exit-rotterdam_1
Terminé de hablar con uno de los burócratas de turno y me dispuse a marcharme de allí, sin duda, para siempre. Caminé sobre mis propios pasos de hacía media hora y busqué salida. Cuando llegué al hall no vi la puerta, solo la entrada a otro pasillo idéntico. Empecé a dar vueltas por la planta dos. Encontré otro hall con sillones de cuero y un piano en una esquina, tan pegado a la esquina que un pianista no hubiese tenido espacio para sentarse en la butaca, inexistente. Un piano acallado. Las paredes tenían cuadros comprados a artistas por hobbie, reproducciones de paisajes con trazos titubeantes, mares sin profundidad, horizontes difuminados, árboles sin vida. La planta dos continuaba hacia otro pasillo, lleno de administrativos que tecleaban sin parar en sus inertes ordenadores con hojas de Excel en las pantalla, ¿Serían yo? Empecé a escuchar un tictaqueo cada segundo, pero no vi ningún reloj. Otra intersección: ni ascensor, ni puerta, otro pasillo. Una mujer de la limpieza fregoteaba una esquina con ansia, tratando de eliminar una mancha seca y rancia del parquet flotante. “¿Quieres algo?”, “Sí, quiero irme de aquí”, “Pues sal”, me miró con incredulidad y me señaló hacia la derecha con un gesto cabezero. Seguía escuchando el tictaqueo, cada vez más fuerte, seguía sin ver el reloj, más autómatas tecleaban en más despachos. En medio del pasillo número cuatro una palmera-bonsai sobre una columna corintia de cartón piedra. Pensé en robarla. Miré si habían cámaras de seguridad de forma instintiva. Las vi, girándose a mi paso. Seguí andando hacia el pasillo numerado como “Despachos Sección Siete”. Se acercó una mujer vestida de la temporada pasada. “¿Qué desea señorita?”, “Deseo irme, por favor, deseo irme de aquí”. Asintió y empezamos a andar. Su taconear se mezclaba con el tictaqueo. Saludaba con gesto firme y seco a los burócratas y administrativos. Con una gran sonrisa a quienes ocupaban los despachos de “Jefe de Sección”. Llegamos por fin a una puerta que daba a unas escaleras y a un ascensor. Me dispuse a atravesarla, paré en seco al ver el cartel. “Si sales no podrás volver”. Me giré y miré a la mujer, seguía detrás de mí, me ofrecía un papel. Se me formó un nudo en la garganta mientras firmaba.