doctor

Pasó con la compra por delante de una consulta médica. Tenía un moratón en la muñeca que se había hecho la noche anterior, dándose golpes contra la cabecera de la cama mientras tenía una pesadilla sobre perros gigantescos. Entró y vio la consulta del psicológo. Tenía la puerta abierta y un hombre con bata fumaba un cigarrillo negro dentro, sentado, mirando por la ventana. Entró sin pensárselo demasiado. Le preguntó si tenía un hueco en la agenda pronto y él le contestó: “Ahora”. Dejó la bolsa del supermercado en el suelo y se sentó frente a él, al otro lado de la mesa repleta de papeles y carpetas, un cenicero y un ordenador portátil. Durante unos minutos estuvieron en silencio. Ella quería mirar la hora, pero el reloj quedaba detrás de su cabeza y le daba vergüenza girarse. Hasta que él preguntó: “¿Por qué estás aquí?” “Quiero irme, pero no sé cómo”. “¿A dónde?” “No lo sé, creo que a donde nací, o a otra ciudad, o a un lugar que no conozca, o donde nadie sepa quién soy. Solo quiero irme, pero no sé cómo”. Él siguió fumando sin decir nada. Empezó a escribir en su libreta mientras la ceniza caía sobre la hoja y volvió a hablar. “¿Qué te retiene?”. Ella calló. No quería decirlo, no quería pensarlo y no quería admitirlo. “No lo sé, no estoy bien”, dijo al fin. Terminó la consulta. “Vuelve la próxima semana y por ahora, simplemente, deja las decisiones para cuando te sientas mejor. Paga en recepción”. Salió de allí, pagó y regresó a casa.
Esa noche, al quedarse al fin dormida, volvió a soñar con los perros gigantescos. Y al día siguiente también. Una semana después tenía la mano ensangrentada, probablemente rota. Se acercó a la consulta médica a la hora acordada para su cita con el psicólogo. Vio la puerta abierta, al hombre con la bata fumando y los papeles desordenados sobre la mesa. Se acercó a la recepción y preguntó por el traumatólogo.