bienville

En Bienville ha mermado la población,
tanto que ya no existe la palabra “vecino”
y la gente tiene que llamarse
de nuevo por su nombre.

He exportado nubes cuadradas
para restituir el tiempo,
pero ha sido en vano,
ya fue el hombre rubio
a salvar las almas.

Es verdad que yo no tengo
tanto poder de convocatoria:
me leí el Anticristo y la Biblia
casi al mismo tiempo
y me enseñaron a adorar los aullidos
de jóvenes cantantes muertas.

En Bienville caben tantas personas
a estas alturas
que el sol trató de brillar
y solo fue capaz de construir
una leve sombra de mediodía.

No hay nadie que apague al árbol caído:
repican las campanas en el suelo,
rotas y con la carcasa despintada,
mientras pasa el festival.

Han pasado
por las columnas de la iglesia
todos los parroquianos
decididos a encontrar alguna ayuda
y ahora saben que la música
a veces solo es útil
para los entierros festivos.

En Bienville cabemos todos
¡vayamos con nuestra pequeña maleta
llena de niños escondidos!
Y encontremos
a un lacónico jazzista
que pervierta nuestra mente
antes de que nos devore
el viento por completo.