cuando cuentas algo a alguien...

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MI VECINO

SILENCE

Messi-no-perdona es mi vecino. No sé donde vive, pero compra en mi supermercado y toma café en el mismo bar que yo. Anda por las mismas calles y siempre va vestido con la camiseta del último fichaje del Barça. Lo llamamos así porque es lo que grita cuando Messi marca un gol. “¡Messi no perdona!” grita a viva voz y todas las mesas se ríen a la par. En realidad se llama Nico. Su mujer es inglesa y lleva un moño alto, siempre va vestida de negro y le encanta comer Cheetos de queso. Si te lo encuentras frente a frente es un tipo amable y educado, pero habla mucho y siempre de fútbol, y no deja que entres en la conversación, así que a Messi-no-perdona es mejor encontrárselo solo en el bar.
Messi-no-perdona no aparenta ninguna edad. Lleva toda la vida aparentando la misma no-edad y se parece a cualquiera pero a nadie en concreto. Siempre te parece haberlo visto por ahí. Su camiseta de Luis Suárez, Messi o Neymar Jr. lo delatan, salvo eso, es el tipo más corriente.
Hace un tiempo el bar cambió de dueño y nosotros cambiamos de bar. Ahora no nos encontramos con tanta frecuencia. Me da pena porque siempre me hacía un hueco en su mesa cuando no quedaba sitio para ver el partido y su mujer me invitaba a Cheetos. La verdad es que Messi-no-perdona es un buen tipo.
Hace unos días pasé con las bolsas por delante de nuestro antiguo bar. El toldo estaba echado y no podía ver el interior. Daban un partido del Barça. Marcaron gol y de pronto escuché un alarido: “¡¡¡¡Neymar no perdooooona!!!” Me dio una gran alegría saber que sigue allí, pero cierta pena pensar que Messi está pasando de moda.

LA GALERÍA DE ESPUMA

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Ya muchos se agolpan en el bar de la galería,
En ese único bar abierto,
Lleno de espuma,
que ha brotado del silencio
Desde que tienes memoria.
Te preguntas cómo llegaste aquí:
«Por casualidad»,
Esa palabra que define
Lo que el camino devuelve
al que anda hacia el borde,
y luego trata de regresar sobre sus pasos.

Y como si desde allí
Esperases que la noche fuese diferente
—Quizás más tímida y menos duradera—,
También engulles la espuma
Para sepultar el miedo,
Ese miedo que se adhiere con espasmos
A la noche misma y a su centro,
Que te secuestra, desde siempre,
Y te azota bien fuerte
Si le hace falta.

Vas al baño a mojar tu sombra
y, de pronto,
Allí, en el espejo
Te miras y ves a alguien distinto,
Como aquella vez en Holanda
Que tu reflejo lloraba y tú le preguntabas por qué;
Pero tu otro tú, con tu voz, dentro de su voz,
No supo responderte más que:
«tú también estás llorando»,
Y el reflejo lo celebró con más tristeza.

De regreso ya a la galería,
Siguen muchos descendiendo la escalera.
Cada cual habla con una versión de sí mismo
Desde hace tanto que, para contar el tiempo,
Tienen que levantarse, y juntos
Hacer avanzar a los minutos a la fuerza.
En el bar lleno de espuma de olvido,
Huele a almizcle y a una vaga clarividencia.

Todos creen haber encontrado un escondite
En el que huir de sus pecados,
Pero de esta forma
de nuevo están a la intemperie,
En el centro de una fiesta
Donde les han puesto la corona, el cetro y un trono
Y todos los observan:
Para pasar inadvertido,
tienes que recuperar
La capacidad de asombro,
mutar
Y llenarte de espuma de nuevo;
Pero que no sobresalga,
Que no se te moje la ropa ni un poquito,
Que no te revele la voz la conciencia,
Que no haya entre ellos un telépata,
Y le cuente a los demás
Que tu sangre es más espesa,
Y que tú también huíste
Y encontraste la escalera
Buscando el centro de la tierra.

Ahora, subes de nuevo
Ya queriendo volver a casa.
Finalmente, brota espuma hasta de tus uñas.
Todos lo ven, algunos ríen.
Otros suben las escaleras contigo:
Cargan más extrañamiento y agujeros que antes.

Y el resto, seguirá allí,
Hasta que se apaguen todas las luces,
Hasta que nuevas generaciones de extraños
Crean que al fondo de la galería
Desconocemos el ruido y la furia
Antes de empaparse por completo.

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