cuando cuentas algo a alguien...

Tag: Costa del Silencio

HÉCTOR Y DANI EN DAMON PARK

20150723 héctor y dani

Hoy dos niños visitan
Mi infancia destruida
Me hablan de un cementerio
Donde reposan los huesos
De las amapolas y los gatos.

Se ríen de los hombres hermosos
Y corrigen las mentiras piadosas
No tienen miedo de mis miedos
Y no tienen sueños más que soñar
Despiertos.

Hoy Héctor y Dani
No son los nombres de mis primos
Son dos amigos de Sabi pequeña
De Sabi tirando agua
Al muñeco de paja
Y cogiendo patos
En un lago artificial.

Ayer vi un llavero
Con un corazón roto
Y pensé que todos congelamos
Nuestra adolescencia
En el metal sin darnos cuenta.

Dani y Héctor recorren mis miedos
Y no necesitan que nadie
Los aguarde al borde del acantilado
Ni cogerse la mano entre el centeno.

Hoy dos niños me enseñan
Que ninguna memoria es casual
Y que ningún recuerdo es mío
Que no debí saltar el patio
Pero sí. Y me reencuentro
Con ellos.

A los siete años
Ya era una extranjera
Y mientras llovía en el sur
Ellos aguardaban disfrutar
Sin miedo ni prisa
De estas tinieblas.

LOS GEMELOS

david

Dave y Mike son gemelos idénticos. Yo nunca he conocido al segundo, pero siempre llamo Mike al primero. Él me ha visto crecer, me vio cantar mis primeras canciones en el karaoke de la esquina, desafinando ya desde los doce cuando emulaba a Janis Joplin con unas gafas redondas y enormes que me había regalado mi padre para que yo también perteneciese a su generación beat, y yo, con mi corazón roto y mi garganta más atónita que desgarrada, con mi Malibú piña en vez de whisky y cocaína, fui creciendo hasta que el baño fue testigo de mis primeras y tristes vomitonas, hasta que los ceniceros recibieron mis primeras colillas, hasta que sobre los posavasos se asentaron mis primeros jaggerbooms y hasta que, un día, sin previo aviso, alcancé la edad de Dave, y los dos gemelos se convirtieron en un solo hombre atractivo. Estaba ya muy borracha cuando terminé de cantar mi tema favorito, I am the walrus, y quizás porque sentirse una morsa es lo más cercano a ser libre por completo, le dije en un inglés atropellado que en otro universo, donde él no estuviese casado y yo no tuviese un novio con el que fuera feliz, esa noche él y yo podríamos pasar una crazy night together. Horas más tarde, cuando llegué a casa, vi un mensaje suyo en facebook. Ni siquiera sabía que lo tenía agregado. Todavía le debo tres euros, y me lo cruzo de vez en cuando en la cafetería: nos sonreímos con timidez. Tal vez le debo una noche de locura, en este universo o en el que pudo ser.

PARA IVÁN Y LA GAVIOTA

EMILCIELO

Un día estoy pensando en cómo escribes acerca de la gaviota. No solo en lo que dices sobre ella, sino en lo que piensas sobre la gaviota, en cuantas capas de pensamiento tienes sobre ese animal que se posa, delicado, sobre el reposa cabezas de mi silla cuando tomamos café en la Bahía del Cielo del Oeste. Para mí, la gaviota es un pájaro hermoso, para ti, cientos de versos que me recitas al viento del sur. Para los demás, algo que ven de soslayo mientras piensan el el ahora, y el ahora, un soslayo del futuro que a penas perciben porque todo es el qué será. No piensan en las sombras y las puestas de sol de Kualalumpur o en Duvroknik, pero tú sí, tú serás el que piense por ellos cuando ya los pensamientos no sean más que el recuerdo de unos pocos locos que un día decidan tirarse por un puente para calibrar la importancia de la locura. Me sumaré tal vez a ellos en un acto de ebriedad conjunta, pero mientras, estaré a tu lado para cortejar árboles y columnas, porque demasiada belleza nunca es suficiente y el tiempo no se puede comprar, solo se pueden comprar las alharacas y los alagos colectivos, y eso, hace mucho, perdió toda su importancia. Así que aquí me quedo, pegada a la gaviota y a a Strindberg aunque nunca lo haya leído, porque ya sé cómo es a través de ti, pegada a un poema de Holan sobre dios o sobre una mujer que ya murió pero siempre será bella, pegada al mar que nunca había sido para mí más que una extensión de agua y un rumor de olas incesante cuando me acercaba demasiado. Y extendida sobre la belleza, aquí me quedo, sin más pretensión que descubrir qué opinas sobre la gaviota que me acompaña a la silla mientras tomo un café y las sombras van cambiando de forma.

SWEET KID

ELLA

Sweet kid, te has teñido el pelo de negro.

Ya no te pareces a la niña

Que sostenía la taza hasta mi mesa

En el bar de tu padre,

Cuando tu padre clavaba el toldo al suelo

Sin camiseta en las tardes diáfanas

Sin camiseta cuando yo pasaba

Hacia la barra a recoger mi té.

Los días de verano hacia la barra

Y tú corrías, rubia, sweet kid,

Tú corrías hacia mí,

Lejos de la gente, y te mentías,

Te decías que el tiempo era

Un reloj grande y ligero

Que tenía cuerda y lloraba en invierno

Y que tu padre tenía la camisa puesta

Y que tú tenías el pelo como yo.

Sweet kid, te has teñido el pelo de negro

Y tu padre ya no está

Tu padre es ahora un novio grande

Que se sienta a la mesa con un amigo

Y ríen y toman té, y son rubios

Y ellos te quieren los dos

Y se podrían llamar Jules et Jim

Pero no se llaman nada, solo tú

Los llamas Soñadores

Y se retiran por la tarde.

Pero tú, cubriendo tu cabello rubio

Sweet kid, cubriéndolo de negro,

Que se resquebraja cuando lo mojas

Cubres la luz que recuerdo

Cubres los abrazos que recuerdo

Cuando todos éramos más altos que tú

Y tu padre aún existía

Y todos traíamos su camiseta

Que volaba por la terraza

Porque el viento soplaba

Aunque hiciese mucho calor.

Y tú, sweet kid, siempre con tanta energía,

Con tu coleta rubia, con tus ojos negros,

Como tu pelo ahora, como tus tardes,

Como los años en los que me fui

De esta terraza que ahora habito.

KATIA EN LA TERRAZA

katia

Katia es la tía de Sasha, el camarero de la Terraza. Debe rondar los ochenta. Tiene el pelo corto y rubio, está algo encorvada y es delgadita como un niño del neorrealismo italiano. En Roma fue tratante de arte y la película Novecento, de la que hablamos mucho, define muy bien lo que vivió su familia. Su familia ahora no existe, lo pasaron mal, “pero fueron felices”, cuenta ella.

Al principio solo era la mujer de la mesa de al lado, siempre con su perro Josh, jovencito y tranquilo que bebe agua del cazo que le pone George en la esquina. Katia se sienta todos los días a las dos y media y siempre le echa demasiada sal a la comida. Siempre pide el menú del día y Sasha lo trae con devoción, ella lo acompaña con una copa de vino blanco y nunca come el postre ni toma café, solo un par de rayos de sol tras el copioso almuerzo. Luego, tiene una charla con los habituales.

Katia chapurrea el español con la destreza del caracol lento que sabe inmiscuirse en el idioma ajeno con pocas palabras dignamente colocadas. Las completa con algo de italiano y todos la entendemos. Pero Katia escucha más que habla. Cuando habla, eso sí, todos nos mantenemos perennes de atención, como quien escucha al oráculo de Delfos, con todas sus historias sobre ser una mujer entre cuadros durante los sesenta y setenta en la capital de Italia.

Mamadou se pasea con un bolso de ropa por el restaurante. Casi todos lo ignoran y bajan la vista para no concederle la oportunidad de que les enseñe su muestrario, pero Katia lo saluda y lo deja desplegar todas las coloridas camisas de verano y primavera y los pantalones que pueden quedarle bien a Sasha y le compra lo mejor del género al senegalés.

Katia ahora no puede salir, ya no viene por el restaurante. Nos enteramos que se ha roto la cadera. Es ahora Sasha quien pasea a Josh cada mañana y cada tarde. Nosotros le mandamos libros, regalos, la prensa del día, y George le prepara un recipiente con el menú de hoy, que seguro salará demasiado en su casa.

Echo de menos a Katia. Me hace, extrañamente, echar de menos a Bertolucci y cambia mi mirada sobre la terraza, ya todos sus habitantes son menos italianos que antes. Josh ahora está más triste, bebe agua con la lengua más corta. Ahora Mamadou pasa de largo y Sasha ha decidido marcharse a vivir a otra isla. Le he enviado un poema a Katia y un cojín que le hizo mi madre para que estuviese más cómoda en su reposo. Recuerdo a Katia sonreír recordando a sus padres ya muertos y decirme, “no te preocupes Alba, ellos sí creían en Dios”.

EL VIKINGO EN EL DESIERTO

desiertomujer

David se acercaba por el paseo. Había llegado de Noruega hacía un mes y había conocido a Sofía la semana anterior. Era un nórdico alto y pelirrojo que vestía siempre de blanco, de pulcro lino y medía casi dos metros de altura. Sofía se estremecía cada vez que lo veía aparecer por allí, lo que había sucedido dos veces. Se acercó a él, y él extendió sus brazos y le dio un achuchón. “Tenía muchas ganas de verte”, le dijo en inglés, y ella notó cómo se le erizaba el vello. Él tuvo una súbita y evidente erección, así que se alejó suavemente de la chica.

Pasearon cogidos de la mano bajo el sol. No tenían mucho de que hablar. Alternaban silencios con elogios. A fin de cuentas, él tenía treinta años y ella quince, y ni siquiera tenían la misma lengua materna ni un tema común que les interesase. Por ahora, Sofía había descifrado que él había huído de Noruega por estafar a un banco y robar Rolex, y que era hiperactivo, hechos que no hacían más que aumentar su interés. De pronto, David paró en seco delante de una cabina telefónica y le dio un beso en la mejilla.

-¿Quieres salir conmigo el sábado? Voy a ir con un amigo a fumar un porro a Montaña Amarilla.

Sofía asintió ávidamente. Se separó de él y se fue patinando torpemente al restaurante de una amiga. Eran las seis de la tarde, intentó girarse para ver a dónde iba el noruego pero no logró verlo. Al llegar, su amiga y el hermano estaban sentados a una mesa, bebiendo, con signos de estar ebrios.

―¿Hoy no abrís?

―Mis padres están en una ruta en moto. Nos han dejado a cargo del restaurante.

―Qué locos, ¿No?

―Ya no queda casi nada en el bar, pero sírvete.

Sofía fue hacia la barra y se puso una copa de vodka pomelo con mucho hielo. Acabó la botella.

―¿Algo que contar? ―preguntó Sara.

―Me encontré con David, el noruego, me pidió una cita el sábado.

Sara se arrastró como pudo para prestar atención, pero Sofía no tenía nada más que contarle del asunto. Dio un trago largo al vodka y se subió a la mesa. Empezó a bailar sobre ella, pero se cayó contra el suelo y la mesa salió volando con todo lo que había encima.

―No te mezcles con nosotros Sofía, no te lo recomiendo. Somos mayores que tú.

Juan, el hermano de Sara, solía ser paternalista con ellas, lo que molestaba a Sofía. Tampoco él estaba en excelentes condiciones. Seguía haciendo un calor de perros en aquella terraza y los tres se quitaron la camiseta poco después. Ellas se quedaron en bañador y él con el pecho al descubierto.

Tengo quince años. Voy a buscar la serenidad en el cuerpo de un vikingo. Quiero acercarme y olerlo, aderezarme de él. Millones de generaciones de grupas de vikingos me penetrarán una tras otra en un baile perpetuo. Será mi rito de iniciación. Me estremeceré entre la sangre, entre el oro de sus coronas, entre sus barcos en los mares del norte. Me despediré de él cuando marche a Brittania a contar las historias de sus tierras.

Tengo quince años, mi cuerpo es del sur, y no quiero que me posea el sur, su viento y sus adelfas rojas, no quiero estar contaminada por este desierto. Marcharé, seré la destinataria de la nieve.

El sábado por la noche en la Montaña amarilla aparece su cuerpo de lino. Son seis hombres y Sofía, fumando marihuana entre las rocas, hablando en inglés. Juan le traduce a Sofía todo lo que no entiende, intercalando consejos. «Vete», «Marcha de aquí». Sofía le saca la lengua. Casi a las cinco de la mañana van yéndose algunos de ellos.

―¿Qué es lo que más te gusta hacer Sofía? ―pregunta David.

Ella se encoje de hombros.

―Me gusta la música.

―Tengo mucha música en casa. ¿Quieres venir?

Juan se retira cabeceando y haciéndole advertencias a Sofía.

David se acerca a Sofía. «¿Te das cuenta de todas las posturas que podrían hacerse en estas rocas?». Empieza a hacer gestos, como si estuviese follandose a una piedra. Luego se acerca y besa a Sofía en la boca. Ella nota que él tiene una erección y él que ella está tiritando. La abraza fuerte. Sofía tiene la piel de la cara ardiendo por los vellos gruesos de la barba de tres días de David.

Abrázame fuerte. Eres mi mujer del sur. Mi pequeña Lolita del sur. Recuerdo cuando te vi por primera vez, morena y con tu sombrero blanco, en bikini, en el restaurante, sobre las piernas del padre de Juan, restregándote contra él. Con tus quince años, quiero desvirgarte. Quiero hacerlo hoy, mientras sopla el viento, mientras todo el mundo ignora que existimos. Sopla el viento, sopla otra vez, hace calor, quiero comer el calor y soplar frío. Sobre tu cuerpo virgen. Inexistente aún. No lo sabes. No sabes nada.

La cogió en brazos y siguió caminando. Ella le miraba los pies. «¡Tienes los pies gigantes!» «Un cuarenta y siete». «Yo un treinta y cinco». La puso en el suelo. Ella llevaba un traje negro y él estaba vestido de blanco por completo. «Mira, somos completamente distintos». «Somos complementarios».

Entraron en la casa y él volvió a cogerla en brazos, tan pequeña. «Vente conmigo a Suecia, mañana». «Vale». La desnudó. La observó desnuda y morena sobre sus sábanas blancas. Se quitó la ropa y puso música. Ninguno se preguntó nada. Él se puso sobre ella y ella se dejó hacer.

Y el tiempo no es más que un tránsito inventado por el hombre. El antes y el después. Entrar o salir del reino vegetal. Volver a observar los orificios ahora completos por la necesidad. El lujo absoluto del engaño, el placer completo del olvido. La locura intensa del olvido. Aunque la inmensidad dure lo mismo que un grano de arena. Una vez, dos veces, tres veces. El frío, el calor, y la calma. Inmensa, la calma inmensa del grano de arena.

Sofía tiritó y David apagó el aire acondicionado y encendió la ducha. Se ducharon juntos, mezclando sus colores de noche y día. Ella se enrrolló en una toalla. Él volvió a vestirse de blanco.

Volvieron a empezar. Hablaban de barcos. De desiertos.

Decidieron salir a pasear. El bar de Juan y Sara tenía la luz encendida. Los dejaron pasar y les ofrecieron vodka con pomelo. Se embriagaron hasta que David cantó en noruego.

―Mañana nos vamos a Suecia ―dijo Sofía.

Sara rió y Juan ladeó la cabeza. Pronto salió el sol y David se despidió de ellos. Cogió a Sofía por la mano y se la llevó de allí.

Poco después el vikingo y la bereber desembarcaron en Escandinavia. Se perdieron en el solsticio de verano. En un hotel en la isla de Ôlan cada noche él le chupaba cada uno de sus pies de desierto, cada uno de sus granos de arena, entre el frío y el calor, y por el día, soñaban que se habían conocido en un camino del sur mientras ella paseaba en patines en bañador.

Ilustración: Diego Mille Notario

WHEN WE’RE 64 (13/10/2001)

friends

Acabo de abrir el buzón.

Anoche te vi por la ventana. Salías en coche con un grupo de gente, arreglada, supongo que a pasar la noche en uno de esos locales que tanto te gustan, donde puedes parecer la más linda, aunque bueno, para eso no necesitas demasiado. Yo en cambio pienso en otras cosas. Llevo un mes dándole vueltas a todo lo que hemos hablado desde que tú tenías nueve años y yo siete, cuando nos conocimos en la verja que separa tu casa de la mía. Sobre todo, en lo que hablamos este verano, ¿Lo recuerdas? Esa tarde en la que fumábamos a escondidas. Esa tarde prometimos tú y yo envejecer juntas. Comprar una casita en un barrio del sur cuando todos los que conociéramos hubiesen marchado, en fin, ya sabes de lo que hablo, y tomar té hablando de los nietos de las vecinas que ya tienen todos novias y visten con ropas que nosotras jamás jamás hubiésemos utilizado (sic). Seríamos viejas entrañables de esas que nos encantan, de esas que no cuentan historias a cualquiera, solo a quienes tienes los oídos bien abiertos y saben beber un trago como un hombre fuerte. Fumaríamos galoisses, -solo para hacernos las interesantes- y vestiríamos de flores y con pamelas, como si no nos importara.

Te dije ese día, cualquier día que fue ese: “La única forma en la que concibo ser vieja es a tu lado” y tú me diste un abrazo.
No sé, cuando me pongo triste pienso mucho en ti, sobre todo cuando pienso que nunca he vuelto a tener una amistad como la tuya por mucho que me pese no solo decirlo, sino saberlo cierto. No, no quiero estar arrugada y sola en un residencial de Costa del Silencio sin tener nadie con quien ir al karaoke a cantar mal “When I’m 64”.

Acabo de leer tu carta. No hay nada que podamos decirnos ahora. Curioso, nos caímos con las torres… Así que ahora, solo pienso que esa terraza futura estará llená de silencios y yo tomaré un té sin un toquito de coñac, ya no fumaré y pensaré con insistencia en lo que pudo haber sido.

HANEKE EN COSTA DEL SILENCIO

haneke

Michael Haneke, el conocido director de Funny Games o La Pianista, es un asiduo veraneante de Costa del Silencio. Cada año se pasea por La Terraza junto a su mujer y comen a la misma hora tagliatelis al aglio, y luego los puedes ver recorrer los jueves el mercadillo de la urbanización Coral Mar. Al principio no estaba segura de que fuese él, pero un día nos intercambiamos unas miradas delatoras. Yo, de asombro y admiración, y él rindiéndome evidencia, asintió.

A nuestra hora del café, allí estaba la pareja Haneke, hablando en francés y comiendo con sus copas de vino blanco en la mesa de la esquina, y siempre nuestro intercambio de miradas. En persona, Haneke es mucho más amable y menos seco de lo que parece por televisión o en fotografía, mucho mas asequible y humano, nada que ver con esa imagen distante que uno puede percibir.

En el mes de julio, Costa es un bullicio de gente disfrutando del entorno privilegiado de la Montaña Amarilla y alrededores, y sobre todo, de los conciertos del Matinal y el Barbaridad. Y fue justo allí donde fui aquella noche a ver un espectáculo de flamenco. Fue justo después de la cena. Yo estaba con amigos y vecinos, el bar estaba repleto, en nuestro barrio el flamenco, y en especial este grupo de fusión tiene mucho éxito. Así que, yo era de las pocas que estaba en la terraza por mi condición de fumadora, junto a otros dos amigos.

Llevaba allí un rato cuando aparecieron los Haneke y se sentaron en la mesa de al lado. Michael me sonrió y me saludó con la mano. La verdad es que sentirte tan cerca de tu ídolo cinematográfico no es fácil, pero siempre he preferido la discreción. Lo saludé de vuelta y seguí charlando con mis amigos observándolo de reojo. Al cabo de un rato me olvidé de que estaba allí.

Entré a por una copa, y entre la gente que animaba a la bailaora, estaba él, como uno más, haciendo sus pasos de flamenco, en medio de la multitud, como si fuese parte de nosotros. Él, que fue capaz de retratar en La Cinta Blanca lo más duro de la sociedad germana de la pre guerra, parecía haber olvidado toda esa crueldad y horror humano que es capaz de relatarnos y darse cuenta de que en lugares recónditos del mundo, sigue habiendo personas que solo piensan en la felicidad.

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