cuando cuentas algo a alguien...

V38

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Vivo al lado del vertedero número 38, una montaña de envases viejos que aún no se han fabricado, envases que serán —no lo veré— recipientes de los deseos de los hijos-de-hoy. Todo lo cubre media circunferencia de polvo tan denso que parece jarabe, tan gris como una piedra antracita americana.

A veces me acerco al v38 y me dejo caer sobre la nube, me dejo caer como si mi cuerpo reposara sobre una manta de heno en un prado verde, francés y que huele a eternidad. Me miro entonces las manos, o más bien miro cómo el polvo hace desaparecer mis manos, e imagino que están en un lugar mejor, tocando a alguien a quien tal vez amé o amaré, alguien a quien le gusta que le toquen mis manos, una hija de piel pálida y pelo blanco, una niña-vieja que sólo quiere cantar a medio mundo de distancia, a pleno pulmón, que todo estaba bien, que mis manos fueron felices en sus mejillas. Mi hija no sabe nada de mí, no lo necesita, nunca le conté que los días antes de que ella llegara son tan espesos como este polvo, y que sólo nos separan unas pocas moléculas de cuerpos rotos por el tiempo, expulsados de la boca cruel de esa vida que es tan solo una forma más, y ni siquiera diferente, de medir la soledad.

Vuelvo a mi casa, abro las puertas de cristal y miro desde allí el vertedero, ya tengo mis manos otra vez, ya no toco a mi hija, ya no tengo hija y no hay ningún prado sobre la faz de la tierra, ya solo soy yo, detrás o delante de un cristal, tratando de contener la urgente necesidad de comer mi carne y vomitarla sobre la mesa del salón, intentando dormir una noche más, una noche menos, con la seguridad de que precisamente lo que quiero y lo que odio es parte del mismo sueño.

MONSTRUOS

goya

He visto a seres humanos
ser arrastrados por un potro gris y colérico,
en busca de una verdad
más duradera que la culpa.

Han encontrado el Santo Grial
con restos de sangre y cartílago,
grueso como el humor de un escudero,
y han hecho la prueba del carbono catorce
para determinar si pertenecía a Solomon.

Cada científico y cada poeta
espera los resultados,
recluidos
en mazmorras viciadas.

Yo también habito una cárcel
que alquilo por unas pocas monedas
que agito como piezas de Scrabble:

Todas diferentes,
con caras de muchos locos
con sus múltiples centelleos.

Este lugar de paredes amarillas y suelo blanco
no es más que el pedestal
donde me he colocado por voluntad propia
tras decepcionar a generaciones de antepasados
que por fin aceptan,
con resignación,
bajando la cabeza e ignorando los truenos,
que no hay nada en esta tormenta
salvo un par de huesos rotos
y el ala desprendida de una garza común.

He visto a tantos seres humanos
gozar de ventajas
y brindar con licor de diamante
por ser iguales a sus antecesores:
Por diagnosticar con habilidad
enfermedades comunes,
o por defender causas justas en tribunales.

Que nadie piense que se creen ellos,
tan sencillos,
la rama sin podar del laurel de oro.

Ya lo predijeron los jugadores de póquer,
con sus brazos oxidados:
Éste es un refugio de extraños,
un bebedero de paso,
una forma de entretenimiento,
vibraciones de una energía universal,
la flor que aparece en el cactus
en medio del invierno,
el sonajero de plata de los dioses,
la fórmula de la equidistancia.

Ya lo predijeron,
nocturnos y temperamentales,
adoctrinados por la locura:
Este siglo no es país para jóvenes.

LA DEPENDIENTA

Kim gordon

La dependienta de Zara vivía a las afueras. Se había ido de su hogar para convertirse en escritora, pero todo eso era ahora un vago recuerdo que a veces resonaba en sus oídos y le producía terror, de ese que te levanta del asiento sin contemplaciones. Cogía el metro cada mañana a las siete. Entraba a trabajar a las diez, pero le gustaba sentarse antes en una cafetería y leer periódicos en varias lenguas, hacer los crucigramas y perder la mañana antes de entrar a trabajar.

En el metro le gustaba sentarse rodeada de extraños y ponerse los cascos. Escuchando a Pete Doherty los imaginaba hablando de matar al dolor y de cubrirse las cicatrices con maquillaje para parecer personas de bien. A veces, leía a poetas desconocidos y olvidaba bajarse en su parada. No le importaba, podía ir siempre andando a la Calle Barcelona, tenía tiempo de sobra. Pensaba en todos los metros en los que había estado, en todas las cafeterías de todas las ciudades y en todas las tiendas de ropa que había en el mundo ahora mismo iguales a la suya, donde probablemente sonase el mismo cd pregrabado y dependientas como ella doblaban jerseys de toda la gama de colores existente con avidez.

No amaba su soledad, como afirmaban algunos en sus películas, libros y vida real. Ella vivía en una impuesta relación consigo misma que iba perdiendo el sentido. Cuando cerraba los ojos sólo veía percheros, camisetas, túneles de metro, palabras de crucigramas y algún verso que le hablaba de adoquines mojados por la lluvia. La ciudad la había engullido, como si fuese una serpiente y ella un elefante, y ahora sólo le quedaba ser consumida por los jugos gástricos de ser una desconocida cualquiera, en el centro de un universo con forma de sombrero.

La dependienta de Zara comía un brownie hecho por ella en el metro de regreso a casa. Entre todas las soledades compartidas a veces soñaba, sin demasiadas esperanzas, que una de ellas se le acercase y le preguntase por esa novela que nunca llegó a escribir.

|Imagen de Kim Gordon|

LA GRADUACIÓN DE LAS ALMAS

montañaamarilla

La montaña recoge la noche
con su dolor furtivo
en este cálido octubre
esperando los pasos del dueño
consagrado a licuar
la brevedad del presente
y a destilar las estrellas cuando amanece.

No sé cuándo descubrí el ocre
ni mi destino:
Es allí donde vamos a verter
todo el alcohol
que reservábamos.

El vino blanco, la cerveza,
el cortejo del sabio
y el vermuth rojo
nos pertenecen sólo a los indecentes.

A un lado de la sombra,
queda la mancha del desencanto:
Los humanos quieren ser perros
peleándose por el lugar
de los pájaros inmortales,
y los perros quieren ser hombres
desechando soledades de alta graduación
al ver estrellas en el suelo.

No nos hacen falta en la montaña
el lento reemplazo de las gaviotas
ni las piedras triangulares
sobre los pies de arcilla.

Sólo un adelanto,
un poco de arena blanca
y una inquisición que permita la fiesta,
un extravío,
una forma más de despertar.

|Fotografía de Rita Ch|

LA QUEMA DE LOS CUERPOS

cuerpos

Hemos sacrificado animales
dentro de una cueva
para que el cielo tenga aroma a lavanda.

Con aceite ungido sobre su rostro
El ciego ha dado pruebas
de que ensuciar un parque con rosas
es como dejar al descubierto la mente
y ofrecer el mea culpa,
Subir por paredes enraizadas de miedo
para darnos en el canto del alma
con un golpe seco
y un pecado negro.

Quiero que vengan todos los hombres
que se han nombrado líderes
a adorar la tierra que pisan
mientras matan con cuernos rotos,
castigan las miradas lascivas
y los caciques siembran
semillas de sangre.

Quiero en esta cueva
a tu gemelo sobre un altar
para clavarle una gota
en el cráneo,
y hacerle ver que no queda nada
en este verano de uvas.

He escupido sin temor
por primera vez,
mea culpa,
en la puerta del éxtasis
y no soporto más
que las hormigas coman carne
y porten tierra sobre sus frentes:
Son santos por su inmundicia.

He cerrado las puertas de la cueva
sin ver el sol,
no aguanto más la cruzada,
ni la espera,
ni la purificación.

Sólo debo ser.
Ahora,
sé que sólo debo ser
el fuego y el pecado.

EL INFIERNO DE LOS TIBIOS

ANXIAETY

Hoy he leído EL Gran Gatsby. Tuve la sensación de haberlo leído antes. Ya no recuerdo casi nada, los libros que leo desaparecen de mi mente en cuanto los cierro. La mujer que ve tortugas y piensa que el agua del grifo está envenenada me convence para que juegue con ella al ajedrez. Siempre gana aunque no sabe mover las piezas. El matemático me comenta que los agujeros negros engullen la materia y que allí el tiempo no existe y todos vivimos en el futuro. Me habla de envejecimiento celular en el espacio y de una breve cosmología. “Existe vida en otros planetas, pero no pueden llegar a la tierra”. Yo le comento que a lo mejor viven en otra dimensión, pero me llama loca. Él a mí, que soy la única que ve cómo desaparecen las paredes de viento en este espacio vacío.
Me acuesto en la cama y pienso en El abrigo de Gogol. Soy el fantasma que vaga buscando cómo protegerse del mundo, pero no quedan demasiadas esperanzas, la chica que me lo prestó ya ha encontrado su cordura. Y le ha salido caro, a lo mejor no debiera yo arriesgarme tanto. No tengo porqué seguir sus pasos. Me siento cómoda en este refugio donde nadie viene para quedarse. En este pasillo hacia el exterior o hacia uno mismo, en este lenta lenta e insana espera donde cada cual posee una corona de espinas y se cree el Salvador, el Bienaventurado. Yo siempre he vivido a la espera del Mesías. Que llegue aquí y me explique porqué las moscas revolotean a mi alrededor mientras duermo. Tal vez mi cama es una tumba y todo esto poco más que el infierno de los tibios.

2005. UN AÑO DESPUÉS.

francis

Ya llevo un año sin sentir tu cuerpo. Sin verte. Todavía no he leído “El lobo estepario”. Lo tengo encima de la mesilla de noche pero no quiero leerlo, siento que te voy a sentir cerca y todo lo que he conseguido se va a ir a la mierda. Aún no se ha muerto el Papa. Que siga vivo me recuerda que tú no lo estás. Me has vetado a Lorca, a Hesse y a tantos otros. Pienso que alguien mayor y que no quiere estar vivo te ha robado tu tiempo. Un amigo mío decía cuando éramos niños que hay un sólo tiempo para la humanidad entera y que algunas personas se llevan la parte de otras. Tenías miedo a morir, me lo dijiste por teléfono. Y yo siempre he pensado que soy inmortal, que mi miedo es tan grande que nadie podría quitarme la vida. Y estaba tan equivocada. Es tan fácil como estar un mes en Bennicasim y al siguiente no existir, ¿verdad? ¿Cómo es estar en coma? Espero que haya sido agradable, que te reunieras con esa chica que tanto te gustaba y te acostases con ella. Bueno, pero yo siempre seré la primera. Eso me queda. Y me queda muy poco así que déjame consolarme con esa estupidez. No hables en mi cabeza con ese acento tuyo mallorquín, me da pena, pero no me gusta cuando dices: “Ves allí”. Lo odio. Te he odiado alguna vez, cuando le hablabas mal al portero de la residencia porque no te daba los buenos días, o cuando compraste croquetas en vez de palitos de pescado. O cuando te enfadaste conmigo por dejarte. Ahora te quiero, pero no se lo cuentes a nadie.

LÍNEAS FRONTERIZAS

tournai

Nunca me habían preocupado las fronteras. No le había puesto asunto al tema. Para mí no eran más que líneas con las que te encontrabas cuando querías cambiar de país, que era como cambiarte de ropa o como los camaleones cuando cambian de color sin querer. Por eso habían dibujado esas líneas, para no equivocarnos nunca, como las manchas, que están en la ropa para que no volvamos a ponernos la sucia dos veces.

Y por eso, cuando crucé la calle para ver el campo de heno que había al otro lado, detrás del supermercado, no presté atención. Entonces escuché una voz extranjera diciéndome: «Eh! Que estás en Bélgica» y pensé que la línea la habían dibujado demasiado fina. Y, cuando intenté tirarme sobre el heno, me di cuenta de que me habían mentido en Heidi de niña, porque era imposible que una cama de heno pudiese ser la más cómoda del mundo. Volví a Francia siendo una adulta, y rebusqué en mi bolsillo los cuarenta francos restantes de la compra de un merengue color rosa.

En el tren que cogimos ya había dos personas ignorando sus respectivas presencias. Una mujer maldita, sentada en el asiento más lejano del vagón dos, daba golpes en el cristal, entre un intento de graffiti hecho con el canto de una llave, que decía «Chlöe es una puta, la chupa gratis», y un corazón a rotulador que ponía «Ricard ama a Nicolette». La mujer vestía como una vagabunda de Leonard Cohen, con falda de flores recogida en el local del Ejército de Salvación, y no tenía dientes, por lo menos a la vista, aunque a lo mejor conservaba los molares, solo que yo no se los vi. Llamaba a un chico que estaba fuera, sentado en el andén con cascos puestos, mirada perdida y mente contrariada, pensando en su novia Chlöe, que tenía mala fama entre los del barrio, consciente de la presencia de la vagabunda sin karma que lo miraba desesperada desde el interior. La mujer gritaba: «Julien, Julien, mírame por favor, no te olvides de las flores», y señalaba su falda, que de todas formas quedaba fuera de la vista del chico por varios palmos. Él no la oía porque tenía los cascos puestos, como si a él le importase perdonar a alguien.

El tren seguía parado por causas ajenas a la voluntad de la empresa, según la voz mimetizada de la megafonía, y una chica corrió de pronto hacia el andén, a toda prisa, gritando: «Julián, Julien, mírame, no te olvides de mis flores”, y luego, cuando logró llegar a él, se dieron un tórrido beso, y las flores se cayeron al suelo, pero no les importó. Mientras, las puertas se cerraban e iniciábamos el viaje, ellos seguían besándose, y la loca de Cohen lloraba porque Julien no la había mirado.

El otro pasajero del tren era un señor serio de mediana edad y aspecto indiferente y de indiferencia, que leía uno de esos periódicos tintados de naranja que tienen pinta de ser tediosos, con esos índices y cifras que revolotean intentando contradecir las leyes de la impresión fotomecánica. El hombre levantaba la vista de tanto en tanto, oteando el vagón número dos, como si fuese a pasar algo terriblemente interesante. Luego volvía a concentrarse en sus apasionantes cifras, y yo pensaba que tenía que ser un montaje porque nadie en su sano juicio lee esas cosas. Pero bueno, la mujer de la falda floreada cantaba el himno de Francia desafinando y ni eso lo sacaba de su lectura, así que o era importante, o él ya había caído en que eso hacía más verosímil su interpretación.

Mi amiga Ana y yo estábamos de pie. Íbamos a la granja de ocas y estábamos ansiosas, queríamos fumar un cigarrillo y charlar como locas de las aventuras que íbamos a vivir trabajando el verano lejos de nuestros hogares, de nuestra lengua materna, conocidos y nimiedades habituales; pero la propia excitación nos dejaba mudas, así que ella me miraba, yo miraba hacia cualquier sitio y escuchábamos silenciosas el traqueteo de las ruedas sobre las vías, con sus sobresaltos y sus quietudes.

Al final, tomé la iniciativa y empecé a caminar arrastrando mis pies enfundados en mis zapatillas violeta talla treinta y cuatro europea hacia el compartimento de cuatro asientos del economista del momento y me situé justo frente a él, mientras el eclipse de su periódico definitivamente no le dejaba ver el sol de mi presencia. Pero pronto intuyó el rumor imperceptible de mi vaivén y se deshizo del periódico asalmonado, abandonándolo en el asiento yuxtapuesto al suyo. Me miró con cierta intriga, como si yo fuese un ser venido desde muy lejos y que portaba una insondable sabiduría que deseaba compartir con él. Entonces habló y mientras lo hacía yo observe su calva, ya casi del mismo color que su periódico por el efecto sobre su cráneo alopécico de la luz que filtraba el cristal del vagón (algo amosaicado, probablemente por impactos de las piedras furiosas de niños traviesos). Me sonrió afablemente, con un gesto mezcla entre Papá Noel y un pederasta cualquiera. «Buenas tardes señoritas, ¿a dónde se dirigen?». Nos miramos entre nosotras seguras de lo inapropiado de responder al sospechoso. “A nuestro destino”, dije, porque a veces el sentido de la ironía puede más que el común. “Como todo viajero que se precie”, contestó el ex-economista. “¿Qué hacéis por aquí?”. Ana tomó las riendas: “Vamos a trabajar el verano en una granja”. Él me miró, buscando, obviamente a mi parecer, un asentimiento por mi parte, como si le diese más confianza mi versión que la de mi rubia compañera. Yo asentí, definitivamente sellando una amistad entre el señor y yo.

Me miré en el reflejo del cristal mientras pasábamos por una pequeña granja de vaquitas que pastaban como en una postal de diez francos de los puestos de souvenirs de La Panne. Me veía un poco verde, y me costaba distinguir mi figura entre los fragmentos internos del cristal, el reflejo del interior y el exterior del vagón; pero me vi la nariz de perfil y me mordí la uña en mi gesto más habitual, para comprobar si seguía siendo la misma de siempre después de tantas horas sin verme. El hombre siguió hablando de pronto, como si el gesto vertical cómplice que le había hecho le hubiera supuesto un insuflo de auto confianza. «Pues yo soy escritor, soy poeta», dijo, y luego hizo una pausa, rebuscando algo en su chaqueta de dudosa calidad y, en su infructuosa búsqueda de un desconocido objeto, regresó las manos para convertirlas en directoras de la orquesta de su verborrea.

Nos contó la historia de sus infortunios. Había nacido pobre, como todo escritor que se precie, en el seno de una familia tan paupérrima que solo tenía una despensa llena de sandías, hijo de un padre tan cruel y autoritario que nunca le dejaba comerse ninguna y que solo les ofrecía, a él y a su hermana Nicolette, las pipas que le iban sobrando, mientras él comía enormes rajas y el sonrosado jugo descendía por sus orondas mejillas. El paquidermo escritor soltó alguna que otra lágrima mal disimulada al decir esto. Entonces él huyó de casa con su hermana, a la que amaba en secreto y con quién luego tendría el mejor sexo de su vida, «pero eso era otra historia», nos dijo evitando hablar del asunto por el momento… Y entonces mal vivieron durante años a base de naranjas en el sótano mugriento de un escritor que estaba obsesionado con la tauromaquia. Yo me preguntaba el porqué tanta fruta.

Él pasaba las tardes escondido con Nicolette en el sótano de la casa del Matador, que era cómo se hacía llamar el escritor, porque su padre lo buscaba «y era hábil y medio brujo para encontrar personas perdidas». Nos relató también con mucho entusiasmo que su padre había encontrado el cabritillo perdido de su vecino, lo había descuartizado con sus propias manos, luego lo había congelado, y cada día contaba los trozos para que Nicolette y él no pudiesen comer. Gracias al Matador él se había interesado por la literatura, porque hasta entonces el único libro que había leído era Cocina tradicional bávara, texto que habitaba solitario en la cocina de la casa de sus padres, y que él leía tan solo para salivar y así tragar su saliva mientras veía las fotos de los platos exquisitos que cocinaban los bávaros desde tiempos inmemoriales.

Cuando paró de hablar, bueno, más bien en un descuido en el que no se percató de que estaba callado, aproveché para preguntarle algo que me turbaba desde hacía mucho: «¿Porqué lees un periódico de economía si eres poeta?», aunque nada más decirlo pensé que a lo mejor yo era demasiado pretenciosa por pensar que un escritor no podía tener conocimientos de economía. Ana me miró con gran reprobación, como si yo hubiese cometido la mayor de las locuras; pero no había podido contenerme a pesar del inminente peligro de una confrontación con el pederasta rosáceo.

«Niña, no es de tu incumbencia», me contestó con un gran desprecio. Y yo me enfadé: «No me creo tu historia para nada, porque nadie puede sobrevivir comiendo pipas de sandía. Si fuera así, mandarían cajas de pipas de sandía a África y se acabaría el hambre en el mundo». «¡Ah! Y es (recalqué mucho el «es») de mi incumbencia, desde el momento en el que tú has contado tu vida en verso de forma totalmente gratuita». Ana hizo amago de levantarse del asiento y agarrarme por el brazo; pero sabía que esas cosas no funcionaban conmigo, porque yo en una lucha nunca me doy por vencida.

En ese punto de los acontecimientos apareció el revisor, con un gorrito la mar de gracioso, una libreta con un bolígrafo estratégicamente enganchado en ella y una máquina que siempre he querido tener, que hace unos agujeros en los cartones, pero no unos cualquiera, sino unos que se llaman «muescas». Obviamente se acercó a nuestra pintoresca triada y nos pidió los tickets con su consiguiente «por favor». Ana y yo los sacamos del bolsito que compartíamos con nuestras pertenencias más imprescindibles. El equipaje lo habíamos enviado por correo, aunque suene raro, porque somos demasiado vagas para cruzar un país con un montón de peso a cuestas. «Estos tickets no son de este tren, os habéis equivocados señoritas». Nos miramos con cierto pánico. «Pero… ¿Se puede arreglar?». «Sí, tenéis que bajaros en la próxima estación y esperar al tren siguiente, ese sí es». Nos quedamos más tranquilas, de todas formas llegábamos con antelación. El ticket del escritor era correcto, así que hasta un loco podía hacerlo mejor que nosotras… Me sentí estúpida, aunque por dentro le echaba toda la culpa a Ana por alguna misteriosa razón relacionada probablemente con el ego.

«¿Y cómo es que te follabas a tu hermana?» Puede parecer que esta pregunta la formulé yo, pero no fue así. De pronto, el sonido silbante y el apestoso aroma a alcohol barato me daban la inequívoca señal de que la loca desdentada salida de una canción de Cohen había venido hasta nuestro pequeño ecosistema a formar parte de él, como una pareja de conejos que decide quedarse a procrear en un desierto. Se metió a grandes zancadas entre el escritor chiflado y yo, y se sentó en frente de Ana y al lado del escritor, y de cerca nos dio la sensación de que se bañaba con la misma frecuencia que un lanzero medieval. Pero nuestro querido autobiógrafo estaba encantado con toda la atención recibida en tan poco tiempo.

Siguió contando su relato, muy a nuestro pesar, aunque también con no cierta dosis de odiosa curiosidad por nuestra parte, aunque se negase a compartir con nosotras el secreto de sobrevivir a base de pipas de sandía. Y resulta que en el tiempo en el que tenían que compartir su guarida con el Matador, Nicolette se empezó a hacer mujer, y él no podía más que admirar como cada mes sus pechos iban creciendo y su cuerpo adoptaba «formas de venus». Entonces él, que por aquel entonces también era muy joven, sintió la necesidad imperiosa y acuciante de quitarle él mismo el virgo, porque, según su propio razonamiento: «¿Quién mejor?» Así que un día, no sin antes pedirle permiso, le quitó la ropa con cuidado y le hizo el amor con la precisión de un experto, aunque, según nos dijo, «también era casto hasta ese día». De todas formas sacamos nuestras propias conclusiones de hasta que punto aquellos escabrosos detalles eran verídicos. Mientras, la vagabunda floreada miraba al escritor maldito con cara de éxtasis divino, como si estuviera relatando sus propias memorias. En un punto asintió, obnubilada, y dijo: «Parece que estés contando mi propia vida». Pero él no hizo más que esbozar una leve sonrisa y continuó relatando la experiencia incestuosa. Nicolette quedó encantada con la dulzura y hombría de su hermano mayor, así que decidió entregarle su cuerpo para siempre. Cada día, a la misma hora, «cuando el rayo de luz que entraba por el desvencijado ventanuco incidía justo sobre la muñeca de porcelana, que el Matador conservaba en una anacrónica mesa-buró», ella se tumbaba y él delicadamente le quitaba la ropa y le «hacía el amor», y ella siempre «llegaba al clímax», sin excepción, profiriendo un pequeño gritito de placer. Y esa fue su rutina durante un tiempo, hasta que un día el Matador abrió la puerta del sótano por sorpresa para traerles comida y se encontró con el cuadro. Su cara se desfiguró en una mueca y, en ese instante, nuestro sonrosado escritor advirtió que no era por el incesto, sino porque amaba locamente a la bella Nicolette. Se acerco a él, colérico, y comenzó a asestarle horribles puñetazos, confesándole que su padre no lo estaba buscando, que todo había sido un ardid que él había preparado para mantener a Nicolette casta hasta que fuese mayor de edad y pudiera casarse con ella y desflorarla. Y claro, el Matador, que a pesar de su nombre era ingenuo como un santo, jamás pensó que él, ¡su hermano!, pudiese hacerle esto. Cuando terminó de apalizarlo, nuestro escritor estaba desmayado y, al despertar, se encontró en la calle, tiritando de frío, sin ningún sitio al que poder ir. No sabía la dirección del Matador y no sabía el camino para regresar. Yo ahí tuve que intervenir: «Pero… si te habían llevado a cuestas no podía estar muy lejos, además, tú entraste por tu propio pie. Cualquier referencia te hubiese valido para encontrar la casa». No pude evitarlo, pero Ana volvió a mirarme con esa cara tan desagradable de desaprobación que solo ella sabe poner. Y la loca de la colina también me miró raro, y negó con su dedo índice de derecha a izquierda, convencidísima de que podía rebatir mi incisiva pregunta, formulada por supuesto con la expresa intención de desenmascarar al burdo impostor. «¿Nunca te has perdido? Él venía de un pueblo, había conocido al Matador en una plaza a la que llegó andando por sinuosas calles que había tomado de forma aleatoria, y charlando los llevó a su casa, así que él no se había fijado en el camino». La verdad es que la teoría expuesta por la disfuncional mujer no estaba mal, y por otro lado yo no me había enterado de esa parte de la historia, cosa que me turbó bastante porque había prestado suma atención a su relato. Me sentí un poco enterada, como si una loca cualquiera del vagón dos me pudiese dar lecciones de lógica. «Exacto», contestó entusiasmadísimo el escritor extasiado por la repentina muestra de incondicional apoyo. El resto de la historia decaía por momentos. Él había ido a un centro de acogida, luego de allá para acá y nunca había vuelto a ver a Nicolette. Pero, un año más tarde, había recibido una llamada anónima masculina según la cual él tenía un hijo, de nombre Julien, que vivía en la misma ciudad y tenía su apellido. La llamada lo instaba a buscar a Julien pero no le daba más señas. Desde entonces, y esto era lo curioso, él vagaba en trenes de aquí para allá buscando a Nicolette. Nos explicó que su hermana y él habían huido en tren de su padre, de su pueblo y de su infancia y que por eso, en los momentos de soledad, en los duros días que pasaron en las calles y en el sótano del violento taurómaco, se decían el uno al otro: «Si algo va mal, nos veremos en nuestro tren». Pero nunca la había encontrado a pesar de sus esfuerzos, y temía que ella se hubiese olvidado de él por el shock post traumático y todo eso. Se quedó ahí callado y echó un par de lagrimillas, esta vez mal disimuladas. Entonces la loca lo abrazó, inundándolo con su perfume a vino barato: «A mí me pasó lo mismo, mi hermano se acostaba conmigo y mi marido lo echó de casa a patadas y nunca más lo vi, pero yo lo quería, y tuve un hijo suyo que ahora no me quiere ni ver, y también me llamo Nicolette».

Ana y yo nos miramos. No sabíamos si reír o llorar, así que nos levantamos, también porque el tren reducía el ritmo y teníamos que bajar para coger el bueno que nos llevaría a nuestra granja de ocas. Los dejamos allí con su historia, a la loca de la colina y al escritor incestuoso, para que tomaran las decisiones y sacaran las conclusiones que ellos creyesen convenientes. Cogimos nuestro tren y yo miré a través de la ventana durante un buen rato, mientras cambiaban al conductor.

Unos niños corrían de un lado a otro en la acera de delante de la estación, cruzando la calle. No los oía, pero los imaginaba diciendo «Francia, Bélgica, Francia, Bélgica», a lo mejor preguntándose porqué no pintaban las rayas más gruesas.

|Relato extraído de “¿Quién cuidará de mis guardianes?” (Ediciones Idea, 2013)|

CADÁVERES EN KOH LIPE

koh lipe
En mis sueños han bendecido
estas aguas magenta
con ceniza.

Abre el hueco por donde sale el sol
¿Qué queda?
Sólo lo mismo que estabas mirando:

Mujeres
en las arena de Koh Lipe
sin ser fotografiadas
en blanco y negro.

Ahora sus cuerpos
al recibir los golpes no vividos
renacen.

En mis sueños han bendecido
estas aguas
con ceniza.

Que me quiten
todo lo que tengo
y aquello que he despreciado,
yo sé que lo merezco:
Nunca pude ser una de ellas,
me parecían sombras.

Sólo me pregunto si un hombre
cubrirá su cara con esta luz
de nuevo
y volverá a nombrarme
aunque yo ya no sepa dónde estoy
en el naufragio
del mundo.

EXTRACTOS DE MI DIARIO 2010

20101003 foto parque
01/Mayo/2010
Costa del Silencio

(…)y ahora estoy sola, ¿Por fin? ¿Auto impuesta mi soledad? En cierta manera. Todo empezó en el cumpleaños en aquella casa de campo donde todos jugaban a ser felices y yo jugaba a fotografiar una partida de póker contra míseros rivales. ¡Póker sin dinero! Siempre he pensado que un juego donde se mezclan la lógica y el azar, el análisis y la observación, debe tener al menos un precio simbólico, aunque sea mundano. Pero no, aquí suenan (y no las campanas) mal los desafíos, suenan mal las quejas, lo políticamente incorrecto. Solamente, naturaleza y esplendor de la vida grupal. ¿Soy yo o los grupos acaban volviéndose sectas que eliminan al ser discordante? Y yo he sido nominada y premiada, porque aunque jueguen al póker sin dinero, juegan a eliminar amistades por pensar diferente. Extraño concepto de “ideales”, si me lo permites.
Cuando esto se acabó sentí que no quedaba nada, ahora, tengo El Gran Gatsby entre las manos y más bien siento que queda todo. No necesito salir en fotografías donde todos miran al foco y yo miro al infinito porque las paredes están demasiado cerca. Estoy bien. Eso creo, creo que solo necesitaba un poco de silencio.”

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