cuando cuentas algo a alguien...

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EXTRACTOS DE MI DIARIO 2010

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01/Mayo/2010
Costa del Silencio

(…)y ahora estoy sola, ¿Por fin? ¿Auto impuesta mi soledad? En cierta manera. Todo empezó en el cumpleaños en aquella casa de campo donde todos jugaban a ser felices y yo jugaba a fotografiar una partida de póker contra míseros rivales. ¡Póker sin dinero! Siempre he pensado que un juego donde se mezclan la lógica y el azar, el análisis y la observación, debe tener al menos un precio simbólico, aunque sea mundano. Pero no, aquí suenan (y no las campanas) mal los desafíos, suenan mal las quejas, lo políticamente incorrecto. Solamente, naturaleza y esplendor de la vida grupal. ¿Soy yo o los grupos acaban volviéndose sectas que eliminan al ser discordante? Y yo he sido nominada y premiada, porque aunque jueguen al póker sin dinero, juegan a eliminar amistades por pensar diferente. Extraño concepto de “ideales”, si me lo permites.
Cuando esto se acabó sentí que no quedaba nada, ahora, tengo El Gran Gatsby entre las manos y más bien siento que queda todo. No necesito salir en fotografías donde todos miran al foco y yo miro al infinito porque las paredes están demasiado cerca. Estoy bien. Eso creo, creo que solo necesitaba un poco de silencio.”

RECUERDO A CONTRALUZ (DIARIO DICIEMBRE 2011)

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Es ya un recuerdo a contraluz de un invernadero en medio de un parque donde van a acabar mis veinticinco años. Hoy has despertado y has dado de comer a un gato persa, una de esas mañanas de niebla brusca e insobornable, mientras tu madre fuma y come pasteles glaseados que vienen hechos con una receta de Argelia del norte y saben a nostalgia y a canela.

Te recuerdo anoche con interrupciones de cigarrillos importados que fumas entre risas, amplias, tímidas, como cada noche, ya pasados los trenes, los coches, las hermanas semi desnudas, las lágrimas, los cielos lluviosos, los andenes, las fondues, los paseos por colegios viejos, las plazas llenas de vendedores de pashminas y los desiertos urbanos en los que nos reunimos con otras caras ajenas para eclipsar a la Torre de Piel.

Te recuerdo no queriendo estar conmigo, estando conmigo solo por amor, hasta que pase esta tormenta y los rituales del verano sean, de nuevo, un montón de canciones olvidadas que sólo significaron una espera de tres días.

Pasarán varias vidas por nuestros cuerpos y aún así seguirá sonando esta memoria, esta vigencia vestida de presente, este sabor a realidad tan escaso para nosotros, los fantasmas.

Eres un recuerdo a contraluz, aunque estés dormido a mi lado, porque yo soy lo que soy porque me miraste, aquella madrugada de agosto, en la que el mundo me era, sin duda, indiferente.

DIARIO DE UNA CAMARERA TRISTE

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Todavía no tengo muy claro porqué los clientes se quejan a las doce y cuarto de que no puedo seguir sirviéndoles sus cócteles dulcísimos y sus asquerosos Pastis. Hay un cartel bien grande que dice que a las doce cierra la barra. Pero no sirve de nada, no pretendo que miren la hora todo el tiempo, o precisamente a medianoche, pero tampoco estaría de más que no se quejaran cuando, con toda la amabilidad que soy capaz de reunir, les digo que lo siento mucho. Se ponen algunos como fieras, estos extranjeros rosados que están aquí como si supieran lo que es vivir un año entero en un lugar que solo parece pertenecerle al verano. No tienen ni idea de lo que es pasear por este bar de piscina cuando llueve y no hay nadie que pida nada en todo el día y las propinas no dan para vivir, la máquina de granizada está apagada y nadie repara en tu cara o en tu somnolencia, salvo tu jefe gilipollas que viene a descargar la ira acumulada porque sus hijos sacan malas notas en su universidad privada. Todos estos seres extravagantes, metidos a pijos, que creen dominar el mundo y tienen niebla que recubriendo sus tímidas reflexiones sobre nuestras mundanas existencias, que no saben de qué hablar y van y vuelven del tiempo atmosférico al precio de la leche de vaca en Londres. Hijos de colonialistas feroces han vuelto a colonizarnos, han vuelto para tomar la tierra que nunca tomaron por haber comido demasiado y echarse la siesta a destiempo.
Salgo cada día del bar a la una y media después de hacer el inventario, ese ocioso pasatiempo del capitalismo. Tener a un empleado mal pagado contabilizando cada mísera existencia de pimentón y Martini para saber si su bolsillo ha crecido unos céntimos más. Con lo fácil que sería hacer las cosas de otro modo. Odio trabajar, odio tener que cumplir con este ritual de sentirme útil, ¿Sentirme útil? Utilizada, más bien. Solo quiero descansar, salir y perder mi tiempo. Como dice mi vecino: “Ponemos a trabajar a todos los romanos, que bien supieron hacer los puentes, y los demás a beber cerveza”, si la vida fuese ir de bares yo sería una borracha feliz.

LOS GEMELOS

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Dave y Mike son gemelos idénticos. Yo nunca he conocido al segundo, pero siempre llamo Mike al primero. Él me ha visto crecer, me vio cantar mis primeras canciones en el karaoke de la esquina, desafinando ya desde los doce cuando emulaba a Janis Joplin con unas gafas redondas y enormes que me había regalado mi padre para que yo también perteneciese a su generación beat, y yo, con mi corazón roto y mi garganta más atónita que desgarrada, con mi Malibú piña en vez de whisky y cocaína, fui creciendo hasta que el baño fue testigo de mis primeras y tristes vomitonas, hasta que los ceniceros recibieron mis primeras colillas, hasta que sobre los posavasos se asentaron mis primeros jaggerbooms y hasta que, un día, sin previo aviso, alcancé la edad de Dave, y los dos gemelos se convirtieron en un solo hombre atractivo. Estaba ya muy borracha cuando terminé de cantar mi tema favorito, I am the walrus, y quizás porque sentirse una morsa es lo más cercano a ser libre por completo, le dije en un inglés atropellado que en otro universo, donde él no estuviese casado y yo no tuviese un novio con el que fuera feliz, esa noche él y yo podríamos pasar una crazy night together. Horas más tarde, cuando llegué a casa, vi un mensaje suyo en facebook. Ni siquiera sabía que lo tenía agregado. Todavía le debo tres euros, y me lo cruzo de vez en cuando en la cafetería: nos sonreímos con timidez. Tal vez le debo una noche de locura, en este universo o en el que pudo ser.

NOTA PARA MÍ (26/12/1997)

SABISABI

Ahora tienes 30 años. Yo tengo 12. Llevo puesto un pijama rojo muy largo y me veo fea. Estoy sola en casa y llueve. Espero que hayas abierto esto cuando te dije. Espero que ahora no seas yo. Que hayas hecho todo lo que prometí y no te hayas rendido porque tienes la nariz redonda y un montón de gente que te dice que las cosas para ti van a ser difíciles porque te ahogas en un vaso de agua. Ni siquiera te cabe la cabeza en uno. No llores nunca, ya lo he hecho yo por ti. Ya he tomado demasiadas aspirinas para mi edad y he cerrado la puerta de mi cuarto de golpe demasiadas veces. Eso no te toca. Te toca mirar por la ventana y salir fuera. Mirar las flores o qué sé yo. Tener un novio que te quiera y un hijo quizás, una niña, llamarla Samara y quererla demasiado. No fumes, no me gusta el olor a tabaco. No dejes que te digan que eres débil, ya me lo han dicho a mí. Sal de aquí, aquí hay demasiada agua y un volcán en el centro. Algún día se tocarán y no quiero que estés en el medio. Cuando leas esto, por favor, sé tan feliz que sonrías pensando que no pudiste ser tú la que escribió tremendas tonterías. Paro, abren la puerta y tengo que doblar este papel, ponerle el 2014 y pegarlo al diario. No lo abras antes. Si lo haces te acordarás de lo que he escrito y no valdrá de nada. Odio cuando llueve. Y los doce años. En tres días terminan y seguro me siento mejor. No sufras por mí, piensa que algún día seremos la misma persona.

DIARIO DE PARÍS (EXTRACTO 4/11/2012)

paris

París es una ciudad de la que no hablo nunca. Es la ciudad prohibida, llena de desencuentros y de citas que no llegaron. “Te veo en el bateau mouche el sábado a las tres”, me dijo el chico de Lille, pero resulta que enfermó su abuela y no pudo venir. Años después, fui con el argelino a ver un museo de ciencias naturales y reímos a carcajadas porque los nombres en latín de las plantas no nos decían nada, en fin, que estábamos enamorados. Recorrimos juntos las callejuelas del cartier 92 y comimos una fondue de carne en un restaurante de moda, fuimos al casino y jugamos una partida de póquer en la ciudad de las luces. Lejos de allí, años después, murió su padre, pero él y yo ya no estábamos juntos, y el chico de Lille que me había pedido matrimonio en un parque lleno de cisnes tenía una hija con otra: jamás vino a París porque su abuela enfermó. En París me enamoré tantas veces que una vez descubrí una moneda debajo de un colchón en una habitación destartalada de Villejuif y fue el mayor tesoro de mi vida y otra vez escuché un concierto de rap y ninguna música podía ser más hermosa que aquellos dedos rasgando un vinilo. Pasé por el Sena hace un año y sentí la brevedad del tiempo pasado. “Te veo en el bateau mouche el sábado a las tres”, me dijo el chico de los cisnes y los grandes ojos verdes, mi primer amor, y acabé sola allí, con un souvenir: una bola de nieve con la Torre Eiffel dentro y una amiga secándome las lágrimas. Lo esperé, con guantes y gorro, en pleno invierno, y supe por primera vez lo que era que te dejasen plantada. París, la ciudad prohibida, la ciudad de la que no hablo nunca porque tengo demasiado que contar de ella, porque cada vez que la nombro aparecen miles de calles, puentes, trenes, metros y casas donde no sucedieron todas las cosas que hoy hubiesen sido mi vida.

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