poe
Me encontre a esta muchacha sentada junto a mí, comiendo un sandwich de pavo y queso edam. Traté de esquivar su mirada, pero ya a la tercera vez fue la vencida y le pregunté si me conocía de algo. “Somos primas, lejanas, pero primas”. Me recordó que de pequeñas habíamos ido juntas a ver unas tumbas de una momias con la familia al completo. “Es que no has cambiado nada”, añadió.
Fuimos a ver el Museo de Cera de la ciudad, y nos encantó la reproducción de Edgar Allan Poe con un gato negro. Estaba sonriendo. Él, el gato simplemente jugaba con un ovillo y nos miraba fijamente. Mi prima me dijo que de niña yo era una chiquilla graciosa pero algo espabilada que siempre preguntaba por qué a todo y que andaba con un libro a cuestas.
Pasamos por debajo de un andamio de un edificio en reparación. “Aquí vivía yo, pero la vecina hacía zumos de naranja a todas horas y me mudé por el ruido”. Seguía sin reconocer su cara, pero teníamos cierto parecido. Llegamos a la boca del metro para despedirnos. Me dio una fotografía en la que salíamos las dos juntas. “Siempre la llevo en la cartera”. Aparecían las momias detrás. Y ella sujetándome por los hombros. Cayó una maceta desde lo alto y le dio en la cabeza a mi prima. Mientras la miraba palideciendo en el suelo escuchaba los latidos bajo mis pies. Se me olvidó decirle que aquella niña no era yo.