katia

Katia es la tía de Sasha, el camarero de la Terraza. Debe rondar los ochenta. Tiene el pelo corto y rubio, está algo encorvada y es delgadita como un niño del neorrealismo italiano. En Roma fue tratante de arte y la película Novecento, de la que hablamos mucho, define muy bien lo que vivió su familia. Su familia ahora no existe, lo pasaron mal, “pero fueron felices”, cuenta ella.

Al principio solo era la mujer de la mesa de al lado, siempre con su perro Josh, jovencito y tranquilo que bebe agua del cazo que le pone George en la esquina. Katia se sienta todos los días a las dos y media y siempre le echa demasiada sal a la comida. Siempre pide el menú del día y Sasha lo trae con devoción, ella lo acompaña con una copa de vino blanco y nunca come el postre ni toma café, solo un par de rayos de sol tras el copioso almuerzo. Luego, tiene una charla con los habituales.

Katia chapurrea el español con la destreza del caracol lento que sabe inmiscuirse en el idioma ajeno con pocas palabras dignamente colocadas. Las completa con algo de italiano y todos la entendemos. Pero Katia escucha más que habla. Cuando habla, eso sí, todos nos mantenemos perennes de atención, como quien escucha al oráculo de Delfos, con todas sus historias sobre ser una mujer entre cuadros durante los sesenta y setenta en la capital de Italia.

Mamadou se pasea con un bolso de ropa por el restaurante. Casi todos lo ignoran y bajan la vista para no concederle la oportunidad de que les enseñe su muestrario, pero Katia lo saluda y lo deja desplegar todas las coloridas camisas de verano y primavera y los pantalones que pueden quedarle bien a Sasha y le compra lo mejor del género al senegalés.

Katia ahora no puede salir, ya no viene por el restaurante. Nos enteramos que se ha roto la cadera. Es ahora Sasha quien pasea a Josh cada mañana y cada tarde. Nosotros le mandamos libros, regalos, la prensa del día, y George le prepara un recipiente con el menú de hoy, que seguro salará demasiado en su casa.

Echo de menos a Katia. Me hace, extrañamente, echar de menos a Bertolucci y cambia mi mirada sobre la terraza, ya todos sus habitantes son menos italianos que antes. Josh ahora está más triste, bebe agua con la lengua más corta. Ahora Mamadou pasa de largo y Sasha ha decidido marcharse a vivir a otra isla. Le he enviado un poema a Katia y un cojín que le hizo mi madre para que estuviese más cómoda en su reposo. Recuerdo a Katia sonreír recordando a sus padres ya muertos y decirme, “no te preocupes Alba, ellos sí creían en Dios”.