desiertomujer

David se acercaba por el paseo. Había llegado de Noruega hacía un mes y había conocido a Sofía la semana anterior. Era un nórdico alto y pelirrojo que vestía siempre de blanco, de pulcro lino y medía casi dos metros de altura. Sofía se estremecía cada vez que lo veía aparecer por allí, lo que había sucedido dos veces. Se acercó a él, y él extendió sus brazos y le dio un achuchón. “Tenía muchas ganas de verte”, le dijo en inglés, y ella notó cómo se le erizaba el vello. Él tuvo una súbita y evidente erección, así que se alejó suavemente de la chica.

Pasearon cogidos de la mano bajo el sol. No tenían mucho de que hablar. Alternaban silencios con elogios. A fin de cuentas, él tenía treinta años y ella quince, y ni siquiera tenían la misma lengua materna ni un tema común que les interesase. Por ahora, Sofía había descifrado que él había huído de Noruega por estafar a un banco y robar Rolex, y que era hiperactivo, hechos que no hacían más que aumentar su interés. De pronto, David paró en seco delante de una cabina telefónica y le dio un beso en la mejilla.

-¿Quieres salir conmigo el sábado? Voy a ir con un amigo a fumar un porro a Montaña Amarilla.

Sofía asintió ávidamente. Se separó de él y se fue patinando torpemente al restaurante de una amiga. Eran las seis de la tarde, intentó girarse para ver a dónde iba el noruego pero no logró verlo. Al llegar, su amiga y el hermano estaban sentados a una mesa, bebiendo, con signos de estar ebrios.

―¿Hoy no abrís?

―Mis padres están en una ruta en moto. Nos han dejado a cargo del restaurante.

―Qué locos, ¿No?

―Ya no queda casi nada en el bar, pero sírvete.

Sofía fue hacia la barra y se puso una copa de vodka pomelo con mucho hielo. Acabó la botella.

―¿Algo que contar? ―preguntó Sara.

―Me encontré con David, el noruego, me pidió una cita el sábado.

Sara se arrastró como pudo para prestar atención, pero Sofía no tenía nada más que contarle del asunto. Dio un trago largo al vodka y se subió a la mesa. Empezó a bailar sobre ella, pero se cayó contra el suelo y la mesa salió volando con todo lo que había encima.

―No te mezcles con nosotros Sofía, no te lo recomiendo. Somos mayores que tú.

Juan, el hermano de Sara, solía ser paternalista con ellas, lo que molestaba a Sofía. Tampoco él estaba en excelentes condiciones. Seguía haciendo un calor de perros en aquella terraza y los tres se quitaron la camiseta poco después. Ellas se quedaron en bañador y él con el pecho al descubierto.

Tengo quince años. Voy a buscar la serenidad en el cuerpo de un vikingo. Quiero acercarme y olerlo, aderezarme de él. Millones de generaciones de grupas de vikingos me penetrarán una tras otra en un baile perpetuo. Será mi rito de iniciación. Me estremeceré entre la sangre, entre el oro de sus coronas, entre sus barcos en los mares del norte. Me despediré de él cuando marche a Brittania a contar las historias de sus tierras.

Tengo quince años, mi cuerpo es del sur, y no quiero que me posea el sur, su viento y sus adelfas rojas, no quiero estar contaminada por este desierto. Marcharé, seré la destinataria de la nieve.

El sábado por la noche en la Montaña amarilla aparece su cuerpo de lino. Son seis hombres y Sofía, fumando marihuana entre las rocas, hablando en inglés. Juan le traduce a Sofía todo lo que no entiende, intercalando consejos. «Vete», «Marcha de aquí». Sofía le saca la lengua. Casi a las cinco de la mañana van yéndose algunos de ellos.

―¿Qué es lo que más te gusta hacer Sofía? ―pregunta David.

Ella se encoje de hombros.

―Me gusta la música.

―Tengo mucha música en casa. ¿Quieres venir?

Juan se retira cabeceando y haciéndole advertencias a Sofía.

David se acerca a Sofía. «¿Te das cuenta de todas las posturas que podrían hacerse en estas rocas?». Empieza a hacer gestos, como si estuviese follandose a una piedra. Luego se acerca y besa a Sofía en la boca. Ella nota que él tiene una erección y él que ella está tiritando. La abraza fuerte. Sofía tiene la piel de la cara ardiendo por los vellos gruesos de la barba de tres días de David.

Abrázame fuerte. Eres mi mujer del sur. Mi pequeña Lolita del sur. Recuerdo cuando te vi por primera vez, morena y con tu sombrero blanco, en bikini, en el restaurante, sobre las piernas del padre de Juan, restregándote contra él. Con tus quince años, quiero desvirgarte. Quiero hacerlo hoy, mientras sopla el viento, mientras todo el mundo ignora que existimos. Sopla el viento, sopla otra vez, hace calor, quiero comer el calor y soplar frío. Sobre tu cuerpo virgen. Inexistente aún. No lo sabes. No sabes nada.

La cogió en brazos y siguió caminando. Ella le miraba los pies. «¡Tienes los pies gigantes!» «Un cuarenta y siete». «Yo un treinta y cinco». La puso en el suelo. Ella llevaba un traje negro y él estaba vestido de blanco por completo. «Mira, somos completamente distintos». «Somos complementarios».

Entraron en la casa y él volvió a cogerla en brazos, tan pequeña. «Vente conmigo a Suecia, mañana». «Vale». La desnudó. La observó desnuda y morena sobre sus sábanas blancas. Se quitó la ropa y puso música. Ninguno se preguntó nada. Él se puso sobre ella y ella se dejó hacer.

Y el tiempo no es más que un tránsito inventado por el hombre. El antes y el después. Entrar o salir del reino vegetal. Volver a observar los orificios ahora completos por la necesidad. El lujo absoluto del engaño, el placer completo del olvido. La locura intensa del olvido. Aunque la inmensidad dure lo mismo que un grano de arena. Una vez, dos veces, tres veces. El frío, el calor, y la calma. Inmensa, la calma inmensa del grano de arena.

Sofía tiritó y David apagó el aire acondicionado y encendió la ducha. Se ducharon juntos, mezclando sus colores de noche y día. Ella se enrrolló en una toalla. Él volvió a vestirse de blanco.

Volvieron a empezar. Hablaban de barcos. De desiertos.

Decidieron salir a pasear. El bar de Juan y Sara tenía la luz encendida. Los dejaron pasar y les ofrecieron vodka con pomelo. Se embriagaron hasta que David cantó en noruego.

―Mañana nos vamos a Suecia ―dijo Sofía.

Sara rió y Juan ladeó la cabeza. Pronto salió el sol y David se despidió de ellos. Cogió a Sofía por la mano y se la llevó de allí.

Poco después el vikingo y la bereber desembarcaron en Escandinavia. Se perdieron en el solsticio de verano. En un hotel en la isla de Ôlan cada noche él le chupaba cada uno de sus pies de desierto, cada uno de sus granos de arena, entre el frío y el calor, y por el día, soñaban que se habían conocido en un camino del sur mientras ella paseaba en patines en bañador.

Ilustración: Diego Mille Notario