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RECUERDO A CONTRALUZ (DIARIO DICIEMBRE 2011)

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Es ya un recuerdo a contraluz de un invernadero en medio de un parque donde van a acabar mis veinticinco años. Hoy has despertado y has dado de comer a un gato persa, una de esas mañanas de niebla brusca e insobornable, mientras tu madre fuma y come pasteles glaseados que vienen hechos con una receta de Argelia del norte y saben a nostalgia y a canela.

Te recuerdo anoche con interrupciones de cigarrillos importados que fumas entre risas, amplias, tímidas, como cada noche, ya pasados los trenes, los coches, las hermanas semi desnudas, las lágrimas, los cielos lluviosos, los andenes, las fondues, los paseos por colegios viejos, las plazas llenas de vendedores de pashminas y los desiertos urbanos en los que nos reunimos con otras caras ajenas para eclipsar a la Torre de Piel.

Te recuerdo no queriendo estar conmigo, estando conmigo solo por amor, hasta que pase esta tormenta y los rituales del verano sean, de nuevo, un montón de canciones olvidadas que sólo significaron una espera de tres días.

Pasarán varias vidas por nuestros cuerpos y aún así seguirá sonando esta memoria, esta vigencia vestida de presente, este sabor a realidad tan escaso para nosotros, los fantasmas.

Eres un recuerdo a contraluz, aunque estés dormido a mi lado, porque yo soy lo que soy porque me miraste, aquella madrugada de agosto, en la que el mundo me era, sin duda, indiferente.

NO SÉ POR QUÉ ME PUSE ASÍ

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No sé por qué me puse así. No es por verte, quizás es porque estar contigo es estar con todo lo que supone estar contigo. Ni siquiera has cambiado demasiado. Tal vez unos kilos de más o de menos, ni siquiera eso soy capaz de saberlo. La camiseta nueva y el anillo de tu padre colgado al cuello. El champagne es mejor esta vez. Es demasiado bueno. Cuando tú y yo estábamos juntos bebíamos aquella cosa que pretendía saber bien. Tampoco nos importaba, poníamos la música en el móvil que ahora está guardado en un cajón cualquiera por tener mal sonido, y nos sentíamos diferentes porque esas canciones no las conocía nadie. ¿Recuerdas el primer día? Se veía la piscina desde tu terraza y nos preguntábamos si alguien más estaría en ese momento escuchando aquel horrible rap que nos instaba a tener un solo dólar más para conquistar el universo. Pero bueno, en todo caso, ¿no fue aquel el mejor verano del mundo? “¿Dónde lo conociste?”, me pregunta la gente. “Lo conocí en el aeropuerto”, y para cualquier persona no hay historia mejor que haber conocido a tu novio en un aeropuerto, donde casi jamás se conoce a alguien, y eso que la gente parece vestirse para vivir una aventura inolvidable en vez de para emprender un periplo cansado y lleno de valijas terriblemente pesadas. Y tú llegaste con una maleta que hacía ruido y con un cigarrillo en la mano, corriendo para salir a fumarlo lo antes posible, y parecías yo, con todo a la deriva, como si el mundo se hubiese puesto en tu contra para no aparentar ser perfecto en las situaciones en las que los demás esperan eso de ti. Así nos conocimos. En ese pasillo del aeropuerto peor construido de la tierra. Y algún día contaré la historia entera. Ahora solo quiero decirte que no sé por qué me puse así. Quiero pedirte perdón, creo que una vez me dijiste que no te gusta ver a las chicas llorar; pero ¿qué quieres que te diga? Esta terraza una vez estaba llena de champagne malo, de canapés hechos por mí, Juls reía de tu “je suis max”, Tommy revoloteaba buscando una ropa que ponerse para salir a fiestear, Fanny se secaba el pelo en el último segundo, Clement te seguía a todas partes, las partidas de póquer seguían hasta las tantas, y tu padre tenía el anillo en la mano y desde la cocina nos decía que la cena estaba lista. Y ¿ahora? Todos están en París y tu padre… tu padre está aún aquí cocinando en mi memoria.

Y sé que siempre seremos amigos, y que bueno, aunque suene más que oído, siempre nos quedará París. Donde estáis todos ahora menos yo. Así que perdona por haberme puesto así. Solo es que a veces os echo demasiado de menos.

DIARIO DE PARÍS (EXTRACTO 4/11/2012)

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París es una ciudad de la que no hablo nunca. Es la ciudad prohibida, llena de desencuentros y de citas que no llegaron. “Te veo en el bateau mouche el sábado a las tres”, me dijo el chico de Lille, pero resulta que enfermó su abuela y no pudo venir. Años después, fui con el argelino a ver un museo de ciencias naturales y reímos a carcajadas porque los nombres en latín de las plantas no nos decían nada, en fin, que estábamos enamorados. Recorrimos juntos las callejuelas del cartier 92 y comimos una fondue de carne en un restaurante de moda, fuimos al casino y jugamos una partida de póquer en la ciudad de las luces. Lejos de allí, años después, murió su padre, pero él y yo ya no estábamos juntos, y el chico de Lille que me había pedido matrimonio en un parque lleno de cisnes tenía una hija con otra: jamás vino a París porque su abuela enfermó. En París me enamoré tantas veces que una vez descubrí una moneda debajo de un colchón en una habitación destartalada de Villejuif y fue el mayor tesoro de mi vida y otra vez escuché un concierto de rap y ninguna música podía ser más hermosa que aquellos dedos rasgando un vinilo. Pasé por el Sena hace un año y sentí la brevedad del tiempo pasado. “Te veo en el bateau mouche el sábado a las tres”, me dijo el chico de los cisnes y los grandes ojos verdes, mi primer amor, y acabé sola allí, con un souvenir: una bola de nieve con la Torre Eiffel dentro y una amiga secándome las lágrimas. Lo esperé, con guantes y gorro, en pleno invierno, y supe por primera vez lo que era que te dejasen plantada. París, la ciudad prohibida, la ciudad de la que no hablo nunca porque tengo demasiado que contar de ella, porque cada vez que la nombro aparecen miles de calles, puentes, trenes, metros y casas donde no sucedieron todas las cosas que hoy hubiesen sido mi vida.

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