cuando cuentas algo a alguien...

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AJEDREZ

pool

Elisa salió a la piscina, quedaban un par de turistas despistados buscando el sol en una esquina. En uno de los bancos de cemento desnudo había una niña jugando sola al ajedrez, contra un invisible contrincante. Se metió en el agua y se dedicó a observarla. Le recordaba a ella misma, con un bañador pasado de moda y el pelo corto y liso sobre la frente. Caía la tarde y el chico que recogía las hamacas estaba atareado haciendo una montaña que a Elisa le recordaba a los cientos de colchones del cuento del guisante y la princesa. Cuando no quedó más que la niña del ajedrez, Elisa se acercó a ella, empapada y enrollada en una toalla y se colocó en el lado de las blancas. La niña, con unos enormes ojos azules, la miró y sonrió. «Jaque mate». Ya había perdido la partida antes de meterse en el agua.

EL CIEGO QUE AMABA EL CINE MUDO

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Cada tarde, cuando enmudecían los eucaliptos, pasaba por la calle hacia el Cine Club con su bastón. Cogido de la mano del lazarillo. El viejo ciego caminaba con trote firme, sin dudar, pisando las hojas en otoño si hacía falta, sorteando la lluvia en el asfalto en invierno y la calzada caliente del verano. Cada tarde iba al Cine Club, compraba la entrada y se sentaba junto a su lazarillo. Era un viejo cine detrás de la Sainz de Baranda, donde solo ponían películas mudas, y él, como si todo fuese con él, se sentaba frente a la pantalla, en la segunda fila y (no) veía obras maestras de Murnau, Chaplin o Eisenstein mientras escuchaba el piano de fondo. Solo le alcanzaban los sentidos para embelesarse con el perfume de la pianista, que ya, sin duda, había alcanzado su misma edad.

SOLÍAN DECIRSE

amor

Solían decirse que la vida era tan solo aquello. Una camiseta sobre un neón de Budweiser. Una cama que rozaba el suelo. Una terraza con césped artificial. Una ventana que daba a los anocheceres. Una canción de Saïan Supa Crew. Un palo de golf tirado sobre la cesta de la ropa sucia. Un equipo de música roto. Una puerta sin cerradura. Una botella de dos litros de Coca-Cola. Una tubería que gemía.

“Estábamos destinados a ese momento”, se dijeron con la seguridad de unos desconocidos.

Solían decirse que la vida era tan solo aquello. La chaqueta enredada con el pantalón en una esquina que huele a suavizante que aún compra tu madre. La mano sobre la mano mientras entra un rayo de luz y parece que ahora son cuatro manos. La cabeza rapada enredada con su pelo largo entre las sábanas que saben a verano. Un tatuaje de un buddha descolorido que repasas con los dedos para saber si se puede borrar del todo. Una pregunta incómoda que no tiene demasiada importancia. Tu padre que abre la puerta y unas risas incontrolables. Besarse sentados sobre un cubo de basura en medio de la calle.

“Si eres el hombre de mi vida no habrá nada que nos separe”, se dijeron antes que ella se fuera a vivir a otra ciudad.

Solían no decirse mucho. Cuando salían de la ducha juntos se encendían un Swing y veían al repartidor traer los periódicos. Él hacía que jugaba al golf tirando bolas de papel a la calle. Nunca acertaba. Ella quería un beso más mientras se acostaba y mojaba ya del todo las sábanas. Él le decía que podían hacerse ricos algún día. Ella que no quería hacerse rica sino estar con él.

“Si eres la mujer de mi vida, no importa si acabo en una cárcel en medio de la selva”, le dijo él antes de marcharse a América.

Durante dos años no supieron nada el uno de la otra. Se encontraron en medio de una calle un martes de febrero. Nada había cambiado.

Solían recordar cómo se conocieron. Él recordaba que la invitó a una bebida. Ella que le habló en francés. Él que le ganó la partida de dardos. Ella que fue al contrario. Los dos que se encontraron en medio de la multitud el día del dieciocho cumpleaños de él. El día del quince cumpleaños de ella. Acabaron en una piscina. Se besaron por primera vez en una hamaca deshilachada. Hundidos casi hasta el suelo, cubiertos por la misma toalla. El teléfono sonando. Ignorando si el mundo tenía algo que decirles.

“Si somos el uno para el otro, no importa que ames a alguien más”, se dijeron antes de tener a otros a su lado.

Solían olvidar el resto. Si alguien quiso explicarles si cómo funcionaba el amor, lo dieron por sentado. Nunca fueron pareja. Cada uno tuvo la suya. Cada uno recorrió el mundo por su cuenta. Se hicieron pobres a la misma vez. Crecieron juntos. Aprendieron juntos a hacer el amor. Conocieron sus cuerpos, sus lunares y sus defectos en una silenciosa cartografía. Hubo muchas camisetas que cubrieron luces diferentes en diferentes ciudades. Todas los esperaron. Hubo muchos símbolos tatuados en los cuerpos de los dos que no significaron nada para ellos dos. Solían decirse que la vida era solo aquello. Una ventana que daba a los anocheceres.

“Si eres la persona de mi vida te encontraré hasta en medio de la tierra”

Y siempre se encontraron.

EL ABISMO DE LA LOCURA

diegomille

Se sentó a la mesa de la esquina junto a él, ofreciéndole un brebaje mque sabía a rayos. Él aceptó, sin saber que aquello sellaría un pacto de por vida con la loca de Cohen, que no tendría ninguna misericordia con él, que se lo llevaría lejos, a vivir a un pueblo de pescadores envuelto por la calima del desierto. Bebió el líquido de un trago, sonrió y continuó el juego como si no fuese más que una chiquillada. Los demás, los otros, estaban repartidos en las mesas circundantes, en sus vidas circundantes, llenas de cine, de libros, de música, de estertores de desidia en bacanales malogrados por las noches de viernes ajenos a la locura de verdad, la que se aleja de tópicos sobre que estar loco es estar más cuerdo que el resto y saber demasiado sobre la realidad; sino esa locura que te arrastra hacia el abismo hasta que éste te mira a los ojos, que diría Nietzche. Y él se vio reflejado en los profundos ojos negros que contenían la sabiduría de una diosa egipcia que una vez derramó su sangre sobre la arena que llegó a posarse sobre las aguas del Nilo y descubrió que aquello la convertiría en inmortal: Esa clase de locura. Él sonrió, estaba perdidamente enamorado. Ella sonrió también, supo que quedaba poco para llevárselo para siempre.

Pocos meses después, los viernes por la noche no quedarían testigos hablando banalidades en las mesas de al lado. Solo ciénagas, montañas, desiertos, calima y la locura. Los ojos que ven el abismo y un amor certero y demasiado intenso para ser calmado por la ebriedad.

Imagen: Diego Mille Notario

HANEKE EN COSTA DEL SILENCIO

haneke

Michael Haneke, el conocido director de Funny Games o La Pianista, es un asiduo veraneante de Costa del Silencio. Cada año se pasea por La Terraza junto a su mujer y comen a la misma hora tagliatelis al aglio, y luego los puedes ver recorrer los jueves el mercadillo de la urbanización Coral Mar. Al principio no estaba segura de que fuese él, pero un día nos intercambiamos unas miradas delatoras. Yo, de asombro y admiración, y él rindiéndome evidencia, asintió.

A nuestra hora del café, allí estaba la pareja Haneke, hablando en francés y comiendo con sus copas de vino blanco en la mesa de la esquina, y siempre nuestro intercambio de miradas. En persona, Haneke es mucho más amable y menos seco de lo que parece por televisión o en fotografía, mucho mas asequible y humano, nada que ver con esa imagen distante que uno puede percibir.

En el mes de julio, Costa es un bullicio de gente disfrutando del entorno privilegiado de la Montaña Amarilla y alrededores, y sobre todo, de los conciertos del Matinal y el Barbaridad. Y fue justo allí donde fui aquella noche a ver un espectáculo de flamenco. Fue justo después de la cena. Yo estaba con amigos y vecinos, el bar estaba repleto, en nuestro barrio el flamenco, y en especial este grupo de fusión tiene mucho éxito. Así que, yo era de las pocas que estaba en la terraza por mi condición de fumadora, junto a otros dos amigos.

Llevaba allí un rato cuando aparecieron los Haneke y se sentaron en la mesa de al lado. Michael me sonrió y me saludó con la mano. La verdad es que sentirte tan cerca de tu ídolo cinematográfico no es fácil, pero siempre he preferido la discreción. Lo saludé de vuelta y seguí charlando con mis amigos observándolo de reojo. Al cabo de un rato me olvidé de que estaba allí.

Entré a por una copa, y entre la gente que animaba a la bailaora, estaba él, como uno más, haciendo sus pasos de flamenco, en medio de la multitud, como si fuese parte de nosotros. Él, que fue capaz de retratar en La Cinta Blanca lo más duro de la sociedad germana de la pre guerra, parecía haber olvidado toda esa crueldad y horror humano que es capaz de relatarnos y darse cuenta de que en lugares recónditos del mundo, sigue habiendo personas que solo piensan en la felicidad.

ROMULUS COBALSKY

silence
Hace tres años vivía en mi barrio un famoso retratista al óleo. Se llamaba Romulus Cobalsky. Era irlandés de origen checo, pero él negaba su ascendencia paterna y se hacía llamar Rommy. Solo firmaba sus pinturas con su nombre original porque decía quedaba mucho más postinero. Rommy era el retratista más conocido, a pesar de la amplia competencia abundante en las diez urbanizaciones de Costa del Silencio, casi todas las familias lo llamaban a él para encargarle sus retratos familiares navideños y veraniegos. Rommy tenía la casa más amplia de todo el barrio.

Él era un hombre tranquilo, empedernido fumador, liaba su tabaco americano perfumado con delicadeza y solía tomar una jarra de cerveza al caer la tarde, cuando se dedicaba a su verdadera pasión: pintar anocheceres. Su ídolo era Van Gogh, decía que sus trazos gruesos eran el hálito de vida que todo artista debería poder comprender para poder asimilar la vida en su plena extensión.

Un día, Rommy bebió más cerveza de la cuenta. Un afamado fotógrafo había montado una tienda de lomografía en Costa y todos los vecinos se habían vuelto locos con la nueva moda. Ahora, ya nadie quería retratos al óleo. Dicen que contó que iba a perder la casa si las cosas seguían así.

Se levantó, y en medio de la discusión con Giordano, el dueño del bar, sacó una navaja y se cortó la oreja, de un tajo, dijo que lo hacía en honor a Van Gogh, que allí en Costa nadie iba nunca a apreciar de verdad su talento y sus anocheceres. Y justo anocheció, y él, a pesar de la hemorragia, se negó a ir al Centro Médico Verde, y quiso pintar su último cuadro, que poco después se vendió en un restaurante cercano por la estimable cantidad de quinientos euros.

Cada año los vecinos nos reunimos a recordar a Romulus, el día de su fallecimiento, al caer la noche, nos tomamos unas cervezas y escuchamos Vincent, de Don McLean. Seguro que él lo hubiese apreciado.

HIPERESTESIA

girasol

Esta vecina mía sufría alegremente hiperestesia. Todos sus sentidos desproporcionados le daban una concepción profunda y dilatada de sí misma y su existencia. Leía libros de letra muy chica. La realidad le parecía fascinante pero también una suerte de caleidoscópica pintura hecha por un tipo puesto de setas mexicanas.
Tomaba el café conmigo por las mañanas. Poca azúcar, menos cafeína. Las distancias no eran su especialidad, las confundía, todo parecía estar demasiado lejos, eran tan grandes las cosas chiquiticas. Mi vecina se ahogó en un lindo charco azul. Pensó que era el mar. Y que nadaba con delfines que en realidad eran minúsculos peces que habían salido de una cloaca cercana.
Echo de menos nuestro café y las conversaciones sobre las plantas gigantes de nuestro vecindario. Ella las llamaba girasoles, a esas minúsculas margaritas.

ALIMENTOS DEL AGNÓSTICO

cavernaplaton

Me he quitado la pierna de sulfuro y la he tirado por la pared para que la viese mi alambre alimentado por una portezuela vacía. Soy una rota y neurótica estratagema del futuro. No he comido (casi) nunca. Lo poco que probé a gárgaras lo vomité en el bar engominado para saber qué era la libertad. Las jóvenes malditas siempre quisimos un lago que supiese a culpa, pero nos dijeron que estaban prohibidos en la caverna de Platón cuando nos pegaban por llevar el pelo violentado.

Ahora, solo pienso en tu poseída lengua de cuero. Mátame y luego límpiame con tu lengüita de cuero incandescente. Eres el bastardo de la luz de un bar de putas. Yo, una putrefacta nostálgica con patrones exigentes. Las sirenas del buzón no tienen cola sino una extensión de mi miserable nariz de pato.

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