cuando cuentas algo a alguien...

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PESADILLAS

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Casi cada noche sufro pesadillas en las que estoy siempre cerca del mar y debo adentrarme en pasadizos que me llevan a lugares próximos al centro de la tierra. A veces son oficinas, a veces tumbas, a veces restaurantes. Están siempre llenos de arena y de restos humanos, y habitadas por personas que creen tenerlo todo y por ello el derecho de poseerme a mí también. Me acompañan siempre esos amigos que ya no existen en mi vida y en los que nunca pienso cuando estoy despierta, sobre todo quienes son aún muy importantes para mí y mi mente ha tratado de solapar con desmemoria. Me pregunto por qué ya no quieren formar parte de mi vida y muchas veces no logro una respuesta. El caso, así de simple, es que ya no están. Esas grutas arenosas están pobladas por perros gigantescos que trotan y ladran a lo lejos y al acercarse siguen manteniendo sus grotescas dimensiones y sus lenguas recorren mi cuerpo dejándolo lleno de una pegajosa saliva que luego no puedo quitarme con agua porque ésta es inexistente. La busco y la busco en cualquier recoveco, pero mi búsqueda resulta inútil y acabo atrapada en secarrales inhóspitos donde me persiguen asesinos que intentan esconder cadáveres cavando agujeros y tapándolos con hormigón. Al final, acabo asistiendo a un entierro de alguien muy querido, llorando su ausencia y sintiendo que el mundo se acaba para mí, preguntándome si es un sueño y convencida de que no lo es, despertándome entre estertores, gritos y lágrimas. A veces la gente me pregunta por qué no me gusta dormir si es el mayor placer del mundo. Pero yo siempre recuerdo mis sueños y además los siento reales, perennes en mi cerebro como si fuesen parte de mi vida. Así que no, no me gusta dormir.

ALIMENTOS DEL AGNÓSTICO

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Me he quitado la pierna de sulfuro y la he tirado por la pared para que la viese mi alambre alimentado por una portezuela vacía. Soy una rota y neurótica estratagema del futuro. No he comido (casi) nunca. Lo poco que probé a gárgaras lo vomité en el bar engominado para saber qué era la libertad. Las jóvenes malditas siempre quisimos un lago que supiese a culpa, pero nos dijeron que estaban prohibidos en la caverna de Platón cuando nos pegaban por llevar el pelo violentado.

Ahora, solo pienso en tu poseída lengua de cuero. Mátame y luego límpiame con tu lengüita de cuero incandescente. Eres el bastardo de la luz de un bar de putas. Yo, una putrefacta nostálgica con patrones exigentes. Las sirenas del buzón no tienen cola sino una extensión de mi miserable nariz de pato.

LA LUCHA

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Cuando te tumba la locura
Como el tiempo golpea al nómada
Tiembla, tiembla precisamente entonces
Tiembla porque la locura es un vicio
Tan eficaz
Que compra a precio de reserva
La mancha matemática
Del aceite en el agua,
La luz
De una cuadra perdida
Donde ese caballo relincha
Cuando repican las campanas
Y la hierba
podrida que come el poeta
después de comerse su voz.
Lo compra todo.

Cuando te tumba la locura
a ti, mujer, que ya conoces
la línea precisa
Que separa el negro y el blanco
En un tablero de damas.

Entonces corre, corre y tiembla
Tu sangre es bien espesa
Como la de un peón
Sabes muy bien
Que Jesucristo
Solo lo dijo con la voz más alta
Y en el lugar preciso
Tú lo haces retumbar
Entre estos cuartos
de cal
y de indecencia
“Ven, acércate a escuchar conmigo
Al vertedero de elefantes rojos”
Y vas, deprisa,
vas con evidente ansia
De revelar si existen. Y los ves.
¿Los ves?
Tan claros como los caballos
Y la máscara de luciérnagas
Que te despiertan cada madrugada.

Tiembla mujer
bajo tus mantas de lejía
Pero ahora la cordura te avisa.
A las siete y cincuenta y cuatro
cada mañana.
Te agarra
como la mano
que solicita el brazo
y luego el cuerpo y luego la ciudad
y de esa forma, la realidad
o aquello que consideramos
que es la realidad.

Parpadeas. Un camión en Laponia
recoge el cuerpo de una rata.
Tú, no solo lo sabes.
Sino que también eres,
ese cadáver sin olor.
Tú mujer-loca-rata, sabes a hielo.
Das unos pasos y se cumple la hora.
¡Escucha!
El relinchar y las campanas
son ahora tan bellas
como tu cuerpo.
Espera.
A las ocho recogen tu otro cuerpo.
Lo entierran.
El velatorio va a tener lugar
en las casillas blancas:
¿Crees que cabrán los peones?
¡Viva la rata sin perfume!
Suenan las campanadas y de nuevo,
el hombre sirve sopa
y te tiende la mano.
No puedes coger la cuchara.
Tiemblas. Sigues siendo una rata.

Tiembla, mujer nerviosa
en el cuarto de los alumbramientos
porque el profeta fuma aquí contigo
y a pesar de ello
no te ilumina en absoluto.
“¡Bah, cuerdos, vosotros, del mundo,
no os merecéis ni tener un reloj
que os indique la clemencia!”
Tenéis sin duda el exterior.
Podéis ver como corren,
friegan y barren,
cosen y siembran
y enloquecen los hombres de la calle.
El día, la noche están tan claros
que no tenéis más que una duda
y vuestra duda,
vuestra duda es si sois
la risa de vuestra puta
o el llanto
de la meretriz.

Tiembla. Sí, eso ha sido una sacudida.
Y un profeta llorando porque miente.
Coge de la mano al laurel
y que de tus heridas broten ramas.
Mañana, al alba.
Mañana repicarán las sombras.
Los locos serán ellos
agarrados a las iglesias
preguntándose por las líneas
inciertas que separan las casillas.
Y tú, dominarás la tierra.
Con tu temblor.
No tendrás que disimular más
que eres tú la renacida.

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