marlon
Pensaba que el tiempo me trataría diferente a los demás. Solía mirarme los pies descalzos cuando estaba sentada sobre el sofá y pensar, “ahora nunca pasará, ahora nunca pasará”, y como si fuese una tortuga a la que no le han enseñado que también su caparazón puede abrirse con un cuchillo afilado, pensé que podría detenerme en los catorce años y en aquel verano en el que vi, con asombro, como el rostro de Marlon Brando se transformaba entre sombras en el horror puro, en su propio enemigo, y como yo misma era capaz de convertirme en otra persona solamente en el trayecto de un ascensor. Somos todos, quizás, unos pocos solitarios que corremos bajo la tormenta del tiempo, desesperados para que no nos arrastre el lodo que queda tras el agua que empapa cabellos, camisas y lágrimas. Todos somos el Coronel Kurtz, al final del río, encontrando la libertad propia en un único espacio en una mirada sola que no interfiera con el mundo. Nunca salí de aquel sofá. Nunca acabó aquel verano, conseguí que nunca pasara, que nunca pasara, pero me miro al espejo y veo como mi cuerpo ha consumido a una memoria sin mácula. Quizás algún día pase la tormenta, Marlon salga de las sombras y yo logre detenerme en el presente.