EMILCIELO

Un día estoy pensando en cómo escribes acerca de la gaviota. No solo en lo que dices sobre ella, sino en lo que piensas sobre la gaviota, en cuantas capas de pensamiento tienes sobre ese animal que se posa, delicado, sobre el reposa cabezas de mi silla cuando tomamos café en la Bahía del Cielo del Oeste. Para mí, la gaviota es un pájaro hermoso, para ti, cientos de versos que me recitas al viento del sur. Para los demás, algo que ven de soslayo mientras piensan el el ahora, y el ahora, un soslayo del futuro que a penas perciben porque todo es el qué será. No piensan en las sombras y las puestas de sol de Kualalumpur o en Duvroknik, pero tú sí, tú serás el que piense por ellos cuando ya los pensamientos no sean más que el recuerdo de unos pocos locos que un día decidan tirarse por un puente para calibrar la importancia de la locura. Me sumaré tal vez a ellos en un acto de ebriedad conjunta, pero mientras, estaré a tu lado para cortejar árboles y columnas, porque demasiada belleza nunca es suficiente y el tiempo no se puede comprar, solo se pueden comprar las alharacas y los alagos colectivos, y eso, hace mucho, perdió toda su importancia. Así que aquí me quedo, pegada a la gaviota y a a Strindberg aunque nunca lo haya leído, porque ya sé cómo es a través de ti, pegada a un poema de Holan sobre dios o sobre una mujer que ya murió pero siempre será bella, pegada al mar que nunca había sido para mí más que una extensión de agua y un rumor de olas incesante cuando me acercaba demasiado. Y extendida sobre la belleza, aquí me quedo, sin más pretensión que descubrir qué opinas sobre la gaviota que me acompaña a la silla mientras tomo un café y las sombras van cambiando de forma.