nightpark

El ruido de los árboles contra la persiana es insoportable. Quinientos minutos para que los demás despierten y escucha el tic-tac del reloj cada vez más y más fuerte, más y más cerca, hasta que se le instala en los oídos como una avispa zumbona forjada en metal. La boca seca y ningún líquido a su alcance, ni ganas algunas de bajar a la cocina. Frío y viento soplando fuerte del norte, que se cuela por la ventana mal cerrada. Él apenas se cubre con una sábana. Está helado. Pasa un camión, da una frenada y el sonido chirriante eclipsa la maquinaria del reloj. Trata de agarrar la manta, pero el gato está sobre de ella. No hay forma de que le ceda ni una esquina. Enciende la luz de la mesilla de noche y, de forma instintiva, cierra los ojos para no sentir el fogonazo en sus pupilas aletargadas. Se levanta, baja las escaleras y va a la cocina. Bebiendo un litro de agua de un trago se queda aún con sed. Sale de allí, cruza el pasillo y va al jardín. En la terraza, una caja de cigarrillos sobre un banco. Llovizna un poco, se coloca bajo el toldo y fuma con serenidad. No hay nadie en la calle. Ya no se escucha el tic tac y no pasa ningún coche en lo que duran tres cigarrillos. Las zapatillas de correr al lado suyo. Se las pone emprendiendo la marcha. Todas las casas con las luces apagadas, solo tintinean dos farolas alumbrando dos esquinas. Llega al final de la acera, lado impar, cruza. Casas y casas. Casi idénticas. Pintadas de diferentes colores, todos ellos tonos tierra y pastel. Aspersores en funcionamiento, olor a hierba fresca. Alcanza a ver un parque. Entra en él. Reduce la velocidad y sigue andando. Una cancha de baloncesto y unos bancos. Se sienta en uno. Al lado suyo, un gato dormita, marchando en cuanto advierte la presencia de un humano. En un árbol, un búho mira a través de su cuerpo, musita su lengua. Él se levanta. Dando vueltas en la cancha de fútbol y cansado, muy cansado, sus pies se deslizan sobre el asfalto pintado de gris, con pereza, sin dejar nunca de rozar el suelo, siempre la punta o el talón, tantos círculos como estrellas puede contar con la mirada puesta en la bóveda de su parcela de cielo. Cuando no puede más, deshaciendo -con la densa lentitud de quien ha vivido una derrota- todo el camino andado. Vuelve a sentarse en su porche fumando otro cigarrillo amargo y sepia. Dedos manchados de tabaco inglés. Clarea ya. Los párpados caen, temblorosos y húmedos, sobre sus ojos. Sube a su habitación y se sienta en la mesa. Cogiendo una libreta empieza a escribir: “El ruido de los árboles contra la persiana es insoportable para mí.” Para. Volviendo a la cama cierra los ojos. Desaparecen todos los sonidos. No existe el perro ladrando de su vecina. La gente comenzaba a despertar. Lo invade el silencio entre el bullicio.

Respiró profundamente y decidió olvidar la noche.