cuando cuentas algo a alguien...

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LOS GEMELOS

david

Dave y Mike son gemelos idénticos. Yo nunca he conocido al segundo, pero siempre llamo Mike al primero. Él me ha visto crecer, me vio cantar mis primeras canciones en el karaoke de la esquina, desafinando ya desde los doce cuando emulaba a Janis Joplin con unas gafas redondas y enormes que me había regalado mi padre para que yo también perteneciese a su generación beat, y yo, con mi corazón roto y mi garganta más atónita que desgarrada, con mi Malibú piña en vez de whisky y cocaína, fui creciendo hasta que el baño fue testigo de mis primeras y tristes vomitonas, hasta que los ceniceros recibieron mis primeras colillas, hasta que sobre los posavasos se asentaron mis primeros jaggerbooms y hasta que, un día, sin previo aviso, alcancé la edad de Dave, y los dos gemelos se convirtieron en un solo hombre atractivo. Estaba ya muy borracha cuando terminé de cantar mi tema favorito, I am the walrus, y quizás porque sentirse una morsa es lo más cercano a ser libre por completo, le dije en un inglés atropellado que en otro universo, donde él no estuviese casado y yo no tuviese un novio con el que fuera feliz, esa noche él y yo podríamos pasar una crazy night together. Horas más tarde, cuando llegué a casa, vi un mensaje suyo en facebook. Ni siquiera sabía que lo tenía agregado. Todavía le debo tres euros, y me lo cruzo de vez en cuando en la cafetería: nos sonreímos con timidez. Tal vez le debo una noche de locura, en este universo o en el que pudo ser.

EL CIEGO QUE AMABA EL CINE MUDO

silentmovies

Cada tarde, cuando enmudecían los eucaliptos, pasaba por la calle hacia el Cine Club con su bastón. Cogido de la mano del lazarillo. El viejo ciego caminaba con trote firme, sin dudar, pisando las hojas en otoño si hacía falta, sorteando la lluvia en el asfalto en invierno y la calzada caliente del verano. Cada tarde iba al Cine Club, compraba la entrada y se sentaba junto a su lazarillo. Era un viejo cine detrás de la Sainz de Baranda, donde solo ponían películas mudas, y él, como si todo fuese con él, se sentaba frente a la pantalla, en la segunda fila y (no) veía obras maestras de Murnau, Chaplin o Eisenstein mientras escuchaba el piano de fondo. Solo le alcanzaban los sentidos para embelesarse con el perfume de la pianista, que ya, sin duda, había alcanzado su misma edad.

SOLÍAN DECIRSE

amor

Solían decirse que la vida era tan solo aquello. Una camiseta sobre un neón de Budweiser. Una cama que rozaba el suelo. Una terraza con césped artificial. Una ventana que daba a los anocheceres. Una canción de Saïan Supa Crew. Un palo de golf tirado sobre la cesta de la ropa sucia. Un equipo de música roto. Una puerta sin cerradura. Una botella de dos litros de Coca-Cola. Una tubería que gemía.

“Estábamos destinados a ese momento”, se dijeron con la seguridad de unos desconocidos.

Solían decirse que la vida era tan solo aquello. La chaqueta enredada con el pantalón en una esquina que huele a suavizante que aún compra tu madre. La mano sobre la mano mientras entra un rayo de luz y parece que ahora son cuatro manos. La cabeza rapada enredada con su pelo largo entre las sábanas que saben a verano. Un tatuaje de un buddha descolorido que repasas con los dedos para saber si se puede borrar del todo. Una pregunta incómoda que no tiene demasiada importancia. Tu padre que abre la puerta y unas risas incontrolables. Besarse sentados sobre un cubo de basura en medio de la calle.

“Si eres el hombre de mi vida no habrá nada que nos separe”, se dijeron antes que ella se fuera a vivir a otra ciudad.

Solían no decirse mucho. Cuando salían de la ducha juntos se encendían un Swing y veían al repartidor traer los periódicos. Él hacía que jugaba al golf tirando bolas de papel a la calle. Nunca acertaba. Ella quería un beso más mientras se acostaba y mojaba ya del todo las sábanas. Él le decía que podían hacerse ricos algún día. Ella que no quería hacerse rica sino estar con él.

“Si eres la mujer de mi vida, no importa si acabo en una cárcel en medio de la selva”, le dijo él antes de marcharse a América.

Durante dos años no supieron nada el uno de la otra. Se encontraron en medio de una calle un martes de febrero. Nada había cambiado.

Solían recordar cómo se conocieron. Él recordaba que la invitó a una bebida. Ella que le habló en francés. Él que le ganó la partida de dardos. Ella que fue al contrario. Los dos que se encontraron en medio de la multitud el día del dieciocho cumpleaños de él. El día del quince cumpleaños de ella. Acabaron en una piscina. Se besaron por primera vez en una hamaca deshilachada. Hundidos casi hasta el suelo, cubiertos por la misma toalla. El teléfono sonando. Ignorando si el mundo tenía algo que decirles.

“Si somos el uno para el otro, no importa que ames a alguien más”, se dijeron antes de tener a otros a su lado.

Solían olvidar el resto. Si alguien quiso explicarles si cómo funcionaba el amor, lo dieron por sentado. Nunca fueron pareja. Cada uno tuvo la suya. Cada uno recorrió el mundo por su cuenta. Se hicieron pobres a la misma vez. Crecieron juntos. Aprendieron juntos a hacer el amor. Conocieron sus cuerpos, sus lunares y sus defectos en una silenciosa cartografía. Hubo muchas camisetas que cubrieron luces diferentes en diferentes ciudades. Todas los esperaron. Hubo muchos símbolos tatuados en los cuerpos de los dos que no significaron nada para ellos dos. Solían decirse que la vida era solo aquello. Una ventana que daba a los anocheceres.

“Si eres la persona de mi vida te encontraré hasta en medio de la tierra”

Y siempre se encontraron.

SUBLIMAR EL CRISTAL

bed

Sobre la pared vacía
He pintado
La mirada que me sobra.

Ahora espero
Un grano de desierto
Que me recuerde
A tu tarde en la terraza
A tus labios
Sorteando los míos
A tus manos
Parpadeando
Sobre la luz del flexo.

Espero
que mi pared sirva
Para escuchar
la sien sobre la sien
Mojarse mientras bailan.

Memoria que me llamas
Desde la pared desnuda
Trata de encontrar
Dónde
Se agarran los pies
A los forros de las sillas
Y que todo se convierta
Ya en cristal y se sublime
Para perecer en el aire
Desnudo
de la habitación
Desnuda.

Quedará un rincón
Donde las voces sepan
Juntarse
para saborear
El techo.

MI PRIMER POEMA DE AMOR

IV&SHAB

Para Iván Cabrera Cartaya

¿Qué quieres que te diga hoy
que ya no encuentro ni una forma
de escribirte las comisuras
de los granos de polen?
Sé que mis lágrimas
Son solo de viento
Porque ayer trataron
De escaparse
Y las recuperé
Al final del pasillo,
Donde quedan ya tan solo
Un montón de destinos agolpados
En una ciénaga de pétalos
Que no me hablan
ni cuando estoy dormida.

¿Qué quieres que te diga
sobre esto
si cuando te hablo
parece que estoy aún más
desterrada de este salón
y más hundida en mi cojín
donde solo caben agujeros?

Escucha como sopla la brevedad
Por favor, muévete y escucha
Los disparos de la gente de bien
Que quieren que hagamos la comida
Y nos pongamos dignos
Y nos pongamos zapatos de cuero
Y digamos las cosas por favor
Para tener un recuerdo que enmarcar,
Entonces seremos los que
Siempre quisieron que fuésemos:
Los deseables y los listos
Los inacabables
Los perenenes y los astutos
Los comprensibles.

Yo me siento
Terriblemente insensata
por quererte de esta forma
Por saber decir que te quiero
Sin lucrarme con las sombras
Que descienden por las letras
Y se vapulean hasta las termitas
De los muebles más viejos
De esta casa.

Entonces me quedo más tranquila
Me enciendo un cigarrillo
Y ya no suena el árbol de la ventana
Soy solo la niña que miraba
A los pájaros distraerse
Con esos árboles tan feos
Y pensaba que las columnas
Servían para aguantar al suelo.

Sigo siendo esa niña
Cuando el viento come mis lágrimas
Ya no me hacen falta
Recodo las distancias
Hasta hacerlas uniformes
Y abrazarme fuerte
A lo que tengo.

Si es el momento de sentarme
Ya será
El de ser fiel a lo que escucho.

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