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EL SECRETO DE MI MADRE

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Siempre me han dicho que parezco hindú, y cuando era pequeña y entrábamos en alguna tienda de eléctronica de Santa Cruz regentada por hindúes me hablaban en su lengua y yo le preguntaba el porqué a mis padres con extrañeza, y ellos me contestaban: “Es que de bebé te compramos a cambio de dos vacas” y yo me enfadaba por la broma y reía con ellos.
Cuando empecé a ir al colegio, mi madre me llevaba cada día y yo al despedirme le decía “Adiós Margot”, y los niños me preguntaban que por qué no llamaba a mi madre “mamá”, y aunque yo les respondía, “que porque se llama así”, a los diez años una compañera de clase me hizo una pregunta que yo antes no me había formulado: “¿Es que eres adoptada?”, y la verdad es que no pude dejar de pensarlo durante todo el día.
Al llegar a casa y como haría cualquier niño de esa edad ante semejante duda, y estando mis padres trabajando de tarde, me puse a investigar en “la gaveta de los papeles”. Rebuscando y rebuscando encontré el primer documento que podía ser útil: el libro de familia. Lo abrí, y efectivamente aparecían Ramiro y Ana María, mis padres, y en la tercera página yo. Pero sobre mi nombre había un sello que marcaría mi vida y mi identidad para siempre: “ABONO EN PAGO ÚNICO”. El corazón me dio un vuelco. Era la prueba de que efectivamente, había sido comprada por mis padres, en efectivo, y de una sola vez. Rebusqué fotos de mi madre embarazada, mías de bebé, y ni rastro… Desesperada y con lágrimas en la garganta llamé a mi tía Menchu, mi madrina y le pregunté: “Tata, ¿Tú viste a mi madre embarazada?” y ella me respondió: “No Sabi, yo en esa época vivía en Madrid”.
En ese momento, con el suelo lleno de fotos y la prueba irrefutable del abono en un solo pago estallé en un llanto irreprimible hasta que mis padres llegaron y me encontraron roja como un tomate, sentada en el suelo rodeada de fotos viejas. Me senté con ellos en el salón y les pedí explicaciones. ¿Por qué guardarme aquel secreto durante tantos años? ¿Por qué las mentiras? Ellos me contaron que por aquella época no tenían cámara de fotos y que el abono se refería a una ayuda que daban cuando nacía un bebé y te sellaban el libro de familia cuando la habías recibido. Les pedí más documentos, y mi madre se puso a buscarlos, y me pidió perdón porque no es ordenada y no encontraba nada más. Es decir: no me convencieron en absoluto.
Durante un tiempo tuve pesadillas con una familia de feriantes flamencos que venían a reclamarme en una caravana y me llevaban lejos. Seguí intentando que Margot confesara la verdad, pero nunca lo conseguí. Al cabo de los años, acabé aceptando vivir en negación y aceptar que nunca sabría lo sucedido.
El año pasado, Margot, haciendo limpieza, me llamó desde la planta de arriba: ¡Sabi, Sabi, corre , ven! Subí.Veinte años después, había encontrado el registro de embarazo. Aparecían fechas, peso, ecografías, el seguimiento del doctor. Una prueba, convincente por fin, de que efectivamente, desde marzo hasta diciembre de 1984 había estado embarazada. No sé si el papel es real o falsificado, pero bueno, algo más tranquila estoy.
A todo esto querida Margot, quiero confesarte que a mis treinta años hemos pasado mucho tiempo juntas, tenemos recuerdos imborrables, como cuando tardastes cuatro horas en hacer la lasaña y al sacarla del horno se te cayó al suelo y acabé comiendo un bocadillo, cuando nos quedamos en el sur sin llave y tuvimos que volver al norte a cogerlas a escondidas de Rami, cuando me escapaba del instituto para ir a desayunar contigo al trabajo, o la vez que nos quedó el coche sin batería y el móvil sin saldo en medio de una carretera secundaria en el sur, cuando te paró la policía porque te saltaste el stop y le dijiste trescientas veces que no habías bebido sin que ellos te hubiesen preguntado nada, o tantas veces que me has dejado sola en la caja del súper a “buscar algo” y cuando has vuelto, ya me tocaba y yo estaba sola y sin dinero. En fin, esos grandes momentos de la vida que uno enmarca en fotografías.
Y por todo ello y mucho más, te quiero decir, que lo sé, y que de verdad, nunca podré agradecerte lo suficiente las dos vacas que invertiste por mí. No podría haberme tocado una madre mejor.

1 Comment

  1. Iván Cabrera Cartaya

    May 9, 2015 at 9:54 pm

    Tus orígenes siguen en entredicho y tal. Hermoso texto. Espero que algún día podamos encontrar a tu familia biológica y vivir todos juntos en Bombai o Sri Lanka.

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