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A Raquel Martín Caraballo

A los tres años Raquel creía en dos cosas: su padre y que el sur empezaba donde un sol sonreía rodeado de ocho rayos triangulares.

El camino desde Santa Cruz cada verano era largo. La autopista, un desierto sin mácula, salpicada a ambos lados por casas de pescadores y fábricas viejas donde, a veces, olía a pescado y otras a cementerio. Raquel a ratos dormía y otros no podía sino observar el mar con una devoción firme en la deidad del Sagrado Verano. Raquel no soñaba, como otros niños, con que volviera septiembre.

Raquel, había pasado el curso aprendiendo cómo esquivar la rutina. Cuando volvía a casa, Andrés, su padre, le leía en la biblioteca, y ella sólo intuía, con su memoria imperfecta de primera infancia que en algún momento de eso tan vago llamado tiempo, llegaría esa autopista y la caravana de coches donde primero Andrés y Lusa, sus padres, y luego Guillermo y Luisa sus tíos, los llevarían a ellos, los primos, al pequeño paraíso con un nombre de seis letras.

Soñaba despierta en la ruta con la bicicleta de cuatro plazas en la que daría paseos entre Maravilla y Eureka con su hermano Luismi, y sus padres, con salir a la hora de la siesta con sus primos Guille, Rebeca y Eva a coger lagartijas entre las piedras de Frontera-Primavera, donde un día, despareció Colón, su perro; aunque ellos sabían que seguía siendo feliz con una familia de amables belgas.

Más allá, al pasar el aeropuerto, veía al chimpancé que iban a tocar en su urbanización, y deseaba estar allí para subirse en el tren, el único tren de la isla que la llevaba junto a su familia a dar vueltas por el Damon Park, donde además se subirían en las barcas. Luego Raquel jugaría infinitas partidas de mini-golf con su padre. Cambiarían las letras por veranos al aire libre y ser una niña en la que agosto es un mes eterno, un tiempo que se dilata y dura una vida entera.

Entonces llegaba el cartel. En lo alto de la autopista, a lo alto del mar, el sol troquelado dividía Ten–Bel, las palabras mágicas que lo significaban todo para Raquel. Ese cartel gigantesco para sus ojos que le daba la bienvenida al paraíso. Esos ojos que la miraban desde dentro del círculo amarillo. ¡Ciudad de vacaciones! Decía. Pero era más que eso. Aquello siempre fue, para ella, el principio del sur y el creer en su padre.