montañaamarilla

La montaña recoge la noche
con su dolor furtivo
en este cálido octubre
esperando los pasos del dueño
consagrado a licuar
la brevedad del presente
y a destilar las estrellas cuando amanece.

No sé cuándo descubrí el ocre
ni mi destino:
Es allí donde vamos a verter
todo el alcohol
que reservábamos.

El vino blanco, la cerveza,
el cortejo del sabio
y el vermuth rojo
nos pertenecen sólo a los indecentes.

A un lado de la sombra,
queda la mancha del desencanto:
Los humanos quieren ser perros
peleándose por el lugar
de los pájaros inmortales,
y los perros quieren ser hombres
desechando soledades de alta graduación
al ver estrellas en el suelo.

No nos hacen falta en la montaña
el lento reemplazo de las gaviotas
ni las piedras triangulares
sobre los pies de arcilla.

Sólo un adelanto,
un poco de arena blanca
y una inquisición que permita la fiesta,
un extravío,
una forma más de despertar.

|Fotografía de Rita Ch|