cuando cuentas algo a alguien...

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PESADILLAS

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Casi cada noche sufro pesadillas en las que estoy siempre cerca del mar y debo adentrarme en pasadizos que me llevan a lugares próximos al centro de la tierra. A veces son oficinas, a veces tumbas, a veces restaurantes. Están siempre llenos de arena y de restos humanos, y habitadas por personas que creen tenerlo todo y por ello el derecho de poseerme a mí también. Me acompañan siempre esos amigos que ya no existen en mi vida y en los que nunca pienso cuando estoy despierta, sobre todo quienes son aún muy importantes para mí y mi mente ha tratado de solapar con desmemoria. Me pregunto por qué ya no quieren formar parte de mi vida y muchas veces no logro una respuesta. El caso, así de simple, es que ya no están. Esas grutas arenosas están pobladas por perros gigantescos que trotan y ladran a lo lejos y al acercarse siguen manteniendo sus grotescas dimensiones y sus lenguas recorren mi cuerpo dejándolo lleno de una pegajosa saliva que luego no puedo quitarme con agua porque ésta es inexistente. La busco y la busco en cualquier recoveco, pero mi búsqueda resulta inútil y acabo atrapada en secarrales inhóspitos donde me persiguen asesinos que intentan esconder cadáveres cavando agujeros y tapándolos con hormigón. Al final, acabo asistiendo a un entierro de alguien muy querido, llorando su ausencia y sintiendo que el mundo se acaba para mí, preguntándome si es un sueño y convencida de que no lo es, despertándome entre estertores, gritos y lágrimas. A veces la gente me pregunta por qué no me gusta dormir si es el mayor placer del mundo. Pero yo siempre recuerdo mis sueños y además los siento reales, perennes en mi cerebro como si fuesen parte de mi vida. Así que no, no me gusta dormir.

INSOMNIO

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El insomnio pesa // vuelve la mirada recia // restaurar a los guías // convertir las quietudes // gobernar la noche // olvidar al personaje // concebir la frialdad // estudiar lo inquebrantable // la luna se instala en mi memoria // sobornar a la muerte // trepar por la persiana // escuchar a tu sien // sigue la danza moribunda // estúpida obsesión // miedo a cerrar los párpados // querer olvidar la vida ya // la depresión es la quimera // sueña con poesía // escribir a mil manos // duerme niño // gozarás lo salvaje // quedan mil lunas que vierten vísceras // sabor a pesadumbre // no quedan ya golpes contra el muro del colchón.

NOCHE EN VELA (Y DESCONCIERTO)

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El ruido de los árboles contra la persiana es insoportable. Quinientos minutos para que los demás despierten y escucha el tic-tac del reloj cada vez más y más fuerte, más y más cerca, hasta que se le instala en los oídos como una avispa zumbona forjada en metal. La boca seca y ningún líquido a su alcance, ni ganas algunas de bajar a la cocina. Frío y viento soplando fuerte del norte, que se cuela por la ventana mal cerrada. Él apenas se cubre con una sábana. Está helado. Pasa un camión, da una frenada y el sonido chirriante eclipsa la maquinaria del reloj. Trata de agarrar la manta, pero el gato está sobre de ella. No hay forma de que le ceda ni una esquina. Enciende la luz de la mesilla de noche y, de forma instintiva, cierra los ojos para no sentir el fogonazo en sus pupilas aletargadas. Se levanta, baja las escaleras y va a la cocina. Bebiendo un litro de agua de un trago se queda aún con sed. Sale de allí, cruza el pasillo y va al jardín. En la terraza, una caja de cigarrillos sobre un banco. Llovizna un poco, se coloca bajo el toldo y fuma con serenidad. No hay nadie en la calle. Ya no se escucha el tic tac y no pasa ningún coche en lo que duran tres cigarrillos. Las zapatillas de correr al lado suyo. Se las pone emprendiendo la marcha. Todas las casas con las luces apagadas, solo tintinean dos farolas alumbrando dos esquinas. Llega al final de la acera, lado impar, cruza. Casas y casas. Casi idénticas. Pintadas de diferentes colores, todos ellos tonos tierra y pastel. Aspersores en funcionamiento, olor a hierba fresca. Alcanza a ver un parque. Entra en él. Reduce la velocidad y sigue andando. Una cancha de baloncesto y unos bancos. Se sienta en uno. Al lado suyo, un gato dormita, marchando en cuanto advierte la presencia de un humano. En un árbol, un búho mira a través de su cuerpo, musita su lengua. Él se levanta. Dando vueltas en la cancha de fútbol y cansado, muy cansado, sus pies se deslizan sobre el asfalto pintado de gris, con pereza, sin dejar nunca de rozar el suelo, siempre la punta o el talón, tantos círculos como estrellas puede contar con la mirada puesta en la bóveda de su parcela de cielo. Cuando no puede más, deshaciendo -con la densa lentitud de quien ha vivido una derrota- todo el camino andado. Vuelve a sentarse en su porche fumando otro cigarrillo amargo y sepia. Dedos manchados de tabaco inglés. Clarea ya. Los párpados caen, temblorosos y húmedos, sobre sus ojos. Sube a su habitación y se sienta en la mesa. Cogiendo una libreta empieza a escribir: “El ruido de los árboles contra la persiana es insoportable para mí.” Para. Volviendo a la cama cierra los ojos. Desaparecen todos los sonidos. No existe el perro ladrando de su vecina. La gente comenzaba a despertar. Lo invade el silencio entre el bullicio.

Respiró profundamente y decidió olvidar la noche.

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