david

Dave y Mike son gemelos idénticos. Yo nunca he conocido al segundo, pero siempre llamo Mike al primero. Él me ha visto crecer, me vio cantar mis primeras canciones en el karaoke de la esquina, desafinando ya desde los doce cuando emulaba a Janis Joplin con unas gafas redondas y enormes que me había regalado mi padre para que yo también perteneciese a su generación beat, y yo, con mi corazón roto y mi garganta más atónita que desgarrada, con mi Malibú piña en vez de whisky y cocaína, fui creciendo hasta que el baño fue testigo de mis primeras y tristes vomitonas, hasta que los ceniceros recibieron mis primeras colillas, hasta que sobre los posavasos se asentaron mis primeros jaggerbooms y hasta que, un día, sin previo aviso, alcancé la edad de Dave, y los dos gemelos se convirtieron en un solo hombre atractivo. Estaba ya muy borracha cuando terminé de cantar mi tema favorito, I am the walrus, y quizás porque sentirse una morsa es lo más cercano a ser libre por completo, le dije en un inglés atropellado que en otro universo, donde él no estuviese casado y yo no tuviese un novio con el que fuera feliz, esa noche él y yo podríamos pasar una crazy night together. Horas más tarde, cuando llegué a casa, vi un mensaje suyo en facebook. Ni siquiera sabía que lo tenía agregado. Todavía le debo tres euros, y me lo cruzo de vez en cuando en la cafetería: nos sonreímos con timidez. Tal vez le debo una noche de locura, en este universo o en el que pudo ser.