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LA LUCHA

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Cuando te tumba la locura
Como el tiempo golpea al nómada;
Tiembla, tiembla precisamente entonces.
Tiembla porque la locura es un vicio
Tan eficaz
Que compra a precio de reserva
La mancha matemática
Del aceite en el agua;
La luz
De una cuadra perdida
Donde ese caballo relincha
Cuando repican las campanas.
Lo compra todo.

Cuando te tumba la locura
a ti, que ya conoces
la línea precisa
Que separa el negro y el blanco
En un tablero de damas.

Entonces corre, corre y tiembla.
Tu sangre espesa como la de un peón
Como una voz
Tú la haces retumbar
Entre estos cuartos
de cal
y de indecencia
“Ven, acércate a escuchar conmigo
Al vertedero de elefantes rojos”.
Y vas, deprisa, con el ansia
De revelar si existen. Y los ves.
¿Los ves?
Tan claros como los caballos,
Y la máscara de luciérnagas
Que te despiertan cada madrugada.

Tiembla, mujer nerviosa
en el cuarto de los alumbramientos,
porque el profeta fuma aquí contigo
y, a pesar de ello,
no te ilumina en absoluto.
Cuerdos del mundo,
no os mereceis ni tener un reloj
que os indique la hora.
Teneis sin duda el exterior,
Podeis ver como corren,
friegan y barren,
cosen y siembran
y enloquecen los hombres de la calle.

El día, la noche están tan claros
que no tenéis más que una duda:
si sois la risa de vuestro hijo
o el llanto de una madre.

Tiembla. Sí, eso ha sido una sacudida
Y un profeta llorando porque miente.
Coge de la mano al laurel
y que de tus heridas broten ramas.
Mañana, al alba,
Mañana repicarán las campanas.
Los locos serán ellos
agarrados a las iglesias,
preguntándose por las líneas
inciertas que separan las casillas.
Y tú, dominarás la tierra,
Con tu temblor.

No tendrás que disimular más
que eres tú la elegida.

LA LUCHA

Uffizi_Florence_Wrestlers_1
Cuando te tumba la locura
Como el tiempo golpea al nómada
Tiembla, tiembla precisamente entonces
Tiembla porque la locura es un vicio
Tan eficaz
Que compra a precio de reserva
La mancha matemática
Del aceite en el agua,
La luz
De una cuadra perdida
Donde ese caballo relincha
Cuando repican las campanas
Y la hierba
podrida que come el poeta
después de comerse su voz.
Lo compra todo.

Cuando te tumba la locura
a ti, mujer, que ya conoces
la línea precisa
Que separa el negro y el blanco
En un tablero de damas.

Entonces corre, corre y tiembla
Tu sangre es bien espesa
Como la de un peón
Sabes muy bien
Que Jesucristo
Solo lo dijo con la voz más alta
Y en el lugar preciso
Tú lo haces retumbar
Entre estos cuartos
de cal
y de indecencia
“Ven, acércate a escuchar conmigo
Al vertedero de elefantes rojos”
Y vas, deprisa,
vas con evidente ansia
De revelar si existen. Y los ves.
¿Los ves?
Tan claros como los caballos
Y la máscara de luciérnagas
Que te despiertan cada madrugada.

Tiembla mujer
bajo tus mantas de lejía
Pero ahora la cordura te avisa.
A las siete y cincuenta y cuatro
cada mañana.
Te agarra
como la mano
que solicita el brazo
y luego el cuerpo y luego la ciudad
y de esa forma, la realidad
o aquello que consideramos
que es la realidad.

Parpadeas. Un camión en Laponia
recoge el cuerpo de una rata.
Tú, no solo lo sabes.
Sino que también eres,
ese cadáver sin olor.
Tú mujer-loca-rata, sabes a hielo.
Das unos pasos y se cumple la hora.
¡Escucha!
El relinchar y las campanas
son ahora tan bellas
como tu cuerpo.
Espera.
A las ocho recogen tu otro cuerpo.
Lo entierran.
El velatorio va a tener lugar
en las casillas blancas:
¿Crees que cabrán los peones?
¡Viva la rata sin perfume!
Suenan las campanadas y de nuevo,
el hombre sirve sopa
y te tiende la mano.
No puedes coger la cuchara.
Tiemblas. Sigues siendo una rata.

Tiembla, mujer nerviosa
en el cuarto de los alumbramientos
porque el profeta fuma aquí contigo
y a pesar de ello
no te ilumina en absoluto.
“¡Bah, cuerdos, vosotros, del mundo,
no os merecéis ni tener un reloj
que os indique la clemencia!”
Tenéis sin duda el exterior.
Podéis ver como corren,
friegan y barren,
cosen y siembran
y enloquecen los hombres de la calle.
El día, la noche están tan claros
que no tenéis más que una duda
y vuestra duda,
vuestra duda es si sois
la risa de vuestra puta
o el llanto
de la meretriz.

Tiembla. Sí, eso ha sido una sacudida.
Y un profeta llorando porque miente.
Coge de la mano al laurel
y que de tus heridas broten ramas.
Mañana, al alba.
Mañana repicarán las sombras.
Los locos serán ellos
agarrados a las iglesias
preguntándose por las líneas
inciertas que separan las casillas.
Y tú, dominarás la tierra.
Con tu temblor.
No tendrás que disimular más
que eres tú la renacida.

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