diegomille

Se sentó a la mesa de la esquina junto a él, ofreciéndole un brebaje mque sabía a rayos. Él aceptó, sin saber que aquello sellaría un pacto de por vida con la loca de Cohen, que no tendría ninguna misericordia con él, que se lo llevaría lejos, a vivir a un pueblo de pescadores envuelto por la calima del desierto. Bebió el líquido de un trago, sonrió y continuó el juego como si no fuese más que una chiquillada. Los demás, los otros, estaban repartidos en las mesas circundantes, en sus vidas circundantes, llenas de cine, de libros, de música, de estertores de desidia en bacanales malogrados por las noches de viernes ajenos a la locura de verdad, la que se aleja de tópicos sobre que estar loco es estar más cuerdo que el resto y saber demasiado sobre la realidad; sino esa locura que te arrastra hacia el abismo hasta que éste te mira a los ojos, que diría Nietzche. Y él se vio reflejado en los profundos ojos negros que contenían la sabiduría de una diosa egipcia que una vez derramó su sangre sobre la arena que llegó a posarse sobre las aguas del Nilo y descubrió que aquello la convertiría en inmortal: Esa clase de locura. Él sonrió, estaba perdidamente enamorado. Ella sonrió también, supo que quedaba poco para llevárselo para siempre.

Pocos meses después, los viernes por la noche no quedarían testigos hablando banalidades en las mesas de al lado. Solo ciénagas, montañas, desiertos, calima y la locura. Los ojos que ven el abismo y un amor certero y demasiado intenso para ser calmado por la ebriedad.

Imagen: Diego Mille Notario