umberto boccio
Lamento ya
qué será de mí
en este paraíso
sin ciénagas ni orgasmos.
qué será de mí
en esta habitación cerrada,
sin contradicciones
ni heterónimos a los que aferrarme.

¿Qué podré contarle a mi alma?
Cuando me avise que ya no quedan
ancianos protectores,
ni niños buenos,
ni manos grandes
con las que tocar las esculturas
que encontré en Triolet
el último verano.

¿Qué queda ya tan real?
Tan real que el cielo
tuvo que avisarme
de que era todo o nada
y que los hombres
corrían hacía mí por mi mente:
Nunca por mi cuerpo,
nunca por mi melancolía.

Ya no podré mirarte de reojo
ni llamarte por tu nombre
ni admirar a los que admiras
porque ya no soy la muchacha
sentada sobre tus rodillas
que lamentaba que los nórdicos
viviesen tan lejos.

Hay un momento
en esta certeza del desánimo
en el que sigo siendo feliz
a pesar de las repisas
llenas de dulce de leche
y a pesar de las tinieblas.

Como si el tiempo me fuese
algo anónimo e indiferente
te miro,
y entonces me escucho,
me digo que quedan años
para sosegarme
para no tener
estas ganas tan terribles
de contemplar cómo me desvanezco
en la continua espera
de Platón y su desánimo
de Kant y sus continentes
de Simone y su sexo
tan libre, tan certero.

Desapareces.
Me llamas y desapareces
para encontrarte,
tú que me has buscado,
que me has dicho tantas veces
que las ruedas sólo sirven
para llegar al futuro,
tú que me has dicho que la tierra
al mezclarse con agua
se convierte en pájaro
y que Jesús también fue un niño.

Ahora entrégame lo que es mío,
coge todos los relojes
y todas las pastillas que me quedan
y mide con la mano
el peso de una luna intacta
y mide a conciencia
el peso de la música
de Debussy
que me has concedido.

Guarda las hebras de tabaco,
ya no quiero fumar después de tocarte
ni quiero volver a reconocerme,
ni quiero salvarme,
ni quiero estar despierta.
Sólo necesito un trago para volver
a donde nos conocimos
y respirar:
Eres tú quien descendió al paraíso
en vez de quedarte conmigo.