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Cuando te tumba la locura
Como el tiempo golpea al nómada;
Tiembla, tiembla precisamente entonces.
Tiembla porque la locura es un vicio
Tan eficaz
Que compra a precio de reserva
La mancha matemática
Del aceite en el agua;
La luz
De una cuadra perdida
Donde ese caballo relincha
Cuando repican las campanas.
Lo compra todo.

Cuando te tumba la locura
a ti, que ya conoces
la línea precisa
Que separa el negro y el blanco
En un tablero de damas.

Entonces corre, corre y tiembla.
Tu sangre espesa como la de un peón
Como una voz
Tú la haces retumbar
Entre estos cuartos
de cal
y de indecencia
“Ven, acércate a escuchar conmigo
Al vertedero de elefantes rojos”.
Y vas, deprisa, con el ansia
De revelar si existen. Y los ves.
¿Los ves?
Tan claros como los caballos,
Y la máscara de luciérnagas
Que te despiertan cada madrugada.

Tiembla, mujer nerviosa
en el cuarto de los alumbramientos,
porque el profeta fuma aquí contigo
y, a pesar de ello,
no te ilumina en absoluto.
Cuerdos del mundo,
no os mereceis ni tener un reloj
que os indique la hora.
Teneis sin duda el exterior,
Podeis ver como corren,
friegan y barren,
cosen y siembran
y enloquecen los hombres de la calle.

El día, la noche están tan claros
que no tenéis más que una duda:
si sois la risa de vuestro hijo
o el llanto de una madre.

Tiembla. Sí, eso ha sido una sacudida
Y un profeta llorando porque miente.
Coge de la mano al laurel
y que de tus heridas broten ramas.
Mañana, al alba,
Mañana repicarán las campanas.
Los locos serán ellos
agarrados a las iglesias,
preguntándose por las líneas
inciertas que separan las casillas.
Y tú, dominarás la tierra,
Con tu temblor.

No tendrás que disimular más
que eres tú la elegida.