Kim gordon

La dependienta de Zara vivía a las afueras. Se había ido de su hogar para convertirse en escritora, pero todo eso era ahora un vago recuerdo que a veces resonaba en sus oídos y le producía terror, de ese que te levanta del asiento sin contemplaciones. Cogía el metro cada mañana a las siete. Entraba a trabajar a las diez, pero le gustaba sentarse antes en una cafetería y leer periódicos en varias lenguas, hacer los crucigramas y perder la mañana antes de entrar a trabajar.

En el metro le gustaba sentarse rodeada de extraños y ponerse los cascos. Escuchando a Pete Doherty los imaginaba hablando de matar al dolor y de cubrirse las cicatrices con maquillaje para parecer personas de bien. A veces, leía a poetas desconocidos y olvidaba bajarse en su parada. No le importaba, podía ir siempre andando a la Calle Barcelona, tenía tiempo de sobra. Pensaba en todos los metros en los que había estado, en todas las cafeterías de todas las ciudades y en todas las tiendas de ropa que había en el mundo ahora mismo iguales a la suya, donde probablemente sonase el mismo cd pregrabado y dependientas como ella doblaban jerseys de toda la gama de colores existente con avidez.

No amaba su soledad, como afirmaban algunos en sus películas, libros y vida real. Ella vivía en una impuesta relación consigo misma que iba perdiendo el sentido. Cuando cerraba los ojos sólo veía percheros, camisetas, túneles de metro, palabras de crucigramas y algún verso que le hablaba de adoquines mojados por la lluvia. La ciudad la había engullido, como si fuese una serpiente y ella un elefante, y ahora sólo le quedaba ser consumida por los jugos gástricos de ser una desconocida cualquiera, en el centro de un universo con forma de sombrero.

La dependienta de Zara comía un brownie hecho por ella en el metro de regreso a casa. Entre todas las soledades compartidas a veces soñaba, sin demasiadas esperanzas, que una de ellas se le acercase y le preguntase por esa novela que nunca llegó a escribir.

|Imagen de Kim Gordon|