cuando cuentas algo a alguien...

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V38

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Vivo al lado del vertedero número 38, una montaña de envases viejos que aún no se han fabricado, envases que serán —no lo veré— recipientes de los deseos de los hijos-de-hoy. Todo lo cubre media circunferencia de polvo tan denso que parece jarabe, tan gris como una piedra antracita americana.

A veces me acerco al v38 y me dejo caer sobre la nube, me dejo caer como si mi cuerpo reposara sobre una manta de heno en un prado verde, francés y que huele a eternidad. Me miro entonces las manos, o más bien miro cómo el polvo hace desaparecer mis manos, e imagino que están en un lugar mejor, tocando a alguien a quien tal vez amé o amaré, alguien a quien le gusta que le toquen mis manos, una hija de piel pálida y pelo blanco, una niña-vieja que sólo quiere cantar a medio mundo de distancia, a pleno pulmón, que todo estaba bien, que mis manos fueron felices en sus mejillas. Mi hija no sabe nada de mí, no lo necesita, nunca le conté que los días antes de que ella llegara son tan espesos como este polvo, y que sólo nos separan unas pocas moléculas de cuerpos rotos por el tiempo, expulsados de la boca cruel de esa vida que es tan solo una forma más, y ni siquiera diferente, de medir la soledad.

Vuelvo a mi casa, abro las puertas de cristal y miro desde allí el vertedero, ya tengo mis manos otra vez, ya no toco a mi hija, ya no tengo hija y no hay ningún prado sobre la faz de la tierra, ya solo soy yo, detrás o delante de un cristal, tratando de contener la urgente necesidad de comer mi carne y vomitarla sobre la mesa del salón, intentando dormir una noche más, una noche menos, con la seguridad de que precisamente lo que quiero y lo que odio es parte del mismo sueño.

LA DEPENDIENTA

Kim gordon

La dependienta de Zara vivía a las afueras. Se había ido de su hogar para convertirse en escritora, pero todo eso era ahora un vago recuerdo que a veces resonaba en sus oídos y le producía terror, de ese que te levanta del asiento sin contemplaciones. Cogía el metro cada mañana a las siete. Entraba a trabajar a las diez, pero le gustaba sentarse antes en una cafetería y leer periódicos en varias lenguas, hacer los crucigramas y perder la mañana antes de entrar a trabajar.

En el metro le gustaba sentarse rodeada de extraños y ponerse los cascos. Escuchando a Pete Doherty los imaginaba hablando de matar al dolor y de cubrirse las cicatrices con maquillaje para parecer personas de bien. A veces, leía a poetas desconocidos y olvidaba bajarse en su parada. No le importaba, podía ir siempre andando a la Calle Barcelona, tenía tiempo de sobra. Pensaba en todos los metros en los que había estado, en todas las cafeterías de todas las ciudades y en todas las tiendas de ropa que había en el mundo ahora mismo iguales a la suya, donde probablemente sonase el mismo cd pregrabado y dependientas como ella doblaban jerseys de toda la gama de colores existente con avidez.

No amaba su soledad, como afirmaban algunos en sus películas, libros y vida real. Ella vivía en una impuesta relación consigo misma que iba perdiendo el sentido. Cuando cerraba los ojos sólo veía percheros, camisetas, túneles de metro, palabras de crucigramas y algún verso que le hablaba de adoquines mojados por la lluvia. La ciudad la había engullido, como si fuese una serpiente y ella un elefante, y ahora sólo le quedaba ser consumida por los jugos gástricos de ser una desconocida cualquiera, en el centro de un universo con forma de sombrero.

La dependienta de Zara comía un brownie hecho por ella en el metro de regreso a casa. Entre todas las soledades compartidas a veces soñaba, sin demasiadas esperanzas, que una de ellas se le acercase y le preguntase por esa novela que nunca llegó a escribir.

|Imagen de Kim Gordon|

EL INFIERNO DE LOS TIBIOS

ANXIAETY

Hoy he leído EL Gran Gatsby. Tuve la sensación de haberlo leído antes. Ya no recuerdo casi nada, los libros que leo desaparecen de mi mente en cuanto los cierro. La mujer que ve tortugas y piensa que el agua del grifo está envenenada me convence para que juegue con ella al ajedrez. Siempre gana aunque no sabe mover las piezas. El matemático me comenta que los agujeros negros engullen la materia y que allí el tiempo no existe y todos vivimos en el futuro. Me habla de envejecimiento celular en el espacio y de una breve cosmología. “Existe vida en otros planetas, pero no pueden llegar a la tierra”. Yo le comento que a lo mejor viven en otra dimensión, pero me llama loca. Él a mí, que soy la única que ve cómo desaparecen las paredes de viento en este espacio vacío.
Me acuesto en la cama y pienso en El abrigo de Gogol. Soy el fantasma que vaga buscando cómo protegerse del mundo, pero no quedan demasiadas esperanzas, la chica que me lo prestó ya ha encontrado su cordura. Y le ha salido caro, a lo mejor no debiera yo arriesgarme tanto. No tengo porqué seguir sus pasos. Me siento cómoda en este refugio donde nadie viene para quedarse. En este pasillo hacia el exterior o hacia uno mismo, en este lenta lenta e insana espera donde cada cual posee una corona de espinas y se cree el Salvador, el Bienaventurado. Yo siempre he vivido a la espera del Mesías. Que llegue aquí y me explique porqué las moscas revolotean a mi alrededor mientras duermo. Tal vez mi cama es una tumba y todo esto poco más que el infierno de los tibios.

LÍNEAS FRONTERIZAS

tournai

Nunca me habían preocupado las fronteras. No le había puesto asunto al tema. Para mí no eran más que líneas con las que te encontrabas cuando querías cambiar de país, que era como cambiarte de ropa o como los camaleones cuando cambian de color sin querer. Por eso habían dibujado esas líneas, para no equivocarnos nunca, como las manchas, que están en la ropa para que no volvamos a ponernos la sucia dos veces.

Y por eso, cuando crucé la calle para ver el campo de heno que había al otro lado, detrás del supermercado, no presté atención. Entonces escuché una voz extranjera diciéndome: «Eh! Que estás en Bélgica» y pensé que la línea la habían dibujado demasiado fina. Y, cuando intenté tirarme sobre el heno, me di cuenta de que me habían mentido en Heidi de niña, porque era imposible que una cama de heno pudiese ser la más cómoda del mundo. Volví a Francia siendo una adulta, y rebusqué en mi bolsillo los cuarenta francos restantes de la compra de un merengue color rosa.

En el tren que cogimos ya había dos personas ignorando sus respectivas presencias. Una mujer maldita, sentada en el asiento más lejano del vagón dos, daba golpes en el cristal, entre un intento de graffiti hecho con el canto de una llave, que decía «Chlöe es una puta, la chupa gratis», y un corazón a rotulador que ponía «Ricard ama a Nicolette». La mujer vestía como una vagabunda de Leonard Cohen, con falda de flores recogida en el local del Ejército de Salvación, y no tenía dientes, por lo menos a la vista, aunque a lo mejor conservaba los molares, solo que yo no se los vi. Llamaba a un chico que estaba fuera, sentado en el andén con cascos puestos, mirada perdida y mente contrariada, pensando en su novia Chlöe, que tenía mala fama entre los del barrio, consciente de la presencia de la vagabunda sin karma que lo miraba desesperada desde el interior. La mujer gritaba: «Julien, Julien, mírame por favor, no te olvides de las flores», y señalaba su falda, que de todas formas quedaba fuera de la vista del chico por varios palmos. Él no la oía porque tenía los cascos puestos, como si a él le importase perdonar a alguien.

El tren seguía parado por causas ajenas a la voluntad de la empresa, según la voz mimetizada de la megafonía, y una chica corrió de pronto hacia el andén, a toda prisa, gritando: «Julián, Julien, mírame, no te olvides de mis flores”, y luego, cuando logró llegar a él, se dieron un tórrido beso, y las flores se cayeron al suelo, pero no les importó. Mientras, las puertas se cerraban e iniciábamos el viaje, ellos seguían besándose, y la loca de Cohen lloraba porque Julien no la había mirado.

El otro pasajero del tren era un señor serio de mediana edad y aspecto indiferente y de indiferencia, que leía uno de esos periódicos tintados de naranja que tienen pinta de ser tediosos, con esos índices y cifras que revolotean intentando contradecir las leyes de la impresión fotomecánica. El hombre levantaba la vista de tanto en tanto, oteando el vagón número dos, como si fuese a pasar algo terriblemente interesante. Luego volvía a concentrarse en sus apasionantes cifras, y yo pensaba que tenía que ser un montaje porque nadie en su sano juicio lee esas cosas. Pero bueno, la mujer de la falda floreada cantaba el himno de Francia desafinando y ni eso lo sacaba de su lectura, así que o era importante, o él ya había caído en que eso hacía más verosímil su interpretación.

Mi amiga Ana y yo estábamos de pie. Íbamos a la granja de ocas y estábamos ansiosas, queríamos fumar un cigarrillo y charlar como locas de las aventuras que íbamos a vivir trabajando el verano lejos de nuestros hogares, de nuestra lengua materna, conocidos y nimiedades habituales; pero la propia excitación nos dejaba mudas, así que ella me miraba, yo miraba hacia cualquier sitio y escuchábamos silenciosas el traqueteo de las ruedas sobre las vías, con sus sobresaltos y sus quietudes.

Al final, tomé la iniciativa y empecé a caminar arrastrando mis pies enfundados en mis zapatillas violeta talla treinta y cuatro europea hacia el compartimento de cuatro asientos del economista del momento y me situé justo frente a él, mientras el eclipse de su periódico definitivamente no le dejaba ver el sol de mi presencia. Pero pronto intuyó el rumor imperceptible de mi vaivén y se deshizo del periódico asalmonado, abandonándolo en el asiento yuxtapuesto al suyo. Me miró con cierta intriga, como si yo fuese un ser venido desde muy lejos y que portaba una insondable sabiduría que deseaba compartir con él. Entonces habló y mientras lo hacía yo observe su calva, ya casi del mismo color que su periódico por el efecto sobre su cráneo alopécico de la luz que filtraba el cristal del vagón (algo amosaicado, probablemente por impactos de las piedras furiosas de niños traviesos). Me sonrió afablemente, con un gesto mezcla entre Papá Noel y un pederasta cualquiera. «Buenas tardes señoritas, ¿a dónde se dirigen?». Nos miramos entre nosotras seguras de lo inapropiado de responder al sospechoso. “A nuestro destino”, dije, porque a veces el sentido de la ironía puede más que el común. “Como todo viajero que se precie”, contestó el ex-economista. “¿Qué hacéis por aquí?”. Ana tomó las riendas: “Vamos a trabajar el verano en una granja”. Él me miró, buscando, obviamente a mi parecer, un asentimiento por mi parte, como si le diese más confianza mi versión que la de mi rubia compañera. Yo asentí, definitivamente sellando una amistad entre el señor y yo.

Me miré en el reflejo del cristal mientras pasábamos por una pequeña granja de vaquitas que pastaban como en una postal de diez francos de los puestos de souvenirs de La Panne. Me veía un poco verde, y me costaba distinguir mi figura entre los fragmentos internos del cristal, el reflejo del interior y el exterior del vagón; pero me vi la nariz de perfil y me mordí la uña en mi gesto más habitual, para comprobar si seguía siendo la misma de siempre después de tantas horas sin verme. El hombre siguió hablando de pronto, como si el gesto vertical cómplice que le había hecho le hubiera supuesto un insuflo de auto confianza. «Pues yo soy escritor, soy poeta», dijo, y luego hizo una pausa, rebuscando algo en su chaqueta de dudosa calidad y, en su infructuosa búsqueda de un desconocido objeto, regresó las manos para convertirlas en directoras de la orquesta de su verborrea.

Nos contó la historia de sus infortunios. Había nacido pobre, como todo escritor que se precie, en el seno de una familia tan paupérrima que solo tenía una despensa llena de sandías, hijo de un padre tan cruel y autoritario que nunca le dejaba comerse ninguna y que solo les ofrecía, a él y a su hermana Nicolette, las pipas que le iban sobrando, mientras él comía enormes rajas y el sonrosado jugo descendía por sus orondas mejillas. El paquidermo escritor soltó alguna que otra lágrima mal disimulada al decir esto. Entonces él huyó de casa con su hermana, a la que amaba en secreto y con quién luego tendría el mejor sexo de su vida, «pero eso era otra historia», nos dijo evitando hablar del asunto por el momento… Y entonces mal vivieron durante años a base de naranjas en el sótano mugriento de un escritor que estaba obsesionado con la tauromaquia. Yo me preguntaba el porqué tanta fruta.

Él pasaba las tardes escondido con Nicolette en el sótano de la casa del Matador, que era cómo se hacía llamar el escritor, porque su padre lo buscaba «y era hábil y medio brujo para encontrar personas perdidas». Nos relató también con mucho entusiasmo que su padre había encontrado el cabritillo perdido de su vecino, lo había descuartizado con sus propias manos, luego lo había congelado, y cada día contaba los trozos para que Nicolette y él no pudiesen comer. Gracias al Matador él se había interesado por la literatura, porque hasta entonces el único libro que había leído era Cocina tradicional bávara, texto que habitaba solitario en la cocina de la casa de sus padres, y que él leía tan solo para salivar y así tragar su saliva mientras veía las fotos de los platos exquisitos que cocinaban los bávaros desde tiempos inmemoriales.

Cuando paró de hablar, bueno, más bien en un descuido en el que no se percató de que estaba callado, aproveché para preguntarle algo que me turbaba desde hacía mucho: «¿Porqué lees un periódico de economía si eres poeta?», aunque nada más decirlo pensé que a lo mejor yo era demasiado pretenciosa por pensar que un escritor no podía tener conocimientos de economía. Ana me miró con gran reprobación, como si yo hubiese cometido la mayor de las locuras; pero no había podido contenerme a pesar del inminente peligro de una confrontación con el pederasta rosáceo.

«Niña, no es de tu incumbencia», me contestó con un gran desprecio. Y yo me enfadé: «No me creo tu historia para nada, porque nadie puede sobrevivir comiendo pipas de sandía. Si fuera así, mandarían cajas de pipas de sandía a África y se acabaría el hambre en el mundo». «¡Ah! Y es (recalqué mucho el «es») de mi incumbencia, desde el momento en el que tú has contado tu vida en verso de forma totalmente gratuita». Ana hizo amago de levantarse del asiento y agarrarme por el brazo; pero sabía que esas cosas no funcionaban conmigo, porque yo en una lucha nunca me doy por vencida.

En ese punto de los acontecimientos apareció el revisor, con un gorrito la mar de gracioso, una libreta con un bolígrafo estratégicamente enganchado en ella y una máquina que siempre he querido tener, que hace unos agujeros en los cartones, pero no unos cualquiera, sino unos que se llaman «muescas». Obviamente se acercó a nuestra pintoresca triada y nos pidió los tickets con su consiguiente «por favor». Ana y yo los sacamos del bolsito que compartíamos con nuestras pertenencias más imprescindibles. El equipaje lo habíamos enviado por correo, aunque suene raro, porque somos demasiado vagas para cruzar un país con un montón de peso a cuestas. «Estos tickets no son de este tren, os habéis equivocados señoritas». Nos miramos con cierto pánico. «Pero… ¿Se puede arreglar?». «Sí, tenéis que bajaros en la próxima estación y esperar al tren siguiente, ese sí es». Nos quedamos más tranquilas, de todas formas llegábamos con antelación. El ticket del escritor era correcto, así que hasta un loco podía hacerlo mejor que nosotras… Me sentí estúpida, aunque por dentro le echaba toda la culpa a Ana por alguna misteriosa razón relacionada probablemente con el ego.

«¿Y cómo es que te follabas a tu hermana?» Puede parecer que esta pregunta la formulé yo, pero no fue así. De pronto, el sonido silbante y el apestoso aroma a alcohol barato me daban la inequívoca señal de que la loca desdentada salida de una canción de Cohen había venido hasta nuestro pequeño ecosistema a formar parte de él, como una pareja de conejos que decide quedarse a procrear en un desierto. Se metió a grandes zancadas entre el escritor chiflado y yo, y se sentó en frente de Ana y al lado del escritor, y de cerca nos dio la sensación de que se bañaba con la misma frecuencia que un lanzero medieval. Pero nuestro querido autobiógrafo estaba encantado con toda la atención recibida en tan poco tiempo.

Siguió contando su relato, muy a nuestro pesar, aunque también con no cierta dosis de odiosa curiosidad por nuestra parte, aunque se negase a compartir con nosotras el secreto de sobrevivir a base de pipas de sandía. Y resulta que en el tiempo en el que tenían que compartir su guarida con el Matador, Nicolette se empezó a hacer mujer, y él no podía más que admirar como cada mes sus pechos iban creciendo y su cuerpo adoptaba «formas de venus». Entonces él, que por aquel entonces también era muy joven, sintió la necesidad imperiosa y acuciante de quitarle él mismo el virgo, porque, según su propio razonamiento: «¿Quién mejor?» Así que un día, no sin antes pedirle permiso, le quitó la ropa con cuidado y le hizo el amor con la precisión de un experto, aunque, según nos dijo, «también era casto hasta ese día». De todas formas sacamos nuestras propias conclusiones de hasta que punto aquellos escabrosos detalles eran verídicos. Mientras, la vagabunda floreada miraba al escritor maldito con cara de éxtasis divino, como si estuviera relatando sus propias memorias. En un punto asintió, obnubilada, y dijo: «Parece que estés contando mi propia vida». Pero él no hizo más que esbozar una leve sonrisa y continuó relatando la experiencia incestuosa. Nicolette quedó encantada con la dulzura y hombría de su hermano mayor, así que decidió entregarle su cuerpo para siempre. Cada día, a la misma hora, «cuando el rayo de luz que entraba por el desvencijado ventanuco incidía justo sobre la muñeca de porcelana, que el Matador conservaba en una anacrónica mesa-buró», ella se tumbaba y él delicadamente le quitaba la ropa y le «hacía el amor», y ella siempre «llegaba al clímax», sin excepción, profiriendo un pequeño gritito de placer. Y esa fue su rutina durante un tiempo, hasta que un día el Matador abrió la puerta del sótano por sorpresa para traerles comida y se encontró con el cuadro. Su cara se desfiguró en una mueca y, en ese instante, nuestro sonrosado escritor advirtió que no era por el incesto, sino porque amaba locamente a la bella Nicolette. Se acerco a él, colérico, y comenzó a asestarle horribles puñetazos, confesándole que su padre no lo estaba buscando, que todo había sido un ardid que él había preparado para mantener a Nicolette casta hasta que fuese mayor de edad y pudiera casarse con ella y desflorarla. Y claro, el Matador, que a pesar de su nombre era ingenuo como un santo, jamás pensó que él, ¡su hermano!, pudiese hacerle esto. Cuando terminó de apalizarlo, nuestro escritor estaba desmayado y, al despertar, se encontró en la calle, tiritando de frío, sin ningún sitio al que poder ir. No sabía la dirección del Matador y no sabía el camino para regresar. Yo ahí tuve que intervenir: «Pero… si te habían llevado a cuestas no podía estar muy lejos, además, tú entraste por tu propio pie. Cualquier referencia te hubiese valido para encontrar la casa». No pude evitarlo, pero Ana volvió a mirarme con esa cara tan desagradable de desaprobación que solo ella sabe poner. Y la loca de la colina también me miró raro, y negó con su dedo índice de derecha a izquierda, convencidísima de que podía rebatir mi incisiva pregunta, formulada por supuesto con la expresa intención de desenmascarar al burdo impostor. «¿Nunca te has perdido? Él venía de un pueblo, había conocido al Matador en una plaza a la que llegó andando por sinuosas calles que había tomado de forma aleatoria, y charlando los llevó a su casa, así que él no se había fijado en el camino». La verdad es que la teoría expuesta por la disfuncional mujer no estaba mal, y por otro lado yo no me había enterado de esa parte de la historia, cosa que me turbó bastante porque había prestado suma atención a su relato. Me sentí un poco enterada, como si una loca cualquiera del vagón dos me pudiese dar lecciones de lógica. «Exacto», contestó entusiasmadísimo el escritor extasiado por la repentina muestra de incondicional apoyo. El resto de la historia decaía por momentos. Él había ido a un centro de acogida, luego de allá para acá y nunca había vuelto a ver a Nicolette. Pero, un año más tarde, había recibido una llamada anónima masculina según la cual él tenía un hijo, de nombre Julien, que vivía en la misma ciudad y tenía su apellido. La llamada lo instaba a buscar a Julien pero no le daba más señas. Desde entonces, y esto era lo curioso, él vagaba en trenes de aquí para allá buscando a Nicolette. Nos explicó que su hermana y él habían huido en tren de su padre, de su pueblo y de su infancia y que por eso, en los momentos de soledad, en los duros días que pasaron en las calles y en el sótano del violento taurómaco, se decían el uno al otro: «Si algo va mal, nos veremos en nuestro tren». Pero nunca la había encontrado a pesar de sus esfuerzos, y temía que ella se hubiese olvidado de él por el shock post traumático y todo eso. Se quedó ahí callado y echó un par de lagrimillas, esta vez mal disimuladas. Entonces la loca lo abrazó, inundándolo con su perfume a vino barato: «A mí me pasó lo mismo, mi hermano se acostaba conmigo y mi marido lo echó de casa a patadas y nunca más lo vi, pero yo lo quería, y tuve un hijo suyo que ahora no me quiere ni ver, y también me llamo Nicolette».

Ana y yo nos miramos. No sabíamos si reír o llorar, así que nos levantamos, también porque el tren reducía el ritmo y teníamos que bajar para coger el bueno que nos llevaría a nuestra granja de ocas. Los dejamos allí con su historia, a la loca de la colina y al escritor incestuoso, para que tomaran las decisiones y sacaran las conclusiones que ellos creyesen convenientes. Cogimos nuestro tren y yo miré a través de la ventana durante un buen rato, mientras cambiaban al conductor.

Unos niños corrían de un lado a otro en la acera de delante de la estación, cruzando la calle. No los oía, pero los imaginaba diciendo «Francia, Bélgica, Francia, Bélgica», a lo mejor preguntándose porqué no pintaban las rayas más gruesas.

|Relato extraído de “¿Quién cuidará de mis guardianes?” (Ediciones Idea, 2013)|

EL PAQUETE DE PAÑUELOS

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La psicóloga, Ana, le tenía especial cariño a Valentina, a quien llevaba tratando once años. Era una mujer con un largo historial de bipolaridad que sufría depresiones constantes. Había sido internada dieciocho veces desde su juventud, pero solo una desde que estaba con Ana.
Ana no era muy ortodoxa con Valentina, tampoco era muy ortodoxa consigo misma, su propio hijo era bipolar y a veces ella misma necesitaba sentir que estaba al otro lado de la mesa, o al menos pretenderlo, sin dejar de ser profesional; con Valen era diferente. Le tenía mucho cariño. Ella misma se ofrecía a subirle los honorarios cuando le aumentaban la pensión. Ana rehusaba, pero Valen insistía: “Si no es molestia, más para mí, más para ti, por favor”, le decía, y no había modo de rechazarlo.
Al principio pasaba todas las consultas llorando. Llevaba un paquete de pañuelos desechables y lo terminaba por completo. La papelera acababa llena de sus lágrimas. Un día, Ana la vio sacar el paquetito y la miró fijamente: “Hoy uno solo, Valen, ¿verdad?” La paciente asintió, se quedó con un pañuelo en la mano y le dio el paquete a su psicóloga. Lo hizo a partir de entonces al principio de cada sesión. Solo lloró un pañuelito desechable. El resto los usaba Ana cuando Valentina se marchaba.

DIARIO DE UNA CAMARERA TRISTE

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Todavía no tengo muy claro porqué los clientes se quejan a las doce y cuarto de que no puedo seguir sirviéndoles sus cócteles dulcísimos y sus asquerosos Pastis. Hay un cartel bien grande que dice que a las doce cierra la barra. Pero no sirve de nada, no pretendo que miren la hora todo el tiempo, o precisamente a medianoche, pero tampoco estaría de más que no se quejaran cuando, con toda la amabilidad que soy capaz de reunir, les digo que lo siento mucho. Se ponen algunos como fieras, estos extranjeros rosados que están aquí como si supieran lo que es vivir un año entero en un lugar que solo parece pertenecerle al verano. No tienen ni idea de lo que es pasear por este bar de piscina cuando llueve y no hay nadie que pida nada en todo el día y las propinas no dan para vivir, la máquina de granizada está apagada y nadie repara en tu cara o en tu somnolencia, salvo tu jefe gilipollas que viene a descargar la ira acumulada porque sus hijos sacan malas notas en su universidad privada. Todos estos seres extravagantes, metidos a pijos, que creen dominar el mundo y tienen niebla que recubriendo sus tímidas reflexiones sobre nuestras mundanas existencias, que no saben de qué hablar y van y vuelven del tiempo atmosférico al precio de la leche de vaca en Londres. Hijos de colonialistas feroces han vuelto a colonizarnos, han vuelto para tomar la tierra que nunca tomaron por haber comido demasiado y echarse la siesta a destiempo.
Salgo cada día del bar a la una y media después de hacer el inventario, ese ocioso pasatiempo del capitalismo. Tener a un empleado mal pagado contabilizando cada mísera existencia de pimentón y Martini para saber si su bolsillo ha crecido unos céntimos más. Con lo fácil que sería hacer las cosas de otro modo. Odio trabajar, odio tener que cumplir con este ritual de sentirme útil, ¿Sentirme útil? Utilizada, más bien. Solo quiero descansar, salir y perder mi tiempo. Como dice mi vecino: “Ponemos a trabajar a todos los romanos, que bien supieron hacer los puentes, y los demás a beber cerveza”, si la vida fuese ir de bares yo sería una borracha feliz.

NUESTRA PRIMERA COMPRA

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Era la primera vez que Iván y yo hacíamos algo doméstico juntos. Llevábamos saliendo un mes y nos íbamos a pasar el fin de semana al sur, así que primero había que hacer una compra. Como me disperso con facilidad, lo llevo todo apuntado en la cabeza y voy de un lado al otro como una flecha, cogiendo lo que necesito sin distraerme, sobre todo para no llevarme todas las existencias del supermercado a casa.
Llegamos a la frutería y la mayor parte de lo que necesitaba venía ya en paquetes. Fui de un lado para otro cogiendo cosas y poniéndolas en la cesta, con el objetivo de no quedarme alelada admirando nuevas frutas o productos, solo quería terminar e ir al sur. En algún momento creo que a Iván le dio pavor mi sistema y me dijo: “Si no te importa te espero aquí, con la cesta”, se quedó de pie al lado de una de las montañas de zanahorias, sacó un libro de su bolsa y se puso a leer. Yo pensé: “¡Quién lee en un supermercado?”.
En medio de la vorágine cogí tres aguacates y vi una cola enorme para utilizar la pesa, así que me acerqué a él y le dije: “Iván, porfi, pesa los aguacates mientras yo sigo”. Y fui a comprar a la zona de las lechugas, los brotes y las hierbas aromáticas. Al cabo de unos minutos, Iván me tocó la espalda. Me giré y me dijo: “Doscientos setenta y cinco gramos”. Miré hacia su mano y vi los tres aguacates sin embolsar, sin etiqueta. Le dije: “Iván… pero, ¿Los pesaste?”. “Sí, pesan doscientos setenta y cinco gramos”. Puso los aguacates en la cesta y siguió leyendo a Magris.

EL PEQUEÑO PARAÍSO DE RAQUEL

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A Raquel Martín Caraballo

A los tres años Raquel creía en dos cosas: su padre y que el sur empezaba donde un sol sonreía rodeado de ocho rayos triangulares.

El camino desde Santa Cruz cada verano era largo. La autopista, un desierto sin mácula, salpicada a ambos lados por casas de pescadores y fábricas viejas donde, a veces, olía a pescado y otras a cementerio. Raquel a ratos dormía y otros no podía sino observar el mar con una devoción firme en la deidad del Sagrado Verano. Raquel no soñaba, como otros niños, con que volviera septiembre.

Raquel, había pasado el curso aprendiendo cómo esquivar la rutina. Cuando volvía a casa, Andrés, su padre, le leía en la biblioteca, y ella sólo intuía, con su memoria imperfecta de primera infancia que en algún momento de eso tan vago llamado tiempo, llegaría esa autopista y la caravana de coches donde primero Andrés y Lusa, sus padres, y luego Guillermo y Luisa sus tíos, los llevarían a ellos, los primos, al pequeño paraíso con un nombre de seis letras.

Soñaba despierta en la ruta con la bicicleta de cuatro plazas en la que daría paseos entre Maravilla y Eureka con su hermano Luismi, y sus padres, con salir a la hora de la siesta con sus primos Guille, Rebeca y Eva a coger lagartijas entre las piedras de Frontera-Primavera, donde un día, despareció Colón, su perro; aunque ellos sabían que seguía siendo feliz con una familia de amables belgas.

Más allá, al pasar el aeropuerto, veía al chimpancé que iban a tocar en su urbanización, y deseaba estar allí para subirse en el tren, el único tren de la isla que la llevaba junto a su familia a dar vueltas por el Damon Park, donde además se subirían en las barcas. Luego Raquel jugaría infinitas partidas de mini-golf con su padre. Cambiarían las letras por veranos al aire libre y ser una niña en la que agosto es un mes eterno, un tiempo que se dilata y dura una vida entera.

Entonces llegaba el cartel. En lo alto de la autopista, a lo alto del mar, el sol troquelado dividía Ten–Bel, las palabras mágicas que lo significaban todo para Raquel. Ese cartel gigantesco para sus ojos que le daba la bienvenida al paraíso. Esos ojos que la miraban desde dentro del círculo amarillo. ¡Ciudad de vacaciones! Decía. Pero era más que eso. Aquello siempre fue, para ella, el principio del sur y el creer en su padre.

GREY ANTRACITE

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Grys Antracithe es el pseudónimo de uno de mis directores de cine favoritos. Su nombre real es desconocido, aunque se rumorea que se trata del canario, residente en Los Ángeles, Juan Ramón González Padilla. Según la última biografía que podemos encontrar en las redes, nació en 1972 y se marchó becado por la Fundación Fullbright en el año 2000 para realizar un máster de dirección cinematográfica (universidad no indicada en ninguna fuente).
Descubrí su primer cortometraje hace dos años en un DVD de jóvenes realizadores canarios que venía de regalo con el periódico. El trabajo se titula El óxido de los buzones. Se trata de la historia de una familia que invierte todos sus ahorros en un piso situado en un barrio humilde, y decide emplear las últimas veinte mil pesetas en un buzón de hierro forjado, con todos sus nombres grabados en una plaquita lacada. Cuando el marido los abandona por una joven australiana, la mujer arranca su nombre de la placa. Durante el proceso, se corta las venas y muere al lado del buzón, ya muy oxidado, como todo en su vida. Este cortometraje me pareció una metáfora perfecta de la vida actual, tanto en su forma como en su contenido, sin alardes posmodernos, y con un estilo sencillo, directo. Me alegré de que Padilla hubiese recibido la Fullbright, y no cualquier otro que se dedicase a los productos de corte experimental.
El segundo trabajo de Grys fue una obra inesperada: un mediometraje que encontré en un club de cine durante un viaje a Madrid, cuando fui a recoger mi título universitario el octubre pasado. Por pura casualidad, pasé por la trasera de Sainz de Baranda y, en el Pequeño Cine Club, ponían ese día (con pase gratuito) La parada intermedia, que contaba, en primera persona, las idas y venidas de una mujer que, sin rumbo fijo, se pierde en la ciudad y encuentra a un arquitecto que construye el lugar al que ella pertenece, sintiéndose, por primera vez, en su hogar, en una calle de esa imprecisa ciudad europea. Era muy diferente a su primera obra, ya que, en este caso, se alejaba de sus orígenes y discurría por un entorno más urbano, en el que las alusiones a sus influencias eran constantes; pero siempre como parte intrínseca de la narración fílmica. Me pareció impecable.
Justo antes de escribir esto, navegaba en busca de documentación sobre mi propia bibliografía cuando di con el nombre de Grys por casualidad. En Vimeo se encontraba la obra El ciego que amaba el cine mudo: un trabajo de nueve minutos basado en mi propio texto del mismo nombre. Empecé a reproducir el archivo, y me encontré con el logotipo de la University of South California of Filming and Acting Arts, se trataba de su trabajo de fin de carrera. Saber que Grys conoce mis textos hace imposible que el robo de mi relato suponga un problema para la realización de su cortometraje. Que en California conozcan la pequeña historia de un ciego enamorado de una pianista es suficiente para mí. No en vano, alguien le negó a ese personaje el cine; pero entregándole la música. No me parece justo llorar por ello.

EL NO VER EL COLOR DEL CIELO

serge and jane

Jacques fuma Galoisses desde que el glaucoma no le deja ver bien el color del cielo. Mira la cajetilla y cree haber recuperado la juventud, igual que hace cuando Anabella llega al bar con sus vaqueros rotos y sus arrugas prematuras y, aunque no lo salude ya, la imagina en la cama, con el cuerpo de Jane Birkin y la cara de Catherine Herpburn mientras hacían el amor allá por el setenta y tres en la misma urbanización donde ahora toman cervezas en mesas enfrentadas por ceniceros que han vivido la caída del muro del Berlín.
Jacques se levanta al terminar su cerveza y mira de reojo a Catherine Birkin, con su pelo envenenado por capas de tinte casero y sus orejas grandes y caídas. Le da un beso a Rita, poniéndole la mano sobre el hombro y nota en sus yemas el parche de morfina de la señora de Fellini, que se fracturó dos huesos dándole de comer a su perro joven. Ella le devuelve el beso, sonríe y sigue leyendo el periódico, aunque no lo entiende del todo: el español lo aprendió después de cumplir los cincuenta, y lo mezcla en la cabeza y en los labios con su romano dulce del este.
Jacques continua hacia su casa, que queda tras los flambloyanes y tras la plaza en la que han abierto los colombianos una peluquería donde nunca hay nadie salvo la dueña, que bebe vino en la puerta con unas tijeras grandes en un cinturón, esperando que alguien se deje cortar el pelo por sus manos temblorosas. Pero nadie entra nunca, y así pasa los días al lado del restaurante argentino donde comulgan todos los futboleros para ver cada competición y todos los turistas para comer la mejor mozzarella a buen precio. A veces Jacques se sienta allí para no recordar a Jane Birkin en Blow Up, desnuda, y que Antonioni no la fotografíe mientras él se masturba en el baño.
Jacques llega a la cocina, deja las llaves, se quita el pantalón, lo pone encima de una silla y le da de comer a Heaney, su gata. Su calzador para la mesa coja es Una Puerta hacia la Oscuridad. Hace tiempo que el glaucoma no le permite regocijarse en la demasiada noche. Se sirve un plato de pommes de terre à la crème frêche y se come la mitad. No lleva los restos al fregadero, ya vendrá Cecille mañana y recogerá sus miserias. Por ahora, solo queda salir a la terraza de Babel, mirar hacia la piscina y ver como sus vecinos adolescentes se besan a escondidas de sus padres, como hacían él y Anabella, creyéndose Gainsbourg y Birkin muchos años atrás, cuando él no tenía porqué fumar Galoisses para visitar el cielo.

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