cuando cuentas algo a alguien...

Los ojos del ciervo

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Hubo un verano perverso,
tan nítido
como los ojos
de un ciervo recién nacido
tan preciso
como las campanas de un funeral.
Caminé sobre hojas
cortadas por la lluvia de aceite,
con los cuerpos de los hombres
abandonándome
hasta que encontraban
el alcohol en mi ombligo
y lo sorbían,
hasta que llegaban sus manos
para enseñarme
que la voluntad es inútil en la noche.
Ese verano llegaron los extranjeros
cargando en mi espalda
sus ciudades natales,
contándome cómo la hierba
se expande tanto en sus países
que las casas retroceden,
cómo los zapatos
se llenan de barro
si se dejan en el jardín
y que el sexo
se practica en las ventanas.
De esas casas largas
como cuerpos extendidos
que buscan tocarse con las yemas
y morir de placer
sobre una moqueta empapada.
Un verano tan cierto
que borró el mar, borró los barcos,
las palmeras y las adelfas.
Un verano del que recuerdo
agua blanca,
los ojos cortados de Buñuel,
el sol que brota entre el trigo
y el grito, solemne,
de tirarme al vacío.

¡SPOILER ALERT! VIENE MI MADRE

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Hoy, día de la madre, escribo para reivindicar los derechos de la mía. Os cuento. Recientemente mi madre se llevó un disgusto cuando, al entrar en internet, recibió un aviso vía e-mail de que había sido vetada de numerosos foros de televisión y cine en los que participaba. La pobre mujer, que con tanta ilusión había comentado sus opiniones en debates sobre Juego de Tronos, Penny Dreadful, El ministerio del tiempo, Downton Abbey o Vikings, ha quedado desolada. Me contó por Facebook lo sucedido, pero no hemos logrado hallar una explicación. Siento mucho que a una seguidora acérrima de tantos y tantos productos audiovisuales no la dejen expresarse con libertad.

Reproduzco la conversación.

MARGOT: Sabi, no lo entiendo, yo siempre he sido respetuosa…

SABI: Lo sé Margot, siempre lo eres, de verdad.

M: No incumplí ninguna de las normas de los foros, comentaba siempre cosas buenas además, pero no por quedar bien, sino porque son series estupendas.

S: Quizás no incumpliste las normas en sí, pero… ¿No crees que tal vez incumpliste algo… moral?

M: (pensando) No, no.

S: Recapitulemos, ¿Cuál fue la primera vez que hablaste en este foro?

M: Creo que después del capítulo “La boda roja” de Game of Thrones.

S: ¿Y qué dijiste?

M: Que me había dado mucha pena que mataran a Rob Stark y a la madre.

S: ¿Y esta temporada, hablaste de algo en el foro?

M: Bueno, el día del episodio 8 de Vikings pregunté qué opinaban los demás de que la princesa Gisla estuviera embarazada de Rollo…

S: ¿Te acuerdas de cuando yo te había puesto antes de que lo emitieran aquí, la temporada dos de Downton Abbey?

M: ¡Qué tiempos Sabi! Sí, fui al foro español y comenté que qué pena que el chico se quedara ciego en la guerra.

S: ¿Recuerdas cuando hablaste en aquel foro sobre Fringe?

M: Sí, les dije que qué horror que Walter hubiera robado a Peter del mundo paralelo…

S: Margot… ¿No ves un patrón?

M: No Sabi, en el foro de cine me echaron sin motivo, yo había dicho que me gustó mucho que la chica de Stars Wars fuera hija de Luke, y que qué pena que Natalie Portman se matara a sí misma en Black Swan. A lo que voy, no puedo haber ofendido a nadie.

Esperamos que con este texto los foros entiendan que no hay ningún motivo para haber vetado a Margot y la dejen regresar a comentar con la alegría que la caracteriza sus películas y series en este día tan señalado.

NANCY MAE CLUTTER

nancy mae

“Arrugas y huesos, canas y diamantes: me muero de ganas de que llegue ese momento”.

Truman Capote (In Cold Blood)

Corre.

Te esperan ya Nancy,
bella niña del sur,
han llegado los invitados.

“Estuviste perfecta en Tom Sawyer”
“Eres la reina de Holcomb”.

Parpadeas, ríes y asientes.

Miras de reojo a Bobby subirse el pantalón.

Tu padre piensa arrancarte
el anillo de metodista,
tu madre llora sobre el ébano,
tu hermano envidia tu guiso y tu olor.

“Tu padre siempre fue como tú”,
dicen los invitados.

Parpadeas, ríes y asientes.

“Tu padre tiene el alijo en la casa”
dicen las voces de Holcomb,
dicen las voces más allá de Kansas,
más allá del sur que gobiernas
a tus sweet sixteen.

Llega la noche de los ojos abiertos,
te encaramas a la memoria de Bobby,
los gatos se esconden,
Babe relincha.

“¿Dónde están los billetes, viejo tarado?”

Parpadeas y asientes.

Asaltan las catorce habitaciones
y cien veces cepillas tu pelo, Nancy Mae.

Una sola bala vuelve rojos tus rizos
hasta Garden City, hasta tus pies.

V38

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Vivo al lado del vertedero número 38, una montaña de envases viejos que aún no se han fabricado, envases que serán —no lo veré— recipientes de los deseos de los hijos-de-hoy. Todo lo cubre media circunferencia de polvo tan denso que parece jarabe, tan gris como una piedra antracita americana.

A veces me acerco al v38 y me dejo caer sobre la nube, me dejo caer como si mi cuerpo reposara sobre una manta de heno en un prado verde, francés y que huele a eternidad. Me miro entonces las manos, o más bien miro cómo el polvo hace desaparecer mis manos, e imagino que están en un lugar mejor, tocando a alguien a quien tal vez amé o amaré, alguien a quien le gusta que le toquen mis manos, una hija de piel pálida y pelo blanco, una niña-vieja que sólo quiere cantar a medio mundo de distancia, a pleno pulmón, que todo estaba bien, que mis manos fueron felices en sus mejillas. Mi hija no sabe nada de mí, no lo necesita, nunca le conté que los días antes de que ella llegara son tan espesos como este polvo, y que sólo nos separan unas pocas moléculas de cuerpos rotos por el tiempo, expulsados de la boca cruel de esa vida que es tan solo una forma más, y ni siquiera diferente, de medir la soledad.

Vuelvo a mi casa, abro las puertas de cristal y miro desde allí el vertedero, ya tengo mis manos otra vez, ya no toco a mi hija, ya no tengo hija y no hay ningún prado sobre la faz de la tierra, ya solo soy yo, detrás o delante de un cristal, tratando de contener la urgente necesidad de comer mi carne y vomitarla sobre la mesa del salón, intentando dormir una noche más, una noche menos, con la seguridad de que precisamente lo que quiero y lo que odio es parte del mismo sueño.

BIOGRAFÍA DE RAMIPÉREZ RAMI

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Ramipérez Rami, electricista jubilado, nació a principios de los años cincuenta del pasado siglo en un domicilio de la calle Salamanca, donde pasaría su infancia. Su educación en el colegio “Los Salesianos” marcó su posterior obra vital, plagada de referencias a esos días en frases que se harían míticas como: “Ni un puto día pusieron una comida decente los curas de los cojones” o su también conocida: “Me cago en la obsesión con que estuviéramos despiertos en misa”.

Fue catapultado a la fama internacional cuando un día al volver de la fábrica, y ante la indirecta de su mujer de que “podría poner más empeño en el trabajo”, Rami acuñó la frase: “A mi me pagan por saber y no por hacer”, para unos días después rechazar un ascenso argumentando: “Sí, ahora me voy a poner traje y corbata todos los días, por los cojones”.

En el ámbito literario, es conocida su primera obra, inédita hasta la fecha: “Vamos de putas”, en la que cuenta como un primitivo hipster santacrucero lo obligó a ir junto a sus amigos a una barra americana a los trece años, para luego dejarlos tirados en el interior del establecimiento. Ahora se encuentra en pleno proceso creativo para escribir su tercer relato, que lleva gestando desde su jubilación en 2010 mientras ve todas las películas de la historia del cine, calificando un 90% de ellas como: “Una mierda pinchada en un palo” y el restante 10% como: “Joder, la idea era buena pero la cagaron como es costumbre”.

Ramipérez Rami rechaza presentarse a concursos o jugar a los juegos de azar en los que las personas comunes depositan su ilusión de forma habitual argumentando que: “El palo que me daría hacienda no compensa” o “En este mundo los ricos son unos mamones y uno mejor se mantiene al margen”.

No tenemos clara su ideología política. Por el momento rechaza esclarecer los rumores generados al respecto, pero en las ruedas de prensa familiares afirma que: “Hay que ser gilipollas para ser obrero y votar a la derecha”.

El jubilado, poseedor de una amplia librería-discografía dedicada enteramente a Bob Dylan es consciente de que quizás su obsesión por el boom sudamericano es un tanto desproporcionada, y guarda con cariño el libro póstumo de Carlos Fuentes mientras lee y relee sus obras favoritas quejándose de la manía de los escritores de envejecer: “Estos cabrones se me van muriendo todos”, constata.

En todo caso, mientras el clamor popular le pide más encuentros públicos, él prefiere pasar sus noches en vela en la habitación del ordenador jugando al Piramid Solitaire, su juego favorito. Sobre si echa de menos el trabajo, su respuesta es una gran carcajada: “Trabajar es una mierda, eso lo sabe todo el mundo”.

Esperamos con ansia más noticias y comentarios de este ejemplar único en su especie a quien felicitamos por el día del Padre de forma afectuosa.

MONSTRUOS

goya

He visto a seres humanos
ser arrastrados por un potro gris y colérico,
en busca de una verdad
más duradera que la culpa.

Han encontrado el Santo Grial
con restos de sangre y cartílago,
grueso como el humor de un escudero,
y han hecho la prueba del carbono catorce
para determinar si pertenecía a Solomon.

Cada científico y cada poeta
espera los resultados,
recluidos
en mazmorras viciadas.

Yo también habito una cárcel
que alquilo por unas pocas monedas
que agito como piezas de Scrabble:

Todas diferentes,
con caras de muchos locos
con sus múltiples centelleos.

Este lugar de paredes amarillas y suelo blanco
no es más que el pedestal
donde me he colocado por voluntad propia
tras decepcionar a generaciones de antepasados
que por fin aceptan,
con resignación,
bajando la cabeza e ignorando los truenos,
que no hay nada en esta tormenta
salvo un par de huesos rotos
y el ala desprendida de una garza común.

He visto a tantos seres humanos
gozar de ventajas
y brindar con licor de diamante
por ser iguales a sus antecesores:
Por diagnosticar con habilidad
enfermedades comunes,
o por defender causas justas en tribunales.

Que nadie piense que se creen ellos,
tan sencillos,
la rama sin podar del laurel de oro.

Ya lo predijeron los jugadores de póquer,
con sus brazos oxidados:
Éste es un refugio de extraños,
un bebedero de paso,
una forma de entretenimiento,
vibraciones de una energía universal,
la flor que aparece en el cactus
en medio del invierno,
el sonajero de plata de los dioses,
la fórmula de la equidistancia.

Ya lo predijeron,
nocturnos y temperamentales,
adoctrinados por la locura:
Este siglo no es país para jóvenes.

LA DEPENDIENTA

Kim gordon

La dependienta de Zara vivía a las afueras. Se había ido de su hogar para convertirse en escritora, pero todo eso era ahora un vago recuerdo que a veces resonaba en sus oídos y le producía terror, de ese que te levanta del asiento sin contemplaciones. Cogía el metro cada mañana a las siete. Entraba a trabajar a las diez, pero le gustaba sentarse antes en una cafetería y leer periódicos en varias lenguas, hacer los crucigramas y perder la mañana antes de entrar a trabajar.

En el metro le gustaba sentarse rodeada de extraños y ponerse los cascos. Escuchando a Pete Doherty los imaginaba hablando de matar al dolor y de cubrirse las cicatrices con maquillaje para parecer personas de bien. A veces, leía a poetas desconocidos y olvidaba bajarse en su parada. No le importaba, podía ir siempre andando a la Calle Barcelona, tenía tiempo de sobra. Pensaba en todos los metros en los que había estado, en todas las cafeterías de todas las ciudades y en todas las tiendas de ropa que había en el mundo ahora mismo iguales a la suya, donde probablemente sonase el mismo cd pregrabado y dependientas como ella doblaban jerseys de toda la gama de colores existente con avidez.

No amaba su soledad, como afirmaban algunos en sus películas, libros y vida real. Ella vivía en una impuesta relación consigo misma que iba perdiendo el sentido. Cuando cerraba los ojos sólo veía percheros, camisetas, túneles de metro, palabras de crucigramas y algún verso que le hablaba de adoquines mojados por la lluvia. La ciudad la había engullido, como si fuese una serpiente y ella un elefante, y ahora sólo le quedaba ser consumida por los jugos gástricos de ser una desconocida cualquiera, en el centro de un universo con forma de sombrero.

La dependienta de Zara comía un brownie hecho por ella en el metro de regreso a casa. Entre todas las soledades compartidas a veces soñaba, sin demasiadas esperanzas, que una de ellas se le acercase y le preguntase por esa novela que nunca llegó a escribir.

|Imagen de Kim Gordon|

YEIKY

jacobo

Acabo de entrar en el muro de Jacobo Rabinowicz. Ya no existe. Ni él ni su facebook. Su hija puso un mensaje avisándonos de que lo iban a cerrar. Entiendo el dolor de sus seres queridos al encender el ordenador y ver el recuerdo constante de tantas personas invocando su nombre, sus poemas y su presencia. Miré nuestra última conversación, nos preguntábamos cómo se puede querer a alguien a quien nunca has visto en persona, y simplemente concluíamos con que se puede. Le prometí enviarle mi libro por Navidades. Al día siguiente murió en el quirófano, como nos había venido advirtiendo desde hacía meses con el humor que le caracterizaba. Nuestro amigo argentino-judío apareció en la vida virtual como un torbellino de agudeza, ingenio y cariño constantes. Era impresor y daba cursos sobre literatura borgiana a sus setenta y muchos, con el alma de un chaval, nunca paternalista, siempre te pedía permiso para ofrecerte sus consejos y siempre tenía algo que decir, no siempre lo que querías escuchar, pero siempre sincero. No tenía filtros, su energía y su pasión te atravesaban y por todo ello no cabía duda de que era una buena persona, precisamente porque nunca alardeaba de serlo y nunca pretendió parecer mejor que nadie.
Ya no estás aquí Yeiky, te nos has ido años después de ese poema que escribiste a los cincuenta y nueve años donde decías que te estabas haciendo viejo. Nunca lo lograste. Hay personas como tú que no envejecen, que sólo se van a corazón descubierto, como si la muerte tuviese que arrebatárnoslas sin compasión y sin anestesia. Prometo no olvidarte nunca, prometo no dejar de quererte nunca ni dejar de admirarte nunca. Te llevo echando de menos desde que marchaste y no sé si dejaré de hacerlo algún día, pero no te preocupes, estoy mejor, como nos dijimos una vez, los dos nacimos para luchar. Descansa en paz amigo. Pero ahora, como dices tú en uno de tus poemas, “No es fácil dormir por la noche / Cuando los sueños /Te ahogan durante el día /No es fácil”.

CORRER

umberto boccio
Lamento ya
qué será de mí
en este paraíso
sin ciénagas ni orgasmos.
qué será de mí
en esta habitación cerrada,
sin contradicciones
ni heterónimos a los que aferrarme.

¿Qué podré contarle a mi alma?
Cuando me avise que ya no quedan
ancianos protectores,
ni niños buenos,
ni manos grandes
con las que tocar las esculturas
que encontré en Triolet
el último verano.

¿Qué queda ya tan real?
Tan real que el cielo
tuvo que avisarme
de que era todo o nada
y que los hombres
corrían hacía mí por mi mente:
Nunca por mi cuerpo,
nunca por mi melancolía.

Ya no podré mirarte de reojo
ni llamarte por tu nombre
ni admirar a los que admiras
porque ya no soy la muchacha
sentada sobre tus rodillas
que lamentaba que los nórdicos
viviesen tan lejos.

Hay un momento
en esta certeza del desánimo
en el que sigo siendo feliz
a pesar de las repisas
llenas de dulce de leche
y a pesar de las tinieblas.

Como si el tiempo me fuese
algo anónimo e indiferente
te miro,
y entonces me escucho,
me digo que quedan años
para sosegarme
para no tener
estas ganas tan terribles
de contemplar cómo me desvanezco
en la continua espera
de Platón y su desánimo
de Kant y sus continentes
de Simone y su sexo
tan libre, tan certero.

Desapareces.
Me llamas y desapareces
para encontrarte,
tú que me has buscado,
que me has dicho tantas veces
que las ruedas sólo sirven
para llegar al futuro,
tú que me has dicho que la tierra
al mezclarse con agua
se convierte en pájaro
y que Jesús también fue un niño.

Ahora entrégame lo que es mío,
coge todos los relojes
y todas las pastillas que me quedan
y mide con la mano
el peso de una luna intacta
y mide a conciencia
el peso de la música
de Debussy
que me has concedido.

Guarda las hebras de tabaco,
ya no quiero fumar después de tocarte
ni quiero volver a reconocerme,
ni quiero salvarme,
ni quiero estar despierta.
Sólo necesito un trago para volver
a donde nos conocimos
y respirar:
Eres tú quien descendió al paraíso
en vez de quedarte conmigo.

LA GRADUACIÓN DE LAS ALMAS

montañaamarilla

La montaña recoge la noche
con su dolor furtivo
en este cálido octubre
esperando los pasos del dueño
consagrado a licuar
la brevedad del presente
y a destilar las estrellas cuando amanece.

No sé cuándo descubrí el ocre
ni mi destino:
Es allí donde vamos a verter
todo el alcohol
que reservábamos.

El vino blanco, la cerveza,
el cortejo del sabio
y el vermuth rojo
nos pertenecen sólo a los indecentes.

A un lado de la sombra,
queda la mancha del desencanto:
Los humanos quieren ser perros
peleándose por el lugar
de los pájaros inmortales,
y los perros quieren ser hombres
desechando soledades de alta graduación
al ver estrellas en el suelo.

No nos hacen falta en la montaña
el lento reemplazo de las gaviotas
ni las piedras triangulares
sobre los pies de arcilla.

Sólo un adelanto,
un poco de arena blanca
y una inquisición que permita la fiesta,
un extravío,
una forma más de despertar.

|Fotografía de Rita Ch|

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