacudirlo logró despertarlo a las cinco y media de la mañana para que fuera a trabajar.
Se enfundó el uniforme azul y se lavó la cabeza en el lavabo. Tenía la costumbre de ducharse después del trabajo. Fue en coche hasta el aparcamiento inmenso donde estaba aparcado su camión y se entretuvo en fumar un cigarrillo, nervioso, antes de empezar a conducir para repartir el pan por toda la ciudad. Odiaba aquel trabajo. Odiaba ya hasta el olor del pan recién hecho, hasta el pan. Hacía meses que no comía bocadillos. Pero es lo que había, le decían todos. Antes era cartero. Le gustaba. Le gustaba tanto que miraba los buzones como si cada uno de ellos fuese un contenedor de secretos, miraba sus formas y se entretenía en observar las cartas cuando no eran meras facturas o notificaciones de carácter burocrático. Miraba las postales y los sobres de las cartas personales. Era como un vicio insano, se imaginaba las relaciones a distancia, familiares, amigos, conocidos, paquetería que venía desde el otro lado del mundo encargada por coleccionistas. Imaginaba un sinfín de posibilidades. Se hacía imágenes mentales de los dueños de aquellos buzones: si serían familias felices, aquellos que con caligrafía excelente habían rubricado sus nombres en papel de calidad; o familias desavenidas, aquellos que cambiaban de vez en cuando de miembros. Esos buzones lujosos que estaban empotrados en los muros, imposibles de abrir, imposibles de hurgar si te equivocabas en la carta que echabas por la ranura. Familias con apellidos indecentemente largos, con largas raíces y árboles genealógicos imposibles decorando las paredes. Todo eso se imaginaba Juan Félix cuando era cartero. Ahora, como repartidor de pan, iba de tienda en tienda, con su pan industrial, repartiendo sacos a supermercados y tiendas, y no del bueno, sino del que viene congelado y hornean rápido por la noche. Le parecía una vergüenza y no podía concebir aquel trabajo sin un solo rastro de artesanía por ningún lugar, sin una sola brizna de ternura, de pasión, de dedicación. Pura mecánica.
Aparcó el camión frente a un supermercado que pertenecía a su ruta. Y allí estaba, delante mismo de él, una fachada imponente, una casa amplia y colonial, una arquitectura de esas que le hacían quedarse ensimismado cuando trabajaba como cartero. Se acercó a ver el buzón: Magnífico, una portezuela de hierro forjado con el símbolo de un sobre en el centro. Perfectamente anclada en el muro de piedra. Deslizó su mano por el buzón y sintió la rugosidad del metal. Se imaginó introduciendo un grueso sobre por la ranura. Se estremeció de placer. Se dio la vuelta y volvió a su rutina. Fue a la parte trasera del camión y abrió la puerta. Sacó los dos sacos de pan y los dejó en el suelo para secarse el sudor y cerrar de nuevo la puerta. El camión empezó a moverse ligeramente. Juan Félix percibió el ligero movimiento y su primer impulso fue tratar de contener el camión, pero la calle era una pendiente bastante inclinada y él estaba cuesta abajo. Cayó bajo su propio vehículo, cercenándose el cuello bajo la rueda, y el camión siguió su camino, sin conductor, calle abajo.
El hombre salió de la casa, recogió la cabeza de Juan Félix y la llevó al interior. Solo le faltaba una para completar su puerta perfecta.

Ilustración: Diego Mille Notario

GAVREL

JEREMY CHATELAIN

Sentada en el banco pasó un autobús y saludé con la mano a lo lejos a un chico que iba dentro. Paró en la siguiente estación, se bajó y se acercó a mí. No lo comprendía, me hablaba en yiddish. Tenía los ojos verdes, los labios gruesos, y era de mi altura. Un hombre hermoso. Lo cogí de la mano y le dije: «Sabina». «Gavrel» respondió.
Caminamos juntos un par de manzanas. Ese día hacía mucho calor aunque era invierno en Madrid y llevábamos la chaqueta en la mano. Mezclábamos nuestros idiomas con el inglés, pero a duras penas lográbamos entendernos.
Llegó el mediodía y seguíamos andando. Llegamos a un hotel. Me hizo señas para subir. Abrió la puerta. En una suite espaciosa había un salón donde cuatro chicos escuchaban rap en su idioma y bailaban con dos chicas con poca ropa. Gavrel los saludó e intentó llevarme a una de las habitaciones, pero nos detuvieron los demás.

-Hola guapa –dijo el más alto.
-Hola, ¿Hablas español? –pregunté.
-Sí, un poco.

Una cicatriz le cruzaba la cara.

-¿Quieres bailar, chica guapa?
-No.
-Yo soy dj, músico.
-¿Eres familia de Gavrel?
-Su primo. Hemos venido de Israel de vacaciones de Navidad. ¡Fiestaaa!
-Ya. Voy con Gavrel.

Entré en la habitación. Me miró, se acercó al ordenador y habló. El ordenador me respondió en un español mecánico y frío.

«Perdona mi primo. No es persona ejemplo. Yo rezo por él.»

Me pasó el ordenador y dije: «Hoy es sábado»

El ordenador tradujo a yiddish. Gavrel volvió a hablar.

«Los asuntos mundanos sólo son tonterías… Bórrelos de su corazón»

Me acerqué y besé a Gavrel. Besaba bien, como si no tuviese edad y todas las lágrimas del mundo hubiesen rodado por su cara. Pasó una eternidad muy corta en ese beso hasta que un golpe y un grito agudo nos separaron. Gavrel me cogió de la mano y salimos corriendo de la suite. Su primo y el amigo se peleaban y las chicas gritaban alrededor. Subimos en el ascensor hasta la piscina.
Al llegar, me encendí un cigarrillo y le ofrecí otro. «Sigarrillo», dijo.
Le quité la kippah y la dejé en el borde. Me quedé en ropa interior y los dos entramos en el agua climatizada del hotel de cinco estrellas. Le metí la mano en el pantalón.
«Dos lebn iz nisht mer vi a jolem, ober mer mich nit oif»*, dijo él, antes de posar la cabeza sobre mi hombro, tiritando. El hombre hermoso del sauce. Bajo las mil estrellas de la noche calurosa de invierno. Cuando terminé, nos acostamos en una sola hamaca. Empezó a hacer frío. Pasó el tiempo y yo solo miraba sus ojos cerrados y sus labios gruesos que ahora comprendía.
Y no quise despertarlo.

*La vida no es más que un sueño, pero no me despiertes.

LA CALLE DEL 8 Y MEDIO

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No pienso ponerme a ver María Antonieta de Sofia Coppola otra vez para escribir este parrafito; pero un día en un viaje a Madrid, mientras estaba sentada con Sheila tomando un café en el Corte Inglés (cuando aún se podía fumar en la gran terraza de la última planta, con esas vistas de La Almudena y el Palacio Real desde la esquina de Gran Vía y Callao), le comenté si recordaba una secuencia de la película, una de las primeras: Kirsten Dunst está a punto de entrar en Francia cuando paran el carruaje en el que va, y la meten dentro de una caseta improvisada con aspecto de hacer un frío que pela, y le dicen algo así como: «Ahora vas a entrar en nuestro gran país, tienes que despojarte de todas tus pertenencias y dejarlas en la frontera». Ella se desnuda y le quitan, además, todas sus prendas y valijas, a su perrito y a su doncella; y la pobre Kirsten, con sus dientes perfectamente imperfectos, se queda allí con tal cara de pena que me dan ganas de llorar pensando en ella, en la verdadera María Antonieta, y en mí contándole a mi amiga que así es como me sentía yo en Barcelona, atrapada y desconcertada. Los gatos de mi novio no eran mi gata, los conocidos no eran mis amigos y me sentía encerrada en un palacio lleno de cosas extrañas y condenada a una existencia tan vacía como la de la futura reina gala.

Creo que pocas veces he estado tan triste, pero ¡qué demonios!, la madre de Sheila había muerto hacía unos meses, ni siquiera tenía derecho a sentirme así, supongo que quería consolarla haciéndole saber que mi vida también era decepcionante. Si es que estar encerrada en una ciudad con un cielo naranja y sin amigos, o vivir en un mundo donde tu madre ya no existe, quepa en un adjetivo tan vago como decepcionante. Salimos de allí y nos dirigimos caminando hacia la calle del 8 y medio. Ni la calle se llama así ni mucho menos; es el sobrenombre de ese lugar recóndito, pero conocidísimo, donde está la librería 8 y Medio y los cines Renoir, creo, o uno de esos Ideal de los del círculo polar de cines en v.o.s. de la Plaza de Cubos y alrededores. Había bares nuevos llenos de diversos elementos hypsters de la recién llegada manada de cervatillos prisioneros del séptimo arte, solo que éstos no habían crecido con Garci ni con su «Puro humo», y quedaba poco para la maldita ley que cambió mi vida y mi forma de ver y oler a los demás, sobre todo darme cuenta de que el tabaco disimula bastante bien el terrible aroma de algunos. Pronto llegó Laura, con su bellísimo rostro de inocencia que espero aún conserve; aunque temo que la inocencia ya la habíamos perdido hacía algún tiempo, y poco quedaba de aquellas tres hippies de instituto que pensaban que en segundo de carrera sus vidas estarían encaminadas, al menos, hacia alguna parte. Entramos en uno de esos nuevos locales, ellas pidieron otro café y yo un cóctel. Necesitaba alcohol, amigas y tabaco, todo eso que no tomaba en Barcelona porque el hastío, la pereza y el maldito cielo naranja no me dejaban. Y las tres, que nos leíamos las caras y las almas más deprisa que yo El guardián entre el centeno cuando estoy triste, por primera vez no sabíamos qué decir. Laura traía el pelo mojado de lluvia sin paraguas y un folleto del cine con las películas que podíamos ver. En una de éstas, que Sheila fue al servicio, comentamos que lo mejor sería elegir alguna comedia para que se distrajese un poco; pero ese día la cartelera parecía haber sido tomada por un obseso de Houellebecq y llevada al colapso de la desolación humana. Sólo una sinopsis destacaba entre las demás por ser menos dramática: un tipo amable, simpático con todo el mundo, estalla un día en cólera y trae de cabeza a sus conocidos y familia. Parecía una versión cómica y francesa, seguro poco graciosa y algo simplona, de Un día de furia. Tal vez floja, pero suficiente para cumplir con el objetivo. Las tres, en esos momentos, vivíamos en un triángulo de las Bermudas dibujado entre Gijón, Barcelona y Madrid, que nos separaba de los tradicionales desayunos copiosos en el bar de al lado de mi nuevo (ahora viejo) piso, y de la calle del 8 y medio, domingo sí y domingo también. Ahora era tiempo de muertes, ciudades de cielos no azules, y trabajos de siete de la mañana hasta que el cuerpo aguante. La era post-universitaria en crisis, la desazón, el comienzo de lo indeciblemente rastrera que es la vida cuando tus padres no te mecen en sus brazos cada vez que tienes gripe. Qué asco de adultez precoz, de eso que los demás te dicen que le pasa a todo el mundo, que no te sientas especial, que qué te crees pensando que eres el único, y te dan ganas de mandar al carajo a todo el mundo y con todas las de la ley, porque la juventud y la universidad no te enseñan que la vida no son vacaciones en Praga y saltarte clases, ni siquiera que no es solamente tener pequeños problemas en febrero y junio y derramar lágrimas por cosas que ahora, vistas solamente, y quiero destacar el solamente, de forma retrospectiva, son una soberana gilipollez. Y todo ello debe ser vivido como tal, para que luego te des el gran bofetón que te mereces por haber sido tan feliz y haber comido perdices sin saber a qué demonios saben esas aves que solo existen por escrito. Y de pronto, entre un sorbo y una calada, recordé lo del nostálgico yogur. La historia es que yo estaba la mar de borracha un día cualquiera en esa misma calle unos dos años antes de que todo este cúmulo de fatalidades nos separasen, cuando bajé la vista hacia el suelo no sé por qué, y lo que vi al subirla fue a Laura arrancar un yogur de la rama de un árbol, como si fuese una fruta; y como si hubiese sido coreografiado, justo en ese momento un señor pasó con la compra y yo le quité el yogur desnatado sabor coco a Laura de las manos, y lo metí en una de las bolsas sin que él siquiera se diese cuenta de lo sucedido. Luego inventé toda una historia de camino al cine para ver Elephant, de Gus Van Sant, acerca de cómo, al llegar a casa, la esposa del hombre, ofendidísima porque su marido le había comprado un yogur desnatado (lo que era una indirecta para llamarla gorda) se divorciaría y la culpa sería mía. Laura me juró y perjuró que el yogur no había salido del árbol; pero yo quise convencerme de que la historia había sucedido así, es más, se lo conté al taxista al volver a casa. «Alba, que me robaste el almuerzo del día siguiente, yo lo había sacado del bolso», me repitió durante meses. Me daba igual, para mí aquel siempre fue el árbol donde crecían yogures y, cada vez que pasaba por la calle del ocho y medio en primavera, lo miraba para comprobar si ya estaba yogurciendo, y si colgarían de sus ramas preciosos Vitalíneas sabor coco con sus tapitas y sus fechas de caducidad bien lejanas. Nunca ocurrió, y no sé si el hombre y su esposa se seguirán preguntando lo del yogur súbito; pero lo pasábamos bien con aquellas tonterías cuando eran presente pluscuamperfectísimo. Lo que si sé es que el día en cuestión, en ese triste presente, la película francesa resultó no ser una comedia, y en realidad trataba sobre un hombre que decide despegarse emocionalmente de sus conocidos porque tiene cáncer terminal y Sheila se dio cuenta en el minuto cinco, Laura y yo en el diez, y en el veinte, tras un motón de silenciosas lágrimas en la oscuridad, Shey salió de la sala a fumar un cigarro; aunque ella ya no fumaba desde hacía tiempo. De cualquier forma, creo que la ocasión lo merecía. Nos contó cómo su madre hizo lo mismo, y yo intenté no escuchar porque quería con locura a Elvira, la madre de Shey, y para mí su familia es como la familia que siempre quieres tener, aparte y a pesar, o como quieran ustedes entenderlo, de lo mucho que adores a la tuya. Elvira se había marchado, con su sonrisa, su receta de fabes, su acento precioso, su pelo liso y castaño y su figura de bailarina; y ahora Sheila era menos Sheila y más Elvira, pero menos alegría y mucha más edad. Y como siempre me ocurre en estas terribles situaciones, llovía a mares, y mi novio me llamó mientras estábamos a la intemperie, sentadas en unas escalerillas de la parte de atrás del cine, para pelearnos por alguna de sus tonterías que terminaban en un «esta vez no me vuelvo a casa, esta vez se acabó, esta vez sí que sí» por mi parte. Y colgué el teléfono llorando no sólo por la discusión, sino también por Elvira y por haber dejado Madrid. Laura también lloraba, despacito y sigilosamente, como llora ella, creo que por su cansancio físico, por su dolor físico y mental, por Shey, por tener que vivir en nuestra ciudad ella sola y por todo un poco. Todas echábamos de menos a Elvira y queríamos volver a cuarto de carrera, quizás al día en el que fuimos a la calle del 8 y medio recién levantadas, sin peinarnos ni nada, y no nos quisieron dejar entrar en el finísimo restaurante francés de fondues, y gracias a eso descubrimos nuestra adorada Taberna de Liria donde al dueño no le importaron nuestras pintas. Una lejana tarde noche de otoño, cuando estaba en primero de universidad, fui a una proyección de Vértigo a un club de cine cerca del pirulí y Eduardo Torres-Dulce me dijo: «Hitchcock siempre nos regala el paraíso después de haberlo perdido». Nunca se me ha olvidado esta frase, aunque sepa que no es exacta. En aquel momento recordé cuando lo veía con Garci de pequeña, y quería sentarme con ellos y fumar cigarrillos como una loca, y hablar de Metrópolis. Ahora quería dar marcha atrás, solo un poco, porque me di cuenta por fin de que nuestro paraíso, nuestros paraísos, desde Camden Town hasta la calle del 8 y medio, se habían perdido, y aunque siempre nos quedara el yogur, la acera empedrada, los recuerdos tristes y un rincón donde casi siempre se ponen las nubes, ya estábamos en la frontera donde María Antonieta tuvo que abandonarse por completo para entrar en Francia.

LA SONRISA DE EDGAR ALLAN POE

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Me encontre a esta muchacha sentada junto a mí, comiendo un sandwich de pavo y queso edam. Traté de esquivar su mirada, pero ya a la tercera vez fue la vencida y le pregunté si me conocía de algo. “Somos primas, lejanas, pero primas”. Me recordó que de pequeñas habíamos ido juntas a ver unas tumbas de una momias con la familia al completo. “Es que no has cambiado nada”, añadió.
Fuimos a ver el Museo de Cera de la ciudad, y nos encantó la reproducción de Edgar Allan Poe con un gato negro. Estaba sonriendo. Él, el gato simplemente jugaba con un ovillo y nos miraba fijamente. Mi prima me dijo que de niña yo era una chiquilla graciosa pero algo espabilada que siempre preguntaba por qué a todo y que andaba con un libro a cuestas.
Pasamos por debajo de un andamio de un edificio en reparación. “Aquí vivía yo, pero la vecina hacía zumos de naranja a todas horas y me mudé por el ruido”. Seguía sin reconocer su cara, pero teníamos cierto parecido. Llegamos a la boca del metro para despedirnos. Me dio una fotografía en la que salíamos las dos juntas. “Siempre la llevo en la cartera”. Aparecían las momias detrás. Y ella sujetándome por los hombros. Cayó una maceta desde lo alto y le dio en la cabeza a mi prima. Mientras la miraba palideciendo en el suelo escuchaba los latidos bajo mis pies. Se me olvidó decirle que aquella niña no era yo.

MI VECINO

SILENCE

Messi-no-perdona es mi vecino. No sé donde vive, pero compra en mi supermercado y toma café en el mismo bar que yo. Anda por las mismas calles y siempre va vestido con la camiseta del último fichaje del Barça. Lo llamamos así porque es lo que grita cuando Messi marca un gol. “¡Messi no perdona!” grita a viva voz y todas las mesas se ríen a la par. En realidad se llama Nico. Su mujer es inglesa y lleva un moño alto, siempre va vestida de negro y le encanta comer Cheetos de queso. Si te lo encuentras frente a frente es un tipo amable y educado, pero habla mucho y siempre de fútbol, y no deja que entres en la conversación, así que a Messi-no-perdona es mejor encontrárselo solo en el bar.
Messi-no-perdona no aparenta ninguna edad. Lleva toda la vida aparentando la misma no-edad y se parece a cualquiera pero a nadie en concreto. Siempre te parece haberlo visto por ahí. Su camiseta de Luis Suárez, Messi o Neymar Jr. lo delatan, salvo eso, es el tipo más corriente.
Hace un tiempo el bar cambió de dueño y nosotros cambiamos de bar. Ahora no nos encontramos con tanta frecuencia. Me da pena porque siempre me hacía un hueco en su mesa cuando no quedaba sitio para ver el partido y su mujer me invitaba a Cheetos. La verdad es que Messi-no-perdona es un buen tipo.
Hace unos días pasé con las bolsas por delante de nuestro antiguo bar. El toldo estaba echado y no podía ver el interior. Daban un partido del Barça. Marcaron gol y de pronto escuché un alarido: “¡¡¡¡Neymar no perdooooona!!!” Me dio una gran alegría saber que sigue allí, pero cierta pena pensar que Messi está pasando de moda.

BUROCRACIA

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Terminé de hablar con uno de los burócratas de turno y me dispuse a marcharme de allí, sin duda, para siempre. Caminé sobre mis propios pasos de hacía media hora y busqué salida. Cuando llegué al hall no vi la puerta, solo la entrada a otro pasillo idéntico. Empecé a dar vueltas por la planta dos. Encontré otro hall con sillones de cuero y un piano en una esquina, tan pegado a la esquina que un pianista no hubiese tenido espacio para sentarse en la butaca, inexistente. Un piano acallado. Las paredes tenían cuadros comprados a artistas por hobbie, reproducciones de paisajes con trazos titubeantes, mares sin profundidad, horizontes difuminados, árboles sin vida. La planta dos continuaba hacia otro pasillo, lleno de administrativos que tecleaban sin parar en sus inertes ordenadores con hojas de Excel en las pantalla, ¿Serían yo? Empecé a escuchar un tictaqueo cada segundo, pero no vi ningún reloj. Otra intersección: ni ascensor, ni puerta, otro pasillo. Una mujer de la limpieza fregoteaba una esquina con ansia, tratando de eliminar una mancha seca y rancia del parquet flotante. “¿Quieres algo?”, “Sí, quiero irme de aquí”, “Pues sal”, me miró con incredulidad y me señaló hacia la derecha con un gesto cabezero. Seguía escuchando el tictaqueo, cada vez más fuerte, seguía sin ver el reloj, más autómatas tecleaban en más despachos. En medio del pasillo número cuatro una palmera-bonsai sobre una columna corintia de cartón piedra. Pensé en robarla. Miré si habían cámaras de seguridad de forma instintiva. Las vi, girándose a mi paso. Seguí andando hacia el pasillo numerado como “Despachos Sección Siete”. Se acercó una mujer vestida de la temporada pasada. “¿Qué desea señorita?”, “Deseo irme, por favor, deseo irme de aquí”. Asintió y empezamos a andar. Su taconear se mezclaba con el tictaqueo. Saludaba con gesto firme y seco a los burócratas y administrativos. Con una gran sonrisa a quienes ocupaban los despachos de “Jefe de Sección”. Llegamos por fin a una puerta que daba a unas escaleras y a un ascensor. Me dispuse a atravesarla, paré en seco al ver el cartel. “Si sales no podrás volver”. Me giré y miré a la mujer, seguía detrás de mí, me ofrecía un papel. Se me formó un nudo en la garganta mientras firmaba.

EL AULLIDO DE ELISA

paula rego
Sus padres cumplían veinte años de casados. Elisa escuchaba desde su habitación las risas beat de la fiesta que celebraban todos aquellos nostálgicos en la planta de abajo de su casa, mientras ella pensaba en su mundo prefabricado, más parecido a la cárcel de La Naranja Mecánica, que a los sueños delirantes de Janis Joplin. Y entonces, recordó con cierta torpeza el Aullido que le leía su madre cuando era demasiado pequeña para entender qué era aquello. Eso, se lo había enseñado a los quince años un rumano, su primer amor veraniego, en la parte de atrás de un coche una noche de estrellas en una playa del sur: “En Rumanía el aullido es el sonido que hace el hijo cuando muere la madre, el grito del dolor”. ¿Qué sería para Ginsberg? ¿Y para los vendedores de sueños? “Desalmados vendedores que nos entregaron un cortapisas. No fabricasteis nada. Solo grietas en muros hacia un cielo que no es más que luces de neón.”, pensó, mientras fumaba su hierba aderezada con desencanto. Y la voz de Ginsberg aullando “Estoy contigo en Rockland, le dijo a Salomón, donde estás más loco que yo, donde debes sentirte muy extraño, donde imitas la sombra de mi madre” El tiempo que satura las mentes límpidas… con el aliento entumecido por 25.000 camaradas que ella deseaba que la esperasen, pensó que tal vez, podría ser… ¿Quién lo sabe? Y entonces, de nuevo, sintió el ocaso, como si ella fuera una de esas chicas dulces, como si ella también llorase, tal vez en Denver, tal vez al salir de Denver, tal vez en su malnacida ciudad de extrarradio. El tiempo ha saturado mi mente límpida. Dio otra calada, se dejó caer sobre la cama. Bajo el lodo de Bowery, se dejó llenar todos los orificios por el reino vegetal y toda su alma por las risas que se extendían, como una humareda por su habitación. Se rindió, dio un golpe seco de la navaja contra sus muñecas añorando un Denver que nunca conocería. La niña del lobo que no encontró a sus camaradas.
4 A.M. Feliz aniversario papá. Feliz aniversario mamá. Dice la nota en el colgador de alambre. La sangre en la habitación cubre el tiempo con su mácula desesperada. En el reverso escribe “Estoy sola en Rockland” antes de morir.

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