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LA NIÑA DEL METRO

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Cuando Silvia salió de su casa al amanecer, no quedaban dudas: el cielo era de nuevo naranja. Se dirigió a la cafetería más cercana y pidió un copioso desayuno, un zumo, un café con leche y pan con tomate y aceite, su favorito. Tras degustarlo mientras miraba las reconocibles caras de los clientes salió de allí y se dirigió hacia el metro. Se sentó en uno de los bancos del andén y miró el letrero que indicaba que aún quedaban trece minutos para que llegase el siguiente, el que la conduciría a su destino.
Una niña jugaba con su muñeca en el banco de al lado. Giraba la cabeza de ésta y le hacia señas con la mano, nunca supo si saludándola o despidiéndola, pero Silvia le hizo un gesto parecido y sonrió, la niña era pecosa igual que su muñeca y vestían igual, con faldas de cuadros y un jersey azul, dispuestas ambas a ir al colegio a esas horas vespertinas. Recordó tantas mañanas en aquel andén, pensando que le quedaban años por delante con faldas de cuadros y jerseys azules, cuando los años parecían infinitos y lejanos, que por un momento no creyó ser una adulta y tuvo ganas de llorar y sentarse junto a la niña pecosa, acurrucarse y jugar con ella a hacer dibujos en el aire. El metro llegó y ambas entraron en el mismo vagón. La niña, junto a la muñeca y a su padre: un hombre apresurado, miraba el reloj como si la vida dependiese del segundero. Iban pasando las estaciones, tan despacio para Silvia que sentía de nuevo la lentitud amarga de su infancia, y recordaba los días lluviosos cuando la televisión no funcionaba y no le apetecía jugar ni leer, la infancia de una niña solitaria que nunca quiso ser ella misma, y que temía hasta su propia sombra.
La niña hablaba con la muñeca, inventaba historias imposibles y creía que estaban en un vagón que las llevaría a un país lleno de princesas. El padre le sostenía la mano para que no chocase con otros pasajeros en aquel metro abarrotado. Entonces, sus manos se rozaron levemente, y Silvia cogió los dedos pequeños de aquella niña, y ella le apretó con fuerza la mano. El metro paró de nuevo en una parada intermedia entre su casa y su destino, y ambas salieron corriendo de allí, antes de que el padre se diese siquiera cuenta de lo sucedido. Al cerrarse las puertas, en vez del andén, la niña vio un campo lleno de árboles frutales y a miles de princesas buscando sus castillos, y cogió una manzana de su cesta y empezó a comerla, era sin duda la mejor manzana, la más dulce que había probado. Se sentaron en un banco, Silvia nerviosa, sin saber que hacer, la niña sonriente, había escapado del mundo infernal. Silvia la miraba sonreír, aquella era la niña que le había robado la infancia. La miró con una mueca de dolor y de rabia, y vio a dos policías acercarse a ella. Corrió, aun con la niña de la mano. Se tiraron delante del tren, todo por culpa del cielo naranja.

DE MAYOR QUERÍA SER ESCRITORA

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De mayor quería ser escritora. No habían medias tintas ni otras vocaciones. Si alguien me preguntaba, no existían respuestas ambiguas. Mi tiempo libre lo dedicaba a rellenar páginas con historias como la del forense asesino que mataba porque estaba falto de trabajo, o la del niño que observaba al anciano del parque y acababa convirtiéndose en él. Me nutría de las lecturas más desordenadas y disparatadas para mi edad que uno podría concebir, desde Gloria Fuertes a Herman Hesse, no desaprovechaba ninguna oportunidad de leer algo que me inspirase. Hasta que escribí mi obra cumbre, la que me hizo saber que mi destino no podía ser otro: “Mañana de un sábado importado”, un relato largo de ciencia ficción en el que un país coloniza a otro gracias a mañanas relucientes, policromadas, felices, cuando ellos pierden las suyas en un desajuste temporal al cambiar del año 1999 al 2000. Esto lo escribí en el 97. En ese momento, y viendo los resultados y el revuelo familiar que causó mi relato lleno de referencias a diversos libros y acontecimientos históricos que había ido aprendiendo a lo largo de los años, supe que lo de escribir era, sin duda, una vocación fascinante. Mi principal preocupación, ciertamente, era la falta de inspiración, esas tardes lluviosas en las que no encontraba un tema sobre el que escribir o el tema era banal o infantil y no alcanzaba mis expectativas literarias. Vivía en un mundo tan propio que jamás existieron dudas. Nunca me planteé la posibilidad de “no lograrlo” o de que existiesen dificultades, solo temía mis propios bloqueos. Cuando los tenía escribía horribles poemas sobre la nada, textos ignominiosos sobre estar sentado delante de una página en blanco. Y lo peor quizás es que hasta el día de hoy sigo siendo esa niña para la que la literatura es una cuestión de saber escribir o no saber escribir, de poder hacerlo o no hacerlo, de enfrentarte al dolor de no saber qué narrar hoy, como me ocurre en este momento, en el que lo más duro, es que me parece que todas las historias que tengo ya han sido contadas.

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