cuando cuentas algo a alguien...

Category: Diario

2005. UN AÑO DESPUÉS.

francis

Ya llevo un año sin sentir tu cuerpo. Sin verte. Todavía no he leído “El lobo estepario”. Lo tengo encima de la mesilla de noche pero no quiero leerlo, siento que te voy a sentir cerca y todo lo que he conseguido se va a ir a la mierda. Aún no se ha muerto el Papa. Que siga vivo me recuerda que tú no lo estás. Me has vetado a Lorca, a Hesse y a tantos otros. Pienso que alguien mayor y que no quiere estar vivo te ha robado tu tiempo. Un amigo mío decía cuando éramos niños que hay un sólo tiempo para la humanidad entera y que algunas personas se llevan la parte de otras. Tenías miedo a morir, me lo dijiste por teléfono. Y yo siempre he pensado que soy inmortal, que mi miedo es tan grande que nadie podría quitarme la vida. Y estaba tan equivocada. Es tan fácil como estar un mes en Bennicasim y al siguiente no existir, ¿verdad? ¿Cómo es estar en coma? Espero que haya sido agradable, que te reunieras con esa chica que tanto te gustaba y te acostases con ella. Bueno, pero yo siempre seré la primera. Eso me queda. Y me queda muy poco así que déjame consolarme con esa estupidez. No hables en mi cabeza con ese acento tuyo mallorquín, me da pena, pero no me gusta cuando dices: “Ves allí”. Lo odio. Te he odiado alguna vez, cuando le hablabas mal al portero de la residencia porque no te daba los buenos días, o cuando compraste croquetas en vez de palitos de pescado. O cuando te enfadaste conmigo por dejarte. Ahora te quiero, pero no se lo cuentes a nadie.

EXTRACTOS DE MI DIARIO 2010

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01/Mayo/2010
Costa del Silencio

(…)y ahora estoy sola, ¿Por fin? ¿Auto impuesta mi soledad? En cierta manera. Todo empezó en el cumpleaños en aquella casa de campo donde todos jugaban a ser felices y yo jugaba a fotografiar una partida de póker contra míseros rivales. ¡Póker sin dinero! Siempre he pensado que un juego donde se mezclan la lógica y el azar, el análisis y la observación, debe tener al menos un precio simbólico, aunque sea mundano. Pero no, aquí suenan (y no las campanas) mal los desafíos, suenan mal las quejas, lo políticamente incorrecto. Solamente, naturaleza y esplendor de la vida grupal. ¿Soy yo o los grupos acaban volviéndose sectas que eliminan al ser discordante? Y yo he sido nominada y premiada, porque aunque jueguen al póker sin dinero, juegan a eliminar amistades por pensar diferente. Extraño concepto de “ideales”, si me lo permites.
Cuando esto se acabó sentí que no quedaba nada, ahora, tengo El Gran Gatsby entre las manos y más bien siento que queda todo. No necesito salir en fotografías donde todos miran al foco y yo miro al infinito porque las paredes están demasiado cerca. Estoy bien. Eso creo, creo que solo necesitaba un poco de silencio.”

RECUERDO A CONTRALUZ (DIARIO DICIEMBRE 2011)

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Es ya un recuerdo a contraluz de un invernadero en medio de un parque donde van a acabar mis veinticinco años. Hoy has despertado y has dado de comer a un gato persa, una de esas mañanas de niebla brusca e insobornable, mientras tu madre fuma y come pasteles glaseados que vienen hechos con una receta de Argelia del norte y saben a nostalgia y a canela.

Te recuerdo anoche con interrupciones de cigarrillos importados que fumas entre risas, amplias, tímidas, como cada noche, ya pasados los trenes, los coches, las hermanas semi desnudas, las lágrimas, los cielos lluviosos, los andenes, las fondues, los paseos por colegios viejos, las plazas llenas de vendedores de pashminas y los desiertos urbanos en los que nos reunimos con otras caras ajenas para eclipsar a la Torre de Piel.

Te recuerdo no queriendo estar conmigo, estando conmigo solo por amor, hasta que pase esta tormenta y los rituales del verano sean, de nuevo, un montón de canciones olvidadas que sólo significaron una espera de tres días.

Pasarán varias vidas por nuestros cuerpos y aún así seguirá sonando esta memoria, esta vigencia vestida de presente, este sabor a realidad tan escaso para nosotros, los fantasmas.

Eres un recuerdo a contraluz, aunque estés dormido a mi lado, porque yo soy lo que soy porque me miraste, aquella madrugada de agosto, en la que el mundo me era, sin duda, indiferente.

DIARIO DE UNA CAMARERA TRISTE

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Todavía no tengo muy claro porqué los clientes se quejan a las doce y cuarto de que no puedo seguir sirviéndoles sus cócteles dulcísimos y sus asquerosos Pastis. Hay un cartel bien grande que dice que a las doce cierra la barra. Pero no sirve de nada, no pretendo que miren la hora todo el tiempo, o precisamente a medianoche, pero tampoco estaría de más que no se quejaran cuando, con toda la amabilidad que soy capaz de reunir, les digo que lo siento mucho. Se ponen algunos como fieras, estos extranjeros rosados que están aquí como si supieran lo que es vivir un año entero en un lugar que solo parece pertenecerle al verano. No tienen ni idea de lo que es pasear por este bar de piscina cuando llueve y no hay nadie que pida nada en todo el día y las propinas no dan para vivir, la máquina de granizada está apagada y nadie repara en tu cara o en tu somnolencia, salvo tu jefe gilipollas que viene a descargar la ira acumulada porque sus hijos sacan malas notas en su universidad privada. Todos estos seres extravagantes, metidos a pijos, que creen dominar el mundo y tienen niebla que recubriendo sus tímidas reflexiones sobre nuestras mundanas existencias, que no saben de qué hablar y van y vuelven del tiempo atmosférico al precio de la leche de vaca en Londres. Hijos de colonialistas feroces han vuelto a colonizarnos, han vuelto para tomar la tierra que nunca tomaron por haber comido demasiado y echarse la siesta a destiempo.
Salgo cada día del bar a la una y media después de hacer el inventario, ese ocioso pasatiempo del capitalismo. Tener a un empleado mal pagado contabilizando cada mísera existencia de pimentón y Martini para saber si su bolsillo ha crecido unos céntimos más. Con lo fácil que sería hacer las cosas de otro modo. Odio trabajar, odio tener que cumplir con este ritual de sentirme útil, ¿Sentirme útil? Utilizada, más bien. Solo quiero descansar, salir y perder mi tiempo. Como dice mi vecino: “Ponemos a trabajar a todos los romanos, que bien supieron hacer los puentes, y los demás a beber cerveza”, si la vida fuese ir de bares yo sería una borracha feliz.

EXTRACTOS DE DIARIO: ESTA MAÑANA

chavela vargas

10/JULIO/2015, COSTA DEL SILENCIO.

Hay días como hoy en los que te levantas y sientes que estás atrapada en un poema que escribiste tú y atribuíste a un inventado autor japonés. Escucho en este instante a Chavela Vargas, diciendo precisamente que “nada le han enseñado los años” y siento lo mismo y, como ella siento que siempre “caigo en los mismos errores”. No digo que no sean errores de juventud porque me digo que los errores no tienen años: Son como rutinas, no te das cuenta de que lo son hasta que cambian y se tranforman en verdades. Se convierten en demasiada realidad, en querer ir a la montaña y volverte a mitad del camino porque ya no ves tu casa y piensas que un Dios griego en el que ya no cree nadie salvo tú, te hará andar en esa playa sin nombre donde se esconden los que no esconden su cuerpo.
 
Hay días como hoy en los que te levantas, casi sin haber dormido, y piensas que los errores que cometiste fueron aciertos, solo que no lo sabías entonces. Resplandece una mañana confusa, y tu novio se duerme mientras le lees un relato sobre un cementerio que descubriste en tu infancia. Lo miras, tiene los ojos cerrados y la mano sobre el pecho, respira despacio, en una tranquila soledad y te preguntas qué estará soñando, y como en una canción de las que no te gustan, deseas que sea en ti. Bebes un poco más de café y eres tantas personas: La que amó platónicamente a un hombre que amaba a los hombres, la que creyó que una amiga iba a ser para siempre y la que ahora, por fin, sabe que los poemas nunca se acaban, sino que se abandonan.

EXTRACTOS DE MI DIARIO

costa
29/08/2004

Acabo de llegar a casa de A. Son las 6 de la mañana así que supongo que la fecha está mal. Hoy es ayer quiero decir. Y ayer fue cuando lo encontré, en la moto, de camino a su casa y nos paramos los tres, al lado del campo de tenis para saludarnos. Lo miré como si no lo hubiese visto antes, preguntándome en qué ha cambiado o en qué es igual. Volvimos a lo mismo de siempre: “¿Sigues en Madrid? ¡Vuelve!” Y yo preguntándome para qué (tú) quieres que vuelva. Para dejarme a solas con la bicicleta, recorriendo sin fin, el camino que va desde tu casa hasta la mía, ida y vuelta, para mirar a tu ventana y ver si te asomas a fumar, o tocar esquivamente el timbre cuando no veo el coche de tus padres. Hoy, que es mañana, pienso que estoy mejor lejos, aunque haya otro mundo del que no quiero hablarte, del que no quiero saber a estas alturas. Acabo de llamar a F. y simplemente le he dicho que no quiero seguir con él. También estaba de fiesta y me saludó como cualquier otro día, con su voz que parece quererme. Pero no sé si fue encontrarnos después de un año, o que hace un año me llamaste y me dijiste “Coge un taxi, yo te lo pago, quiero verte, no te vayas jamás”. Dice A. que tú y yo nos encontraríamos hasta en lo más profundo de una selva africana. Está escrito debajo de mi colchón. Pero yo pienso que aunque ayer me hubieses dicho que me quedase en tu terraza a fumar un Chesterfield y me hubieses enseñado tu falso juego de golf, hoy seguiría estando sola. Con la luz de neón tapada por una camiseta en mi memoria y preguntándome porqué estoy aquí otra vez, si en realidad, hace ya un año, me fui precisamente para escapar de tu silencio.

NO SÉ POR QUÉ ME PUSE ASÍ

yoenparis

No sé por qué me puse así. No es por verte, quizás es porque estar contigo es estar con todo lo que supone estar contigo. Ni siquiera has cambiado demasiado. Tal vez unos kilos de más o de menos, ni siquiera eso soy capaz de saberlo. La camiseta nueva y el anillo de tu padre colgado al cuello. El champagne es mejor esta vez. Es demasiado bueno. Cuando tú y yo estábamos juntos bebíamos aquella cosa que pretendía saber bien. Tampoco nos importaba, poníamos la música en el móvil que ahora está guardado en un cajón cualquiera por tener mal sonido, y nos sentíamos diferentes porque esas canciones no las conocía nadie. ¿Recuerdas el primer día? Se veía la piscina desde tu terraza y nos preguntábamos si alguien más estaría en ese momento escuchando aquel horrible rap que nos instaba a tener un solo dólar más para conquistar el universo. Pero bueno, en todo caso, ¿no fue aquel el mejor verano del mundo? “¿Dónde lo conociste?”, me pregunta la gente. “Lo conocí en el aeropuerto”, y para cualquier persona no hay historia mejor que haber conocido a tu novio en un aeropuerto, donde casi jamás se conoce a alguien, y eso que la gente parece vestirse para vivir una aventura inolvidable en vez de para emprender un periplo cansado y lleno de valijas terriblemente pesadas. Y tú llegaste con una maleta que hacía ruido y con un cigarrillo en la mano, corriendo para salir a fumarlo lo antes posible, y parecías yo, con todo a la deriva, como si el mundo se hubiese puesto en tu contra para no aparentar ser perfecto en las situaciones en las que los demás esperan eso de ti. Así nos conocimos. En ese pasillo del aeropuerto peor construido de la tierra. Y algún día contaré la historia entera. Ahora solo quiero decirte que no sé por qué me puse así. Quiero pedirte perdón, creo que una vez me dijiste que no te gusta ver a las chicas llorar; pero ¿qué quieres que te diga? Esta terraza una vez estaba llena de champagne malo, de canapés hechos por mí, Juls reía de tu “je suis max”, Tommy revoloteaba buscando una ropa que ponerse para salir a fiestear, Fanny se secaba el pelo en el último segundo, Clement te seguía a todas partes, las partidas de póquer seguían hasta las tantas, y tu padre tenía el anillo en la mano y desde la cocina nos decía que la cena estaba lista. Y ¿ahora? Todos están en París y tu padre… tu padre está aún aquí cocinando en mi memoria.

Y sé que siempre seremos amigos, y que bueno, aunque suene más que oído, siempre nos quedará París. Donde estáis todos ahora menos yo. Así que perdona por haberme puesto así. Solo es que a veces os echo demasiado de menos.

NOTA PARA MÍ (26/12/1997)

SABISABI

Ahora tienes 30 años. Yo tengo 12. Llevo puesto un pijama rojo muy largo y me veo fea. Estoy sola en casa y llueve. Espero que hayas abierto esto cuando te dije. Espero que ahora no seas yo. Que hayas hecho todo lo que prometí y no te hayas rendido porque tienes la nariz redonda y un montón de gente que te dice que las cosas para ti van a ser difíciles porque te ahogas en un vaso de agua. Ni siquiera te cabe la cabeza en uno. No llores nunca, ya lo he hecho yo por ti. Ya he tomado demasiadas aspirinas para mi edad y he cerrado la puerta de mi cuarto de golpe demasiadas veces. Eso no te toca. Te toca mirar por la ventana y salir fuera. Mirar las flores o qué sé yo. Tener un novio que te quiera y un hijo quizás, una niña, llamarla Samara y quererla demasiado. No fumes, no me gusta el olor a tabaco. No dejes que te digan que eres débil, ya me lo han dicho a mí. Sal de aquí, aquí hay demasiada agua y un volcán en el centro. Algún día se tocarán y no quiero que estés en el medio. Cuando leas esto, por favor, sé tan feliz que sonrías pensando que no pudiste ser tú la que escribió tremendas tonterías. Paro, abren la puerta y tengo que doblar este papel, ponerle el 2014 y pegarlo al diario. No lo abras antes. Si lo haces te acordarás de lo que he escrito y no valdrá de nada. Odio cuando llueve. Y los doce años. En tres días terminan y seguro me siento mejor. No sufras por mí, piensa que algún día seremos la misma persona.

WHEN WE’RE 64 (13/10/2001)

friends

Acabo de abrir el buzón.

Anoche te vi por la ventana. Salías en coche con un grupo de gente, arreglada, supongo que a pasar la noche en uno de esos locales que tanto te gustan, donde puedes parecer la más linda, aunque bueno, para eso no necesitas demasiado. Yo en cambio pienso en otras cosas. Llevo un mes dándole vueltas a todo lo que hemos hablado desde que tú tenías nueve años y yo siete, cuando nos conocimos en la verja que separa tu casa de la mía. Sobre todo, en lo que hablamos este verano, ¿Lo recuerdas? Esa tarde en la que fumábamos a escondidas. Esa tarde prometimos tú y yo envejecer juntas. Comprar una casita en un barrio del sur cuando todos los que conociéramos hubiesen marchado, en fin, ya sabes de lo que hablo, y tomar té hablando de los nietos de las vecinas que ya tienen todos novias y visten con ropas que nosotras jamás jamás hubiésemos utilizado (sic). Seríamos viejas entrañables de esas que nos encantan, de esas que no cuentan historias a cualquiera, solo a quienes tienes los oídos bien abiertos y saben beber un trago como un hombre fuerte. Fumaríamos galoisses, -solo para hacernos las interesantes- y vestiríamos de flores y con pamelas, como si no nos importara.

Te dije ese día, cualquier día que fue ese: “La única forma en la que concibo ser vieja es a tu lado” y tú me diste un abrazo.
No sé, cuando me pongo triste pienso mucho en ti, sobre todo cuando pienso que nunca he vuelto a tener una amistad como la tuya por mucho que me pese no solo decirlo, sino saberlo cierto. No, no quiero estar arrugada y sola en un residencial de Costa del Silencio sin tener nadie con quien ir al karaoke a cantar mal “When I’m 64”.

Acabo de leer tu carta. No hay nada que podamos decirnos ahora. Curioso, nos caímos con las torres… Así que ahora, solo pienso que esa terraza futura estará llená de silencios y yo tomaré un té sin un toquito de coñac, ya no fumaré y pensaré con insistencia en lo que pudo haber sido.

DIARIO DE PARÍS (EXTRACTO 4/11/2012)

paris

París es una ciudad de la que no hablo nunca. Es la ciudad prohibida, llena de desencuentros y de citas que no llegaron. “Te veo en el bateau mouche el sábado a las tres”, me dijo el chico de Lille, pero resulta que enfermó su abuela y no pudo venir. Años después, fui con el argelino a ver un museo de ciencias naturales y reímos a carcajadas porque los nombres en latín de las plantas no nos decían nada, en fin, que estábamos enamorados. Recorrimos juntos las callejuelas del cartier 92 y comimos una fondue de carne en un restaurante de moda, fuimos al casino y jugamos una partida de póquer en la ciudad de las luces. Lejos de allí, años después, murió su padre, pero él y yo ya no estábamos juntos, y el chico de Lille que me había pedido matrimonio en un parque lleno de cisnes tenía una hija con otra: jamás vino a París porque su abuela enfermó. En París me enamoré tantas veces que una vez descubrí una moneda debajo de un colchón en una habitación destartalada de Villejuif y fue el mayor tesoro de mi vida y otra vez escuché un concierto de rap y ninguna música podía ser más hermosa que aquellos dedos rasgando un vinilo. Pasé por el Sena hace un año y sentí la brevedad del tiempo pasado. “Te veo en el bateau mouche el sábado a las tres”, me dijo el chico de los cisnes y los grandes ojos verdes, mi primer amor, y acabé sola allí, con un souvenir: una bola de nieve con la Torre Eiffel dentro y una amiga secándome las lágrimas. Lo esperé, con guantes y gorro, en pleno invierno, y supe por primera vez lo que era que te dejasen plantada. París, la ciudad prohibida, la ciudad de la que no hablo nunca porque tengo demasiado que contar de ella, porque cada vez que la nombro aparecen miles de calles, puentes, trenes, metros y casas donde no sucedieron todas las cosas que hoy hubiesen sido mi vida.

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