cuando cuentas algo a alguien...

Tag: noche

BORRACHOS ESTA NOCHE

borrachera

Podria haberte dicho
que es un soplo de aire
lo que veo en tu boca
cuando siento tu destino
escanciar el vaso
para escamotear
palabras a la noche.

Eres un ladrón de belleza
y de capa caída los viernes
mientras el alcohol supura
su vientre retorcido,
yo te veo encontrar
la vuelta exacta del destino.

No vale una moneda más
para coger el atuendo
que envuelve tu muerte en vida
más es mi amor tan intenso
que no puedo morir de amor
porque traicionaría
a tu cónclave de amigos
en la terraza donde amigamos
a nuestros seres desconocidos:
escucha sus voces
perennes ya de recuerdos
escuchadas por los olvidos
y sigue bebiendo tu copa,
no mires las monedas.

Hoy es día de ofrenda
hoy no controlamos la noche
ni el discurso ni las manos
subimos al cielo los dos juntos
y tus labios se juntan para decirme
en esa borrachera infitina
que donde fuimos dos cuerpos
ahora hay un caudal de vida
conclusa e inconclusa
PERFECTA

SALTAS A LA NOCHE

playachica

Saltas a la noche
Porque la noche es agua
Puede que queden
Solo dos formas de destino
Hace mucho que los pájaros
Murmuran diferente
Y no sopla el viento en la mirada
Que gravita en tu mirada
Como si un cielo cubriese de ciénagas
A un cielo que es lodazal.

Saltas a la noche
Fuerzas tus pasos
Cuando te elevas en el aire
Con tus cientos de amigos de la mano
Tus sombras que son tú y te embellecen
Te hacer ser más sabia y
La luz engulle esta noche
Todos los granos de la playa
Todos los demás cuerpos
Que no existen porque no son
Los cuerpos que te rozaron
En el borde negro de la arena.

Si saltas de nuevo a la noche
Hazlo sencillo
Destila el pasado como si fuera
Una forma de estimular
Las formas que dibujas
Cuando pones los pies
En la frontera de la tierra.

Si saltas a la noche,
Busca las sombras del pájaro
Y las sombras del destino
No consueles a los cuerpos
Que dudan si ven la mañana
En las luces del bosque
donde acaba la playa.

Fotografía: ELI GT
Modelo: Sendy Trillas

NOCHE EN VELA (Y DESCONCIERTO)

nightpark

El ruido de los árboles contra la persiana es insoportable. Quinientos minutos para que los demás despierten y escucha el tic-tac del reloj cada vez más y más fuerte, más y más cerca, hasta que se le instala en los oídos como una avispa zumbona forjada en metal. La boca seca y ningún líquido a su alcance, ni ganas algunas de bajar a la cocina. Frío y viento soplando fuerte del norte, que se cuela por la ventana mal cerrada. Él apenas se cubre con una sábana. Está helado. Pasa un camión, da una frenada y el sonido chirriante eclipsa la maquinaria del reloj. Trata de agarrar la manta, pero el gato está sobre de ella. No hay forma de que le ceda ni una esquina. Enciende la luz de la mesilla de noche y, de forma instintiva, cierra los ojos para no sentir el fogonazo en sus pupilas aletargadas. Se levanta, baja las escaleras y va a la cocina. Bebiendo un litro de agua de un trago se queda aún con sed. Sale de allí, cruza el pasillo y va al jardín. En la terraza, una caja de cigarrillos sobre un banco. Llovizna un poco, se coloca bajo el toldo y fuma con serenidad. No hay nadie en la calle. Ya no se escucha el tic tac y no pasa ningún coche en lo que duran tres cigarrillos. Las zapatillas de correr al lado suyo. Se las pone emprendiendo la marcha. Todas las casas con las luces apagadas, solo tintinean dos farolas alumbrando dos esquinas. Llega al final de la acera, lado impar, cruza. Casas y casas. Casi idénticas. Pintadas de diferentes colores, todos ellos tonos tierra y pastel. Aspersores en funcionamiento, olor a hierba fresca. Alcanza a ver un parque. Entra en él. Reduce la velocidad y sigue andando. Una cancha de baloncesto y unos bancos. Se sienta en uno. Al lado suyo, un gato dormita, marchando en cuanto advierte la presencia de un humano. En un árbol, un búho mira a través de su cuerpo, musita su lengua. Él se levanta. Dando vueltas en la cancha de fútbol y cansado, muy cansado, sus pies se deslizan sobre el asfalto pintado de gris, con pereza, sin dejar nunca de rozar el suelo, siempre la punta o el talón, tantos círculos como estrellas puede contar con la mirada puesta en la bóveda de su parcela de cielo. Cuando no puede más, deshaciendo -con la densa lentitud de quien ha vivido una derrota- todo el camino andado. Vuelve a sentarse en su porche fumando otro cigarrillo amargo y sepia. Dedos manchados de tabaco inglés. Clarea ya. Los párpados caen, temblorosos y húmedos, sobre sus ojos. Sube a su habitación y se sienta en la mesa. Cogiendo una libreta empieza a escribir: “El ruido de los árboles contra la persiana es insoportable para mí.” Para. Volviendo a la cama cierra los ojos. Desaparecen todos los sonidos. No existe el perro ladrando de su vecina. La gente comenzaba a despertar. Lo invade el silencio entre el bullicio.

Respiró profundamente y decidió olvidar la noche.

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