girasol

Esta vecina mía sufría alegremente hiperestesia. Todos sus sentidos desproporcionados le daban una concepción profunda y dilatada de sí misma y su existencia. Leía libros de letra muy chica. La realidad le parecía fascinante pero también una suerte de caleidoscópica pintura hecha por un tipo puesto de setas mexicanas.
Tomaba el café conmigo por las mañanas. Poca azúcar, menos cafeína. Las distancias no eran su especialidad, las confundía, todo parecía estar demasiado lejos, eran tan grandes las cosas chiquiticas. Mi vecina se ahogó en un lindo charco azul. Pensó que era el mar. Y que nadaba con delfines que en realidad eran minúsculos peces que habían salido de una cloaca cercana.
Echo de menos nuestro café y las conversaciones sobre las plantas gigantes de nuestro vecindario. Ella las llamaba girasoles, a esas minúsculas margaritas.