cuando cuentas algo a alguien...

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CARTA A DIEGO

20151001 guitar

No te conozco pero sé que estás despierto como yo. Sé que hoy miras en tu mente el dibujo inexacto de una guitarra verde que un día fueron tus ojos y te preguntas si las marejadas podrán alcanzar los hoyuelos de las mejillas de tu madre y sus labios con rouge.
Tal vez te estás tapando los oídos mientras cantas sobre los elefantes que pasean desavenidos entre los pasillos de este asidero de locos, y podrás así hacernos comprender que tu tren partió cuando los demás nos ocupábamos de fregar los platos, trabajar en hoteles y analizar la mente del vecino. Nunca la tuya, y si lo hicimos, sólo vimos una tiniebla, como en este parque de esperanzas secas donde cada uno tiene su propia matemática.
Temes llorar al teléfono, temes no llorar y pensar que sólo vale el temor de colgarte sobre un hilo en el centro de la tierra, tirar fuerte y esconderte bajo una lona de circo con un montón de vino y un montón más de desamor. Nadie te culpa, naciste así, imperfecto, hermoso e imperfecto, y las luces brillan sólo para ti. Acarícialas, no las temas, ellas protegen la imagen que formamos del mundo, donde cada uno sentimos y poseemos un veneno diferente.
Ahora mira la guitarra verde, que tome forma, que sus cuerdas estén tensas pero no demasiado y recuerda algún sonido que cruzase el universo con tus dedos. Y allí te esperarán los otros, al otro lado de los elefantes que galopan las esquinas de la habitación y de las cuchillas clavadas en estómagos más duros que el acero.
Allí estamos todos y te vemos, tras la máscara de las luces, tras el infierno, te vemos y te queremos de vuelta. Sólo lo alcanzamos -entiéndelo- pocas veces: Nosotros también hemos visto todos esos infiernos en un pasillo finito, perpetuo y desolador.
Eres tú el que puede regresar, pero aún así, iremos en tropel a buscarte, aunque tengamos que construir un caballo de madera para atravesar los muros de tu memoria y construirte un presente donde toques de nuevo nuestra canción.

LA BELLEZA DE LEVIATÁN

leviatán josé ramón

|Diseño: José Ramón Yánez Corchete|

EL HOMBRE INHABITABLE

20150925 Imaginarium | Igor Morski 1960

Soy un hombre
que habita en una cerradura
con arañas que miran
la luna
con cientos de ojos verdes.

Es él quien se detiene a afirmar
lo que hay de verdad
en el convencimiento
de que la noche es una trampa.

A veces se alza hasta una máscara
y la rompe por dentro:
Destruido todo lo que tiene
contempla el orificio
por el que se crean las cosas.

Aún así
No sabe que es suyo
todo lo que hay a la vista.

(IMAGEN: Imaginarium | Igor Morski 1960)

MUNDO OCRE

20150919 FACE TO FACE

Preferiría poder veros las caras en este lugar poblado de ocres. Veros y conoceros los rostros. No seríais los ojos vacíos, las muecas desesperadas o las caras de estupor ante la vida. Seríais muchos, pero todos estaríamos en el mismo campo de centeno, seríamos todos niños esperando un momento para no desesperar, para reír al horizonte. Haríamos quemar a las convicciones, ¿cuántas convicciones inútiles nos sobran? ¿Cuántas veces amamos por despecho o trituramos el odio contra alguien que no lo merece? Preferiría ver vuestras caras que andar a tientas sobre el vacío, sintiendo que cada cuadro es demasiado hermoso como para mostrarlo y que la fotógrafa desapareció en medio de la gente para darles vida. Sería todo un sueño, de esos que duran más allá del alba. Y es que como ya dije, siempre amanece demasiado pronto.

NOCHE ENTRE INGLESES

20150910 englishpub
Anoche fui de nuevo a ver a los ingleses. Se sientan a la mesa de la terraza sobre medianoche y forman un grupo dispar, te van contando de donde vienen: “Yo soy de Sussex County”. “Yo ojalá lo fuese, soy de Manchester”. Tienen chistes imposibles de traducir, aún estoy intentando descifrar a qué se refieren cuando dicen que “esto son como judías sobre una tostada” y siempre que no los entiendes se ríen y comentan: “No te preocupes, es humor inglés”, y sabes que se están quedando contigo.

Entre ellos anoche estaba Suzanne. Es una mujer de edad indefinida, rozará los cincuenta pero aparenta no haber pasado los cuarenta. Tiene un hijo que deambula por el karaoke y nunca habla, y ella siempre se viste como si el pequeño bar de extrarradio fuese un noble establecimiento. Cada día la percibo más delgada o más esbelta y siempre arreglada, nunca canta y nunca se emborracha como las demás, siempre manteniendo una (tal vez) fingida elegancia tras la que se siente cierta tristeza. Suzanne flirtea con los turistas y los habituales y si no le hacen caso se marcha con un monumental cabreo de mujer despechada de película de los cincuenta. Luego regresa al día siguiente como si nada hubiese ocurrido. Los demás nunca lo hablan, aquí lo que pasa hoy se olvida para siempre.

Anoche me fui antes de lo habitual, mientras Suzanne charlaba amistosamente con un confeso seguidor del Manchester United. Mañana lo olvidará, y volverá a los habituales, con sus trajes minúsculos y sus sonrisas importadas de Oxford o Nottingham. Nunca sabré lo que ocurrió, como siempre. Nunca sé lo que ocurre, porque los ingleses de mi barrio me hacen siempre recordar que en cualquier sitio, soy yo la extranjera.

RECUERDO A CONTRALUZ (DIARIO DICIEMBRE 2011)

20150901 paris invernadero

Es ya un recuerdo a contraluz de un invernadero en medio de un parque donde van a acabar mis veinticinco años. Hoy has despertado y has dado de comer a un gato persa, una de esas mañanas de niebla brusca e insobornable, mientras tu madre fuma y come pasteles glaseados que vienen hechos con una receta de Argelia del norte y saben a nostalgia y a canela.

Te recuerdo anoche con interrupciones de cigarrillos importados que fumas entre risas, amplias, tímidas, como cada noche, ya pasados los trenes, los coches, las hermanas semi desnudas, las lágrimas, los cielos lluviosos, los andenes, las fondues, los paseos por colegios viejos, las plazas llenas de vendedores de pashminas y los desiertos urbanos en los que nos reunimos con otras caras ajenas para eclipsar a la Torre de Piel.

Te recuerdo no queriendo estar conmigo, estando conmigo solo por amor, hasta que pase esta tormenta y los rituales del verano sean, de nuevo, un montón de canciones olvidadas que sólo significaron una espera de tres días.

Pasarán varias vidas por nuestros cuerpos y aún así seguirá sonando esta memoria, esta vigencia vestida de presente, este sabor a realidad tan escaso para nosotros, los fantasmas.

Eres un recuerdo a contraluz, aunque estés dormido a mi lado, porque yo soy lo que soy porque me miraste, aquella madrugada de agosto, en la que el mundo me era, sin duda, indiferente.

TICKETS Y FLORES

m

¿Quién me habrá enseñado que la libertad es la búsqueda de la libertad? Ya no lo recuerdo. No recuerdo tantas cosas. Ni siquiera cómo atarme a mí misma y ser capaz de tener una sola forma de serme fiel. Como aquellas tardes en las que amaba tanto a Miguel que era capaz de recorrer una calle vacía una y mil veces solo para ver su luz encendida sin atreverme a tocar la puerta. Con el miedo atado a los dedos, sin saber que el mundo estaba en ese momento, precisamente en mis manos. Yo era la que buscaba asilo con un horario viejo de trenes en el bolsillo, y quería tocar esa puerta y decirle: “Acompáñame a Mississippi a jugar al póquer, ganaremos todas las partidas y podremos comprar un vodka ruso y terminar en una plaza tocando folk con los vecinos”. Pero nunca toqué la puerta porque tenía el miedo instalado en los pulgares. Seguí la calle hasta el final y encontré un bar, entré y me dejé convencer de que de que era una chica igual a las demás, que no sabía quién era Baudelaire y que las Flores del mal eran solo unas semillas sembradas en un mal jardín. Entonces, Miguel aparecía y nos íbamos en moto a ver el mar. En el acantilado todos los Dioses eran verdaderos, los míos, paganos, y el suyo, tan blanco, de cabello tan cano, sentado en un cielo definidísimo. El infierno era regresar después de tenerlo para mí, y enfrentarme al estrellas. Sola en una terraza con Cohen hablándome de hombres que no saben de amor. Y quizás creyéndome aquellas canciones de los sesenta muy a mi pesar. Pero era libre, ¿No? Podía entonces beber cuanto quisiera, pero no, en casa, y sin un céntimo, sus gritos me estremecían, esa es la verdad, nada aplacaba ni mi sed ni mi verano solitario. Era lo más parecido a la muerte del que amas. ¿Debía ser feliz? Alguien me dijo que el pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo. Quizás, en el fondo, solo estoy hablando de deseo, y el amor, no sea más que una conversación sobre flores y tickets de tren.

LAS FRONTERAS

20150924 FRONTERA

Si contara mi vida
podría sustituir cada palabra
por un tenaz remordimiento,
como insecto escondido,
e intentar matar a cada uno
con saña.

Sería como un juego de mesa
contra el adulto implacable
que se sabe las reglas
y desconoce
lo que significa la suerte.

Contaría que no fue casual
que me comiesen tantas veces
las sombras,
ni que los muchachos me atasen
a las columnas de hielo,
que fui yo quien rompió
la cabeza de aquel mendigo,
que fui yo la que quiso saltar
por el balcón
para escuchar los gritos.

Que soy yo al fin
todas estas fronteras.

EL PAQUETE DE PAÑUELOS

20150821 terapia

La psicóloga, Ana, le tenía especial cariño a Valentina, a quien llevaba tratando once años. Era una mujer con un largo historial de bipolaridad que sufría depresiones constantes. Había sido internada dieciocho veces desde su juventud, pero solo una desde que estaba con Ana.
Ana no era muy ortodoxa con Valentina, tampoco era muy ortodoxa consigo misma, su propio hijo era bipolar y a veces ella misma necesitaba sentir que estaba al otro lado de la mesa, o al menos pretenderlo, sin dejar de ser profesional; con Valen era diferente. Le tenía mucho cariño. Ella misma se ofrecía a subirle los honorarios cuando le aumentaban la pensión. Ana rehusaba, pero Valen insistía: “Si no es molestia, más para mí, más para ti, por favor”, le decía, y no había modo de rechazarlo.
Al principio pasaba todas las consultas llorando. Llevaba un paquete de pañuelos desechables y lo terminaba por completo. La papelera acababa llena de sus lágrimas. Un día, Ana la vio sacar el paquetito y la miró fijamente: “Hoy uno solo, Valen, ¿verdad?” La paciente asintió, se quedó con un pañuelo en la mano y le dio el paquete a su psicóloga. Lo hizo a partir de entonces al principio de cada sesión. Solo lloró un pañuelito desechable. El resto los usaba Ana cuando Valentina se marchaba.

DIARIO DE UNA CAMARERA TRISTE

20150818 waitress-s

Todavía no tengo muy claro porqué los clientes se quejan a las doce y cuarto de que no puedo seguir sirviéndoles sus cócteles dulcísimos y sus asquerosos Pastis. Hay un cartel bien grande que dice que a las doce cierra la barra. Pero no sirve de nada, no pretendo que miren la hora todo el tiempo, o precisamente a medianoche, pero tampoco estaría de más que no se quejaran cuando, con toda la amabilidad que soy capaz de reunir, les digo que lo siento mucho. Se ponen algunos como fieras, estos extranjeros rosados que están aquí como si supieran lo que es vivir un año entero en un lugar que solo parece pertenecerle al verano. No tienen ni idea de lo que es pasear por este bar de piscina cuando llueve y no hay nadie que pida nada en todo el día y las propinas no dan para vivir, la máquina de granizada está apagada y nadie repara en tu cara o en tu somnolencia, salvo tu jefe gilipollas que viene a descargar la ira acumulada porque sus hijos sacan malas notas en su universidad privada. Todos estos seres extravagantes, metidos a pijos, que creen dominar el mundo y tienen niebla que recubriendo sus tímidas reflexiones sobre nuestras mundanas existencias, que no saben de qué hablar y van y vuelven del tiempo atmosférico al precio de la leche de vaca en Londres. Hijos de colonialistas feroces han vuelto a colonizarnos, han vuelto para tomar la tierra que nunca tomaron por haber comido demasiado y echarse la siesta a destiempo.
Salgo cada día del bar a la una y media después de hacer el inventario, ese ocioso pasatiempo del capitalismo. Tener a un empleado mal pagado contabilizando cada mísera existencia de pimentón y Martini para saber si su bolsillo ha crecido unos céntimos más. Con lo fácil que sería hacer las cosas de otro modo. Odio trabajar, odio tener que cumplir con este ritual de sentirme útil, ¿Sentirme útil? Utilizada, más bien. Solo quiero descansar, salir y perder mi tiempo. Como dice mi vecino: “Ponemos a trabajar a todos los romanos, que bien supieron hacer los puentes, y los demás a beber cerveza”, si la vida fuese ir de bares yo sería una borracha feliz.

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