20150821 terapia

La psicóloga, Ana, le tenía especial cariño a Valentina, a quien llevaba tratando once años. Era una mujer con un largo historial de bipolaridad que sufría depresiones constantes. Había sido internada dieciocho veces desde su juventud, pero solo una desde que estaba con Ana.
Ana no era muy ortodoxa con Valentina, tampoco era muy ortodoxa consigo misma, su propio hijo era bipolar y a veces ella misma necesitaba sentir que estaba al otro lado de la mesa, o al menos pretenderlo, sin dejar de ser profesional; con Valen era diferente. Le tenía mucho cariño. Ella misma se ofrecía a subirle los honorarios cuando le aumentaban la pensión. Ana rehusaba, pero Valen insistía: “Si no es molestia, más para mí, más para ti, por favor”, le decía, y no había modo de rechazarlo.
Al principio pasaba todas las consultas llorando. Llevaba un paquete de pañuelos desechables y lo terminaba por completo. La papelera acababa llena de sus lágrimas. Un día, Ana la vio sacar el paquetito y la miró fijamente: “Hoy uno solo, Valen, ¿verdad?” La paciente asintió, se quedó con un pañuelo en la mano y le dio el paquete a su psicóloga. Lo hizo a partir de entonces al principio de cada sesión. Solo lloró un pañuelito desechable. El resto los usaba Ana cuando Valentina se marchaba.