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Casi cada noche sufro pesadillas en las que estoy siempre cerca del mar y debo adentrarme en pasadizos que me llevan a lugares próximos al centro de la tierra. A veces son oficinas, a veces tumbas, a veces restaurantes. Están siempre llenos de arena y de restos humanos, y habitadas por personas que creen tenerlo todo y por ello el derecho de poseerme a mí también. Me acompañan siempre esos amigos que ya no existen en mi vida y en los que nunca pienso cuando estoy despierta, sobre todo quienes son aún muy importantes para mí y mi mente ha tratado de solapar con desmemoria. Me pregunto por qué ya no quieren formar parte de mi vida y muchas veces no logro una respuesta. El caso, así de simple, es que ya no están. Esas grutas arenosas están pobladas por perros gigantescos que trotan y ladran a lo lejos y al acercarse siguen manteniendo sus grotescas dimensiones y sus lenguas recorren mi cuerpo dejándolo lleno de una pegajosa saliva que luego no puedo quitarme con agua porque ésta es inexistente. La busco y la busco en cualquier recoveco, pero mi búsqueda resulta inútil y acabo atrapada en secarrales inhóspitos donde me persiguen asesinos que intentan esconder cadáveres cavando agujeros y tapándolos con hormigón. Al final, acabo asistiendo a un entierro de alguien muy querido, llorando su ausencia y sintiendo que el mundo se acaba para mí, preguntándome si es un sueño y convencida de que no lo es, despertándome entre estertores, gritos y lágrimas. A veces la gente me pregunta por qué no me gusta dormir si es el mayor placer del mundo. Pero yo siempre recuerdo mis sueños y además los siento reales, perennes en mi cerebro como si fuesen parte de mi vida. Así que no, no me gusta dormir.