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Hubo un verano perverso,
tan nítido
como los ojos
de un ciervo recién nacido
tan preciso
como las campanas de un funeral.
Caminé sobre hojas
cortadas por la lluvia de aceite,
con los cuerpos de los hombres
abandonándome
hasta que encontraban
el alcohol en mi ombligo
y lo sorbían,
hasta que llegaban sus manos
para enseñarme
que la voluntad es inútil en la noche.
Ese verano llegaron los extranjeros
cargando en mi espalda
sus ciudades natales,
contándome cómo la hierba
se expande tanto en sus países
que las casas retroceden,
cómo los zapatos
se llenan de barro
si se dejan en el jardín
y que el sexo
se practica en las ventanas.
De esas casas largas
como cuerpos extendidos
que buscan tocarse con las yemas
y morir de placer
sobre una moqueta empapada.
Un verano tan cierto
que borró el mar, borró los barcos,
las palmeras y las adelfas.
Un verano del que recuerdo
agua blanca,
los ojos cortados de Buñuel,
el sol que brota entre el trigo
y el grito, solemne,
de tirarme al vacío.