cuando cuentas algo a alguien...

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SEÑÁLAME

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Mi abuela
Entre agujeros
Entre amasijos de agujeros
Hace frío y me recita un verso
Frío, frío, y está muy lejos de quererme
Hace tiempo que no puedo enternecer a nadie
Hace mucho que la vida no es más que un soplido
Ven ratón a darme un lengüetazo lleno de suturas y candidez
Me señala el lugar donde se frota con saña mi memoria
Donde abuela se fue a la esquina del cielo a fregar
Platos tan rebosantes de grasa cósmica
Platos tan sucios y llenos de restos
Que he decidido contemplar
A los miserables ríos
Cadavéricos
Como yo

LA CALLE DEL 8 Y MEDIO

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No pienso ponerme a ver María Antonieta de Sofia Coppola otra vez para escribir este parrafito; pero un día en un viaje a Madrid, mientras estaba sentada con Sheila tomando un café en el Corte Inglés (cuando aún se podía fumar en la gran terraza de la última planta, con esas vistas de La Almudena y el Palacio Real desde la esquina de Gran Vía y Callao), le comenté si recordaba una secuencia de la película, una de las primeras: Kirsten Dunst está a punto de entrar en Francia cuando paran el carruaje en el que va, y la meten dentro de una caseta improvisada con aspecto de hacer un frío que pela, y le dicen algo así como: «Ahora vas a entrar en nuestro gran país, tienes que despojarte de todas tus pertenencias y dejarlas en la frontera». Ella se desnuda y le quitan, además, todas sus prendas y valijas, a su perrito y a su doncella; y la pobre Kirsten, con sus dientes perfectamente imperfectos, se queda allí con tal cara de pena que me dan ganas de llorar pensando en ella, en la verdadera María Antonieta, y en mí contándole a mi amiga que así es como me sentía yo en Barcelona, atrapada y desconcertada. Los gatos de mi novio no eran mi gata, los conocidos no eran mis amigos y me sentía encerrada en un palacio lleno de cosas extrañas y condenada a una existencia tan vacía como la de la futura reina gala.

Creo que pocas veces he estado tan triste, pero ¡qué demonios!, la madre de Sheila había muerto hacía unos meses, ni siquiera tenía derecho a sentirme así, supongo que quería consolarla haciéndole saber que mi vida también era decepcionante. Si es que estar encerrada en una ciudad con un cielo naranja y sin amigos, o vivir en un mundo donde tu madre ya no existe, quepa en un adjetivo tan vago como decepcionante. Salimos de allí y nos dirigimos caminando hacia la calle del 8 y medio. Ni la calle se llama así ni mucho menos; es el sobrenombre de ese lugar recóndito, pero conocidísimo, donde está la librería 8 y Medio y los cines Renoir, creo, o uno de esos Ideal de los del círculo polar de cines en v.o.s. de la Plaza de Cubos y alrededores. Había bares nuevos llenos de diversos elementos hypsters de la recién llegada manada de cervatillos prisioneros del séptimo arte, solo que éstos no habían crecido con Garci ni con su «Puro humo», y quedaba poco para la maldita ley que cambió mi vida y mi forma de ver y oler a los demás, sobre todo darme cuenta de que el tabaco disimula bastante bien el terrible aroma de algunos. Pronto llegó Laura, con su bellísimo rostro de inocencia que espero aún conserve; aunque temo que la inocencia ya la habíamos perdido hacía algún tiempo, y poco quedaba de aquellas tres hippies de instituto que pensaban que en segundo de carrera sus vidas estarían encaminadas, al menos, hacia alguna parte. Entramos en uno de esos nuevos locales, ellas pidieron otro café y yo un cóctel. Necesitaba alcohol, amigas y tabaco, todo eso que no tomaba en Barcelona porque el hastío, la pereza y el maldito cielo naranja no me dejaban. Y las tres, que nos leíamos las caras y las almas más deprisa que yo El guardián entre el centeno cuando estoy triste, por primera vez no sabíamos qué decir. Laura traía el pelo mojado de lluvia sin paraguas y un folleto del cine con las películas que podíamos ver. En una de éstas, que Sheila fue al servicio, comentamos que lo mejor sería elegir alguna comedia para que se distrajese un poco; pero ese día la cartelera parecía haber sido tomada por un obseso de Houellebecq y llevada al colapso de la desolación humana. Sólo una sinopsis destacaba entre las demás por ser menos dramática: un tipo amable, simpático con todo el mundo, estalla un día en cólera y trae de cabeza a sus conocidos y familia. Parecía una versión cómica y francesa, seguro poco graciosa y algo simplona, de Un día de furia. Tal vez floja, pero suficiente para cumplir con el objetivo. Las tres, en esos momentos, vivíamos en un triángulo de las Bermudas dibujado entre Gijón, Barcelona y Madrid, que nos separaba de los tradicionales desayunos copiosos en el bar de al lado de mi nuevo (ahora viejo) piso, y de la calle del 8 y medio, domingo sí y domingo también. Ahora era tiempo de muertes, ciudades de cielos no azules, y trabajos de siete de la mañana hasta que el cuerpo aguante. La era post-universitaria en crisis, la desazón, el comienzo de lo indeciblemente rastrera que es la vida cuando tus padres no te mecen en sus brazos cada vez que tienes gripe. Qué asco de adultez precoz, de eso que los demás te dicen que le pasa a todo el mundo, que no te sientas especial, que qué te crees pensando que eres el único, y te dan ganas de mandar al carajo a todo el mundo y con todas las de la ley, porque la juventud y la universidad no te enseñan que la vida no son vacaciones en Praga y saltarte clases, ni siquiera que no es solamente tener pequeños problemas en febrero y junio y derramar lágrimas por cosas que ahora, vistas solamente, y quiero destacar el solamente, de forma retrospectiva, son una soberana gilipollez. Y todo ello debe ser vivido como tal, para que luego te des el gran bofetón que te mereces por haber sido tan feliz y haber comido perdices sin saber a qué demonios saben esas aves que solo existen por escrito. Y de pronto, entre un sorbo y una calada, recordé lo del nostálgico yogur. La historia es que yo estaba la mar de borracha un día cualquiera en esa misma calle unos dos años antes de que todo este cúmulo de fatalidades nos separasen, cuando bajé la vista hacia el suelo no sé por qué, y lo que vi al subirla fue a Laura arrancar un yogur de la rama de un árbol, como si fuese una fruta; y como si hubiese sido coreografiado, justo en ese momento un señor pasó con la compra y yo le quité el yogur desnatado sabor coco a Laura de las manos, y lo metí en una de las bolsas sin que él siquiera se diese cuenta de lo sucedido. Luego inventé toda una historia de camino al cine para ver Elephant, de Gus Van Sant, acerca de cómo, al llegar a casa, la esposa del hombre, ofendidísima porque su marido le había comprado un yogur desnatado (lo que era una indirecta para llamarla gorda) se divorciaría y la culpa sería mía. Laura me juró y perjuró que el yogur no había salido del árbol; pero yo quise convencerme de que la historia había sucedido así, es más, se lo conté al taxista al volver a casa. «Alba, que me robaste el almuerzo del día siguiente, yo lo había sacado del bolso», me repitió durante meses. Me daba igual, para mí aquel siempre fue el árbol donde crecían yogures y, cada vez que pasaba por la calle del ocho y medio en primavera, lo miraba para comprobar si ya estaba yogurciendo, y si colgarían de sus ramas preciosos Vitalíneas sabor coco con sus tapitas y sus fechas de caducidad bien lejanas. Nunca ocurrió, y no sé si el hombre y su esposa se seguirán preguntando lo del yogur súbito; pero lo pasábamos bien con aquellas tonterías cuando eran presente pluscuamperfectísimo. Lo que si sé es que el día en cuestión, en ese triste presente, la película francesa resultó no ser una comedia, y en realidad trataba sobre un hombre que decide despegarse emocionalmente de sus conocidos porque tiene cáncer terminal y Sheila se dio cuenta en el minuto cinco, Laura y yo en el diez, y en el veinte, tras un motón de silenciosas lágrimas en la oscuridad, Shey salió de la sala a fumar un cigarro; aunque ella ya no fumaba desde hacía tiempo. De cualquier forma, creo que la ocasión lo merecía. Nos contó cómo su madre hizo lo mismo, y yo intenté no escuchar porque quería con locura a Elvira, la madre de Shey, y para mí su familia es como la familia que siempre quieres tener, aparte y a pesar, o como quieran ustedes entenderlo, de lo mucho que adores a la tuya. Elvira se había marchado, con su sonrisa, su receta de fabes, su acento precioso, su pelo liso y castaño y su figura de bailarina; y ahora Sheila era menos Sheila y más Elvira, pero menos alegría y mucha más edad. Y como siempre me ocurre en estas terribles situaciones, llovía a mares, y mi novio me llamó mientras estábamos a la intemperie, sentadas en unas escalerillas de la parte de atrás del cine, para pelearnos por alguna de sus tonterías que terminaban en un «esta vez no me vuelvo a casa, esta vez se acabó, esta vez sí que sí» por mi parte. Y colgué el teléfono llorando no sólo por la discusión, sino también por Elvira y por haber dejado Madrid. Laura también lloraba, despacito y sigilosamente, como llora ella, creo que por su cansancio físico, por su dolor físico y mental, por Shey, por tener que vivir en nuestra ciudad ella sola y por todo un poco. Todas echábamos de menos a Elvira y queríamos volver a cuarto de carrera, quizás al día en el que fuimos a la calle del 8 y medio recién levantadas, sin peinarnos ni nada, y no nos quisieron dejar entrar en el finísimo restaurante francés de fondues, y gracias a eso descubrimos nuestra adorada Taberna de Liria donde al dueño no le importaron nuestras pintas. Una lejana tarde noche de otoño, cuando estaba en primero de universidad, fui a una proyección de Vértigo a un club de cine cerca del pirulí y Eduardo Torres-Dulce me dijo: «Hitchcock siempre nos regala el paraíso después de haberlo perdido». Nunca se me ha olvidado esta frase, aunque sepa que no es exacta. En aquel momento recordé cuando lo veía con Garci de pequeña, y quería sentarme con ellos y fumar cigarrillos como una loca, y hablar de Metrópolis. Ahora quería dar marcha atrás, solo un poco, porque me di cuenta por fin de que nuestro paraíso, nuestros paraísos, desde Camden Town hasta la calle del 8 y medio, se habían perdido, y aunque siempre nos quedara el yogur, la acera empedrada, los recuerdos tristes y un rincón donde casi siempre se ponen las nubes, ya estábamos en la frontera donde María Antonieta tuvo que abandonarse por completo para entrar en Francia.

EL ABISMO DE LA LOCURA

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Se sentó a la mesa de la esquina junto a él, ofreciéndole un brebaje mque sabía a rayos. Él aceptó, sin saber que aquello sellaría un pacto de por vida con la loca de Cohen, que no tendría ninguna misericordia con él, que se lo llevaría lejos, a vivir a un pueblo de pescadores envuelto por la calima del desierto. Bebió el líquido de un trago, sonrió y continuó el juego como si no fuese más que una chiquillada. Los demás, los otros, estaban repartidos en las mesas circundantes, en sus vidas circundantes, llenas de cine, de libros, de música, de estertores de desidia en bacanales malogrados por las noches de viernes ajenos a la locura de verdad, la que se aleja de tópicos sobre que estar loco es estar más cuerdo que el resto y saber demasiado sobre la realidad; sino esa locura que te arrastra hacia el abismo hasta que éste te mira a los ojos, que diría Nietzche. Y él se vio reflejado en los profundos ojos negros que contenían la sabiduría de una diosa egipcia que una vez derramó su sangre sobre la arena que llegó a posarse sobre las aguas del Nilo y descubrió que aquello la convertiría en inmortal: Esa clase de locura. Él sonrió, estaba perdidamente enamorado. Ella sonrió también, supo que quedaba poco para llevárselo para siempre.

Pocos meses después, los viernes por la noche no quedarían testigos hablando banalidades en las mesas de al lado. Solo ciénagas, montañas, desiertos, calima y la locura. Los ojos que ven el abismo y un amor certero y demasiado intenso para ser calmado por la ebriedad.

Imagen: Diego Mille Notario

ALIMENTOS DEL AGNÓSTICO

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Me he quitado la pierna de sulfuro y la he tirado por la pared para que la viese mi alambre alimentado por una portezuela vacía. Soy una rota y neurótica estratagema del futuro. No he comido (casi) nunca. Lo poco que probé a gárgaras lo vomité en el bar engominado para saber qué era la libertad. Las jóvenes malditas siempre quisimos un lago que supiese a culpa, pero nos dijeron que estaban prohibidos en la caverna de Platón cuando nos pegaban por llevar el pelo violentado.

Ahora, solo pienso en tu poseída lengua de cuero. Mátame y luego límpiame con tu lengüita de cuero incandescente. Eres el bastardo de la luz de un bar de putas. Yo, una putrefacta nostálgica con patrones exigentes. Las sirenas del buzón no tienen cola sino una extensión de mi miserable nariz de pato.

ANTIFAZ DE CANÍBALES

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Ya revelado el antifaz
aparece
la locura
manipulada,
precoz,
que no es tuya
pero se le parece.

Se hará tuya
solo
si la tocas con la sien.

Entretanto los mentirosos
van andando como cobayas
consternadas
por otros locos
que han caído
en el resquicio
y disimulan bien
el esquinamiento
de los hombres verdaderos.

Acechadnos
desde cavernas estrechas:
seres desquiciados,
que descendéis
por las torres caídas
buscando un seco oleaje.

Llegó el momento de aterrizar
en las sombras minúsculas
que colmaron las acequias
y han concebido que estos
estrechos
comedores de hologramas
estén repletos de alimentos
para que despierten
solo los vagabundos
y sirvan de pasto
a todos los caníbales.

LA LUCHA

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Cuando te tumba la locura
Como el tiempo golpea al nómada
Tiembla, tiembla precisamente entonces
Tiembla porque la locura es un vicio
Tan eficaz
Que compra a precio de reserva
La mancha matemática
Del aceite en el agua,
La luz
De una cuadra perdida
Donde ese caballo relincha
Cuando repican las campanas
Y la hierba
podrida que come el poeta
después de comerse su voz.
Lo compra todo.

Cuando te tumba la locura
a ti, mujer, que ya conoces
la línea precisa
Que separa el negro y el blanco
En un tablero de damas.

Entonces corre, corre y tiembla
Tu sangre es bien espesa
Como la de un peón
Sabes muy bien
Que Jesucristo
Solo lo dijo con la voz más alta
Y en el lugar preciso
Tú lo haces retumbar
Entre estos cuartos
de cal
y de indecencia
“Ven, acércate a escuchar conmigo
Al vertedero de elefantes rojos”
Y vas, deprisa,
vas con evidente ansia
De revelar si existen. Y los ves.
¿Los ves?
Tan claros como los caballos
Y la máscara de luciérnagas
Que te despiertan cada madrugada.

Tiembla mujer
bajo tus mantas de lejía
Pero ahora la cordura te avisa.
A las siete y cincuenta y cuatro
cada mañana.
Te agarra
como la mano
que solicita el brazo
y luego el cuerpo y luego la ciudad
y de esa forma, la realidad
o aquello que consideramos
que es la realidad.

Parpadeas. Un camión en Laponia
recoge el cuerpo de una rata.
Tú, no solo lo sabes.
Sino que también eres,
ese cadáver sin olor.
Tú mujer-loca-rata, sabes a hielo.
Das unos pasos y se cumple la hora.
¡Escucha!
El relinchar y las campanas
son ahora tan bellas
como tu cuerpo.
Espera.
A las ocho recogen tu otro cuerpo.
Lo entierran.
El velatorio va a tener lugar
en las casillas blancas:
¿Crees que cabrán los peones?
¡Viva la rata sin perfume!
Suenan las campanadas y de nuevo,
el hombre sirve sopa
y te tiende la mano.
No puedes coger la cuchara.
Tiemblas. Sigues siendo una rata.

Tiembla, mujer nerviosa
en el cuarto de los alumbramientos
porque el profeta fuma aquí contigo
y a pesar de ello
no te ilumina en absoluto.
“¡Bah, cuerdos, vosotros, del mundo,
no os merecéis ni tener un reloj
que os indique la clemencia!”
Tenéis sin duda el exterior.
Podéis ver como corren,
friegan y barren,
cosen y siembran
y enloquecen los hombres de la calle.
El día, la noche están tan claros
que no tenéis más que una duda
y vuestra duda,
vuestra duda es si sois
la risa de vuestra puta
o el llanto
de la meretriz.

Tiembla. Sí, eso ha sido una sacudida.
Y un profeta llorando porque miente.
Coge de la mano al laurel
y que de tus heridas broten ramas.
Mañana, al alba.
Mañana repicarán las sombras.
Los locos serán ellos
agarrados a las iglesias
preguntándose por las líneas
inciertas que separan las casillas.
Y tú, dominarás la tierra.
Con tu temblor.
No tendrás que disimular más
que eres tú la renacida.

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