guadalix

Éramos diez en aquella casa de un pueblo a las afueras de Madrid. Algunos preparaban pasta con salsa de tomate que olía a cualquier cosa menos a eso, otros distribuían las habitaciones, y un par de ellos estaban contando aventuras sobre los primeros meses estudiando en la capital. Hacía tanto frío que la chimenea de carbón encendida parecía mera decoración. Yo miraba una versión reciente de Oliver Twist que echaban por la tele, esperando que algo interesante ocurriese, y miraba de vez en cuando a mi novio, que estaba en una esquina del salón escribiendo en su libreta, probablemente algún poema que luego, muy a mi pesar, me enseñaría.
Me levanté y fui hacia la ventana. A través de ella vi, por primera vez, una vaca de ésas moteadas en blanco y negro que yo creía que se encontraban solo en Suiza, pastando alegremente, y un señor con una bolsa regresando a algún lugar fuera de mi vista con una bolsa del pan. El pueblo era precioso: si aquello hubiese sido un cuento, hubiese sido idílico. Las carcajadas no cesaban y, de pronto, unos brazos estrecharon por detrás mi cintura. Con su acento mallorquín me leyó unos versos, al oído, sobre algo que no entendí y que no recuerdo, y miré hacia la cocina: la pasta estaba lista.
Era el puente de diciembre, y en aquel pueblo rodaban Gran Hermano; pero nosotros no vimos nada de eso. Solo recuerdo la panadería, el señor, el poema, la pasta malísima hecha con tomate de bote, diez personas sin rostros definidos, riendo, y una ventana empañada. Después del poema, lo único que quise fue abrirla y, tal vez, como si aquella casa también fuese un plató de televisión, aparecer en mi casa, y que todo aquello no fuese más que un mal recuerdo. El frío, a veces, no restituye la memoria.